«Las rosas sangrientas» (1930), de Dalí. Detalle
«Las rosas sangrientas» (1930), de Dalí. Detalle - COLECCIÓN ABANCA

Las joyas surrealistas de la Colección Abanca se exhiben en el Museo Thyssen

Dalí encabeza la selección de artistas con dos obras maestras de los años 30

JUAN CARLOS DELGADO
MadridActualizado:

El Museo Thyssen acoge, hasta el 27 de enero, la exposición «Dalí y el surrealismo en la Colección de Arte Abanca», que reúne obras seleccionadas de los fondos artísticos del banco vinculadas a uno de los movimientos más influyentes en la historia del arte del siglo XX. En total, trece pinturas de diez artistas, incluidos nombres de reconocido prestigio en el panorama artístico internacional como Giorgio de Chirico, Max Ernst, Roberto Matta, Wildfredo Lam, Joan Miró, Óscar Domínguez y Maruja Mallo. Aunque el protagonista indiscutible, sin duda, es Salvador Dalí, de quien la colección atesora dos relevantes pinturas, pertenecientes a una de las etapas más importantes en su carrera: «Las rosas sangrientas» (1930), que ya estuvo hace unos años en el Museo Thyssen como parte de la muestra «Lágrimas de Eros», y el «Patio oeste de la Isla de los muertos, obsesión reconstructiva a partir de Böcklin» (1934), vinculado a una de las pinturas de Dalí que forma parte de la colección Thyssen: «Gradiva descubre las ruinas antropomorfas».

«Las rosas sangrientas», una de las joyas de la Colección Abanca, fue el primer Dalí en incorporarse a ella. Aparte del Museo Thyssen, se ha expuesto en centros de referencia internacionales como la Tate Modern de Londres, el Museo Ludwig de Colonia o el Palazzo Strozzi de Florencia. En el lienzo, Gala (musa y esposa de Dalí) «es retratada casi como una imagen idealizada del mártir cristiano San Sebastián», comenta Diego Cascón Castro, de la Colección Abanca. El paisaje está inspirado en el Cabo de Creus. Para Juan Ángel López-Manzanares, conservador del Museo Thyssen y comisario de la muestra, «más que una escena real, es un escenario del deseo. La representación del deseo va acompañada de la idea de ansiedad o castigo». La mujer desnuda, dice, recuerda a Andrómeda.

En «Patio oeste de la Isla de los muertos, obsesión reconstructiva a partir de Böcklin», Dalí evoca al pintor suizo. «Late en él un evidente contenido sexual. Los cipreses pueden interpretarse como símbolos fálicos, mientras que la figura envuelta en una sábana podría aludir al sentimiento de culpa provocado por el deseo sexual», dice el comisario.

«La confusión del taumaturgo» (1926), de Giorgio de Chirico. Detalle
«La confusión del taumaturgo» (1926), de Giorgio de Chirico. Detalle - COLECCIÓN ABANCA

Polifacético y plural

«El surrealismo fue un movimiento polifacético y plural, abierto a las propuestas artísticas más variadas, siempre que se mantuviesen al margen de la mediación de la razón, el gusto o la voluntad consciente», apunta Juan Ángel López-Manzanares.

Giorgio de Chirico está presente con «La confusión del taumaturgo» (1926). Ese año, el pintor italiano, reivindicado por el grupo surrealista que lideraba André Breton como «centinela» en la ruta a recorrer (participó en el primer número de la revista «La Revolución Surrealista»), fue rechazado por sus miembros. Según López-Manzanares, en esta obra «encontramos todavía ecos de aquel mundo onírico de sus obras de la segunda década del siglo XX. Sobre los tablones en perspectiva de un muelle se contraponen dos figuras de maniquíes. El primero –el taumaturgo o mago– está concentrado en la creación de formas arquitectónicas que surgen de su propio vientre. El segundo, escondido tras una puerta, parece espiarle».

Max Ernst es uno de los grandes nombres del movimiento surrealista. Su obra «Vasos comunicantes» (1923), de la Colección Abanca, hace referencia a los vasos comunicantes entre la vigilia y el sueño. El comisario destaca «su juego entre espacio positivo y negativo –entre interior y exterior–, que se complementa con la chocante representación de plantas en flor germinando en el interior de jarrones de cristal». Advierte «un evidente componente sexual en el modo en que la planta azul verdosa (masculina) de la izquierda invade a la planta rosada (femenina) de la derecha».

