«Niños comiendo uvas y melón», una imagen de la Sevilla que conoció Murillo
«Niños comiendo uvas y melón», una imagen de la Sevilla que conoció Murillo - ABC
Arte

Murillo, autorretrato de una ciudad

La Universidad de Sevilla publica un libro que descubre cómo era la ciudad y la vida cotidiana del Seiscientos en la obra del pintor

SEVILLAActualizado:

Seguir el camino donde estuvieron sus casas de morada y el obrador de lienzos. Acompañar a alguno de los pícaros pintados que malvivían en el recién creado Corral de las Herrerías. Recordar el «año del diluvio» de 1626 cuando el Guadalquivir se desbordó arrasando la ciudad. Intuir el sabor del vino que en el lienzo «La disipación del hijo pródigo» sirve un gentilhombre de copa, como era de uso en los banquetes de la época. Y admirar la elegancia del jubón y las calzas de negro español, tintadas con palo de Campeche, según la moda y tal y como aparece en su lienzo «El caballero de la Golilla».

La Universidad de Sevilla acaba de publicar una obra que sirve de fondo final para las conmemoraciones del Año Murillo, a punto de concluir. «Murillo y Sevilla (1618-2018)», publicado por Editorial Universidad de Sevilla, es el retrato de la ciudad que vivió Murillo. Gracias a este trabajo multidisciplinar, que tiene su origen en unas conferencias celebradas en marzo de 2018 y organizadas por la Facultad de Geografía e Historia, es posible recorrer el caserío que contempló el artista, el sky-line u horizonte del cielo marcado por hermosas cúpulas y espadañas atravesadas por los vientos del Seiscientos.

El libro, además de un riguroso trabajo académico y de investigación, es una propuesta para viajar en el tiempo, una invitación a recorrer cómo era la ciudad en la que nació y murió el maestro.

Como apunta el profesor Jesús Palomero Páramo en la presentación, el libro recrea la ciudad que aparecía en las vistas panorámicas y que, a partir de la editada por Ianssonius en La Haya en agosto de 1617, iría acompañada del lema: «Qui non ha visto Sevillia, non ha visto marravilla».

Precisamente, esas cartografías son analizadas por el profesor José Carlos Posadas Simeón que se detiene en las vistas de la ciudad reflejando los mapas de la época. Mientras que Juan Carlos Rodríguez Mateos recorre la Sevilla del XVII analizando la evolución urbanística. Paseamos con Murillo siguiendo las casas donde habitó, desde la Plazuela de San Pablo a Cabeza del Rey don Pedro, la calle Escuela, Madre de Dios, Botica, San Jerónimo, Plaza de los Zurradores y la última morada en la calle de la Puerta Pequeña de la iglesia de Santa Cruz. También se adentra la obra en los lugares donde cuelgan sus lienzos o donde estuvieron antes de los expolios y desapariciones.

En las páginas de este libro se atraviesan los barrios extramuros que le nacen a esta Nueva Roma, las modernas plazas públicas o las casas con soportales para evitar el sol y la lluvia características de este periodo.

Sin olvidar los hedores del pasado. El lector pisa charcos con excrementos, pasea con espanto por una ciudad sin