Un hombre admira el autorretrato de Delacroix, que cuelga en la exposición
Un hombre admira el autorretrato de Delacroix, que cuelga en la exposición - EFE

La National Gallery revisa a Delacroix al calor de sus admiradores

Una exposición lo reivindica como guía de modernos y compara sus cuadros con obras de Van Gogh, Cézanne, Renoir o Gauguin

LUIS VENTOSO
Corresponsal en LondresActualizado:

La National Gallery, la principal pinacoteca de Londres, le ha organizado una fiesta al parisino Ferdinand-Eugène-Victor Delacroix (1798-1863), el gran artista romántico, tal vez el pintor francés más sonado de la primera mitad del XIX. Pero Delacroix no está solo. En realidad solo un tercio de los 60 cuadros de la exposición son suyos. Lo que se propone es una charla, a veces acertada y otra un tanto rebuscada, entre pinturas del maestro galo y creadores más jóvenes que lo admiraron y recrearon, como Cézanne, Renoir, Manet, Bazille o Van Gogh, de quien se brinda la oportunidad de contemplar «Los olivos», lienzo que han cruzado el charco desde la ciudad de Prince, Minneapolis, cuyo museo coorganiza la muestra.

«Delacroix y el surgimiento del arte moderno» se abre este miércoles 17 de febrero y estará en cartel hasta el 22 de mayo; entrar cuesta 16 libras (20,5 euros). Será el plato fuerte de la National Gallery para la primavera, ocupando las estancias de su Ala Sainsbury. Allí sucede a la exitosa muestra de los retratos de Goya, coetáneo del francés y otro premoderno (seguramente más que Delacroix).

El Príncipe vuelve al Patronato

El lunes por la noche recorrió las seis salas de la exposición el Príncipe Carlos, que vuelve a formar parte del Patronato del museo. Ya lo había sido en entre 1986 y 1993, cuando Thatcher lo conminó a entrar en razón después de que en 1986 tachase la ampliación Sainsbury de la National Gallery de «monstruo arquitectónico en la cara de un querido amigo». El tiempo ha demostrado que, una vez más, el Príncipe de Gales no tenía razón en cuestiones de arquitectura, porque ese espacio ganado para el museo ha sido la historia de un éxito y está plenamente aceptado.

Delacroix tiene aire de personajazo; cunde, como corresponde a un romántico que fue admirador de Byron y amigo de Chopin, Víctor Hugo o Stendhal. Novelero es ya su nacimiento. Teórico hijo de un ministro con achaques de impotencia, se cree que su verdadero padre fue otro gobernante, un alto clérigo que frecuentaba mucho el hogar familiar y mariposeaba entorno a su madre: el mismísimo Talleyrand, más que un político, casi un corcho, pues flotó en todas las situaciones. Sobrevivió a la revolución siendo sacerdote, a un juicio con Napoleón enfrente y su inaudita valía diplomática todavía salvaría la honrilla de Francia en el Congreso de Viena. Aseguran que las hermosas y delicadas facciones del pintor hacían manifiesta esa progenie y que el viejo estadista ejerció un discreto mecenazgo.

Adoraba a Rubens

El poeta Baudelarie decía de su amigo Delacroix que era «el más moderno de los artistas». Audaz sin duda fue la rotundidad de su pincelada, su uso del color, su dinamismo y su nervio. Pero el pintor siempre se vio como un artista de querencia clásica. Realmente cogió fondo copiando en el Louvre los magnificentes trabajos de Veronés, Rafael, Tiziano y sobre todo, de su adorado Rubens, cuya influencia puede verse en algunos de los cuadros de Londres, como el de la caza del león. Pero Baudelaire, bohemio y sifilítico pero siempre agudo, también sabía todo eso, porque añadió una certera matización: «Delacroix estaba enamorado de la pasión, pero fríamente determinado a expresarla tan claro como fuese posible».

Era un dandy frágil, un debilucho de mucho temple y fuerza, muy bien parecido

Delacroix era un dandy frágil, con una flojera permanente de laringe, que lo acabaría matando con solo 64 años. Un debilucho de mucho temple y fuerza, muy bien parecido, como atestigua en Londres su conocido autorretrato a los 39 años, que tanto recuerda el porte de Bécquer en los viejos billetes de cien pesetas (ay, qué viejos vamos). Al arrancar quisieron encarrilarlo por las vías seguras de la escuela neoclásica del rey David. Se dio a la fuga mirando atrás (con Rubens) y mirando adelante con su amigo y admirado Gèricault. Hasta se dice que posó como uno de los náufragos de «La balsa del Medusa».

El pintor viajó a Inglaterra en 1825 para empollarse a los paisajistas ingleses. Luego en 1832 conoció el Sur de España y vivió seis meses en Marruecos, como pintor oficial en la aventura colonial gala. Sus andanzas por Tánger y aledaños fueron una epifanía que impregnaría de exotismo toda su obra posterior. Ante sus primeros cuadros, Delacroix recibió bufidos del distinguido público y la crítica carca de su tiempo. Pero sería un error adscribirlo al malditismo. En realidad su polémica «Barca de Dante» de 1822 pronto fue adquirida por el Estado, que en su madurez le encargará infinidad de murales decorativos y lo hará caballero de la Legión de Honor.

Erudito de la pintura

Con las mujeres nunca acabó de cuajar una relación estable y feliz. Los jóvenes de su gremio lo adoraban. Los impresionistas Monet, Bazille y Renoir asistieron a la famosa subasta de su estudio tras su muerte. La publicación de sus diarios (tres tomos con 1.438 páginas) añadió todavía más interés por su figura, al mostrarlo como un erudito de la pintura, capaz además de muchas frases redondas: «Joven artista ¿Quieres un tema? Todo es un tema, porque el tema eres tú». Van Gogh tenía dos copias de sus cuadros en su apartamento de Arles y resulta fantástico poder ver su descendimiento (con un curioso Cristo pelirrojo que es él mismo) dialogando con los cuadros religiosos de Delacroix.

Pero no todos los compañeros de viaje que se le ha buscado son tan afortunados. A veces el guion de buscar el nexo con Delacroix chirría, como en el Kandinsky abstracto que cierra la exposición, que puede tener relación con el pintor francés, sí… y también con casi cualquier otro artista. Qué más da. Sin duda, se trata de una auténtica fiesta de la pintura y del color, espléndida y fácil y altamente disfrutable.