Así valoró ABC la exposición de Pink Floyd en Londres

La exposición sobre la banda que inaugura mañana el museo Victoria & Albert de Londres vendió en minutos las entradas para sus tres primeros días

Corresponsal en LondresActualizado:

Los ingleses Pink Floyd, fundados en 1965 en Londres por un grupo de inquietos estudiantes de arquitectura procedentes de Cambridge y de confortable clase media, fueron las neuronas del rock. También el primer grupo que supo convertir los conciertos en estadios en un asombroso espectáculo teatral.

Además, los avatares de su andadura resultan novelescos. El primer líder, el carismático y dulcemente infantil Syd Barrett, con su delicada psique fundida por el LSD en 1968 y convertido en un falso enigma, cuando en realidad era simplemente un enfermo mental. Las peleas cainitas de los líderes Roger Waters y David Gilmour, con perrerías sin cuento en los tribunales. La carga política del grupo. El odio de los punkis, que los consideraban ejemplo máximo del dinosaurio a abatir…

Su éxito fue y es extraordinario: han vendido 250 millones de discos y llenado todos los coliseos del orbe. Todavía hoy, su posible obra maestra, «The dark side of the moon» (1973), despacha 7.000 discos semanales cuando ya no se venden discos.

La leyenda Floyd ha llevado al Victoria & Albert, el ecléctico museo de artes decorativas de Londres, a dedicarles una enorme exposición, que se abre el 13 de mayo y estará en cartel 20 semanas. «Pink Floyd, los restos mortales» es un festival de 350 recuerdos y maquetas del grupo. Un entretenido parque temático sobre una banda que viajó desde las audacias psicodélicas underground hasta un pop sofisticado y comercial, siempre elegante y con inquietudes. La entrada no es barata (el equivalente a 27 euros el fin de semana y a 24 a diario), pero el éxito ya es un hecho: en solo unos minutos se vendió todo el papel para los tres primeros días. El museo aspira a repetir el hito de su muestra sobre David Bowie de hace cuatro años, que recibió a 300.000 visitantes.

Discrepancias

Aunque fueron mantenidos con vida artificial hasta hace tres años, Pink Floyd se acabaron de hecho hace 32, cuando su principal letrista y compositor, el izquierdista y complicado Roger Waters, dejó el grupo. Se marchó por discrepancias creativas y políticas con el guitarrista David Gilmour, quien siguió ordeñando el logo con tres discos más, el último en 2014, «The Endless River», armado con retales de archivo.

De los cinco integrantes que tuvo Pink Floyd sobreviven tres, que han dado su visto bueno a la exposición cediendo material personal. Barrett murió de cáncer en 2006 en Cambridge, donde vivía al cuidado de su madre y hermanos. El teclista Wright, al que en su día humillaron echándolo y admitiéndolo luego como músico a sueldo, falleció en 2008. ¿Podrían volver a reunirse? «Sería aburrido», descarta Roger Waters.

La última vez que subieron juntos a un escenario fue en julio de 2005, por un motivo filantrópico, el Live 8 de Bob Geldof. Una de las canciones tocadas en aquella tregua tensa sobre las tablas, «Comfortably Numb», es lo último que ve y escucha el visitante de la exposición, con un sonido primoroso.

A sus 73 años, Waters volverá a la carretera este verano con su primer disco nuevo en veinte años, una arenga anti-trumpista, donde ha tenido el buen gusto de ponerse bajo la batuta de Nigel Godrich, el productor de Radiohead. Gilmour ha declinado promocionar la exposición en compañía de su viejo antagonista y el batería Mason. Waters, en cambio, ha accedido a recorrer la muestra con «The Times» y ha dado pistas sobre qué llevó a Pink Floyd a implosionar: «Yo era político y ellos no». Ha revelado algo tan curioso como que Margaret Thatcher fue una de las causas de su ruptura en los ochenta. Waters quería despellejarla en los discos y Gilmour, de talante más conservador y mundano, se oponía.

Buenas palabras

Pero ahora es momento de buenas palabras: «Tuvimos mucha suerte de conocernos y estoy muy orgulloso del trabajo que hicimos juntos y nuestra contribución. Había algo más que el espacio y las drogas. La mayoría del trabajo era político, pero la gente no lo notaba. Iba de seres humanos relacionándose con otros», explica Waters.

Pero más que filosofía, los visitantes de la muestra tendrán el gran espectáculo que esperan. Desde el principio se trata de provocar un «¡oh!» de asombro. La entrada se efectúa a través de la reproducción a doble escala de la furgoneta Bedford que la banda compró por 20 libras para sus primeras giras. Después, en orden cronológico, se va contando la historia del grupo a golpe de recuerdos y maquetas. Desde sus conciertos introvertidos de 20 minutos en la sala UFO, en el final de Oxford Street, donde en el Londres carísimo y sin chispa de hoy solo hay tiendas; hasta su triunfo comercial con «The Wall», con una llamativa reproducción del famoso muro.

En la parte final, dos salas un poco superfluas en las que se revisan los discos crepusculares, como «The Division Bell». Gilmour siguió exprimiendo con éxito la gallina de los huevos de oro ya sin Waters, fuerza creativa y persona irritante, marcado de por vida por el trauma de su infancia: la muerte de su padre combatiendo en la Segunda Guerra Mundial.

Los fans encontrarán todo lo que buscan. Se expone hasta la vara de castigos corporales que cataron Barrett y Waters en su instituto de Cambridge, a finales de los años cincuenta. También guitarras de colección de Gilmour, viejos documentales, el primer sintetizador Moog de Wright y hasta dibujos de Waters en sus días de estudiante de arquitectura.

Una antigua foto tipo Polaroid muestra a un individuo corpulento de aspecto anodino. Está tomada en 1973 y recoge un momento sonado en la mitología del rock. Syd Barret, expulsado en 1968 por su incapacidad de hacer frente a los compromisos en el estudio y las tablas, visitó por sorpresa a sus compañeros mientras grababan «Wish you were here», el disco que homenajeaba al ángel caído, el dios apolíneo del rock que se volvió loco. Su deterioro era tal que tardaron un momento en reconocerlo.

«Odio a Pink Floyd», grita en la exposición una camiseta de Johnny Rotten, el líder de los Sex Pistols. Pero parece que el exabrupto punk no caló. Las huellas del venerable dinosaurio continúan interesando.