Joan Miró, a quien el Grand Palais de París dedica una magna monográfica, está presente en la exposición con dos obras: «Cabeza de hombre III» (1931) y «Cabeza, pájaro» (1976). A finales de los años 20, Miró asesinó la pintura en un gesto radical sin precedentes. En 1931 aún confesaba el artista sentir un profundo desprecio por la pintura. En cuanto a «Cabeza, pájaro», explica López-Manzanares que pervive en esta obra «la contundencia del trazo, aunque la grafía es mucho más libre, inspirada en el arte y la caligrafía japoneses»

El canario Óscar Domínguez, otro insigne miembro del grupo surrealista, está presente también con dos obras significativas: «Piano» y «El drago», ambas de 1933. Son paisajes sexualizados. Su trabajo está muy vinculado con Dalí. En la segunda hay un león, alusivo a la pasión sexual, en la copa del drago. Bajo el tronco, una mujer desnuda copula con un piano/abrelatas.

«Piano» (1933), de Óscar Domínguez
«Piano» (1933), de Óscar Domínguez - COLECCIÓN ABANCA

Dos artistas latinoamericanos

En el ámbito surrealista latinoamericano, destacan en la Colección Abanca dos pesos pesados: el chileno Matta y el cubano Wifredo Lam. El primero conoció a Breton en 1937 y se unió al grupo surrealista. En los años 50 abandona por un tiempo la representación humana para pintar grandes lienzos sobre la tierra. Es el caso de «Flor de mediodía» (1956), una planta-tótem en proceso de germinación. Lam, por su parte, se formó como artista en España a partir de 1923. Luchó en la Guerra Civil, emigró a París en 1938 y un año después conoció a Breton. Pero, según el comisario, fue a partir de su marcha a Cuba en 1941 cuando realiza su obra más original. La Colección Abanca atesora «Composición (Pájaros en la noche)», de 1969. En él un grupo de aves, en cuyos cuerpos se mezcla lo humano, lo animal y lo vegetal, «flotan sobre un espacio indeterminado».

La selección de obras expuestas en el Museo Thyssen se completa con tres artistas gallegos. Por un lado, Maruja Mallo, quien se trasladó a Madrid en 1923, donde entabló amistad con Dalí, Lorca y Alberti. Con este último, apunta López Manzanares, «mantuvo una relación artística y sentimental». Pero su trabajo tiene una gran influencia mironiana. Es el caso de «El salto», presente en la muestra. Oriundo de La Coruña, Eugenio Granell conoció a Lam en París, a Breton en Santo Domingo y a Benjamin Péret en Barcelona. Fue durante sus estancias en Guatemala y Puerto Rico cuando Granell desarrolló una obra plástica inspirada en la flora y la fauna de la selva del Caribe, destaca López-Manzanares. Es el caso de «El pájaro de fuego»(1958), de la Colección Abanca. Se cree que ese pájaro puede hacer alusión a la composición de Igor Stravinsky. Finalmente, se ha incluido en la selección una obra de Urbano Lugrís (La Coruña), que se aproximó al lenguaje surrealista en la posguerra. Vinculado a las Misiones Pedagógicas, diseñó escenografías para La Barraca lorquiana. Del artista cuelga en la muestra «Principio y fin»(1948), de acusado carácter onírico. Hay referencias a Dalí, al que Lugrís admiraba, y al Bosco y su «Jardín de las Delicias».

Picasso y el cubismo

Es la segunda vez que el Museo Thyssen y Abanca colaboran. Ya en 2015 se inauguró la muestra «Picasso y el cubismo en la Colección de Arte Abanca», carta de presentación de esta colección en Madrid. Se saldó con un gran éxito: atrajo a más de 41.000 visitantes. Entonces, los protagonistas fueron el pintor malagueño y el cubismo, otro de los movimientos que revolucionaron el arte del siglo XX. Como en aquella ocasión, los visitantes que deseen ampliar información sobre los artistas y las obras expuestas pueden utilizar la aplicación para dispositivos móviles Colección de Arte, disponible para los sistemas operativos Android e iOS.