La risa se consideraba algo propio de borrachos, como en el cuadro «Los Borrachos», de Velázquez
La risa se consideraba algo propio de borrachos, como en el cuadro «Los Borrachos», de Velázquez - ABC

Por qué los personajes de los cuadros nunca ríen

Las sonrisas abiertas siempre se han considerado una cuestión pasada de moda en la historia del arte

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Pareciera que ha existido una convención no escrita sobre las risas en los cuadros. No las sonrisas tímidas o coquetas que expresan algunos personajes, sino aquellas que significan la carcajada, el despiporre o el jolgorio. Pero existen algunas explicaciones para que se disimularan esas risas excéntricas, tal y como ha revelado la CNN, en colaboración con Artsy, en un artículo.

Al principio, los investigadores pensaron que quienes eran retratados no querían mostrar sus dientes. Posiblemente, estarían avergonzados de su sonrisa sin media dentadura o de sus problemas buco-dentales. Aunque todo el mundo sabe que en el Renacimiento ni a Leonardo Da Vinci le importaba la higiene dental de la Mona Lisa ni los dentistas recomendaban dentríficos. Descartado este motivo, ¿cuál es la causa real de esa media sonrisa en pinturas como las de Murillo?

«Dos mujeres en la ventana», de Murillo
«Dos mujeres en la ventana», de Murillo - ABC

Existen muchas razones por las que la risa se quedó fuera durante mucho tiempo. La primera de ellas es la larga duración de las poses de los personajes. Solo hay que imaginar días enteros riendo de forma natural, acto imposible para cualquier persona que no sea el Jocker, el archienemigo de Batman obsesionado con «crear» sonrisas en sus víctimas. Nadie podría soportar tal hazaña.

Otra de las razones es que, en el siglo XVII, la aristocracia –generalmente, la mecenas del arte en la época– consideraba la risa una cuestión reservada a las clases más bajas, a los borrachos y a los actores de teatro. Es decir, que si te reías o eras un campesino o te dedicabas al duro oficio de la dramaturgia, estabas condenado por los aristócratas a no aparecer en los cuadros.

Aunque ahora sonreír no se considere propio de alguno de los anteriores colectivos, algunas figuras políticas no pueden perder el semblante serio. Eso pasó con Michelle Obama, cuando se hicieron el año pasado los retratos de ella y su marido. A la artista, Amy Sherald, le llovieron las críticas por no ser fiel a la realidad y retratar a una Michelle Obama que dista mucho de la sonrisa habitual de la ex primera dama estadounidense.

Michelle Obama y la artista del cuadro, Amy Sherald
Michelle Obama y la artista del cuadro, Amy Sherald - AFP

Hay otros factores que condenaron al ostracismo a la sonrisa en la pintura, como la posible distracción del motivo principal del cuadro. Los artistas, depositando un poso de ego sobre su propia obra, manejaban las sonrisas de forma ágil para mantener la atención del espectador en la parte de la composición que ellos querían.

Todo cambió parcialmente con la llegada de la fotografía, a mitad del siglo XIX. Los retratos ya no duraban tanto. En el siglo XXI, se tarda menos de diez segundos en posar y hacerse un «selfie». La representación se ha modificado hasta el punto que ahora quien no sonríe en los retratos es mal visto por ojos ajenos. Lejos quedan aquellas sonrisas inquietantes que llegaron a partir del siglo XIX. Unas sonrisas que elevaban la Modernidad hasta el punto de satirizarla en contraposición al Renacimiento y las diferentes escuelas europeas.

Ahora hay artistas que representan la excentricidad en la pintura. Es el caso del japonés Takashi Murakami, quien dibuja sobre el lienzo o el papel personajes que distan mucho de aquellas sonrisas disimuladas por las épocas anteriores. En sus cuadros, aparecen sonrisas desquiciadas e irritantes, ligadas a un nuevo movimiento cultural posmodernista. Un ejemplo es su mítico personaje «Mr Dob», un dibujo animado de afilados dientes proveniente de la cultura ancestral nipona.

«Mr Dob», del artista japonés Takashi Murakami
«Mr Dob», del artista japonés Takashi Murakami - ABC

La pintura seguirá siendo, con o sin sonrisa, ese reducto donde la calma persiste y en el que la tranquilidad del momento creador se sigue desarrollando. Y lo mejor para disfrutar de este arte es ir a ver una exposición que intente sacar al espectador una sonrisa. Al menos, que en realidad la risa no se pierda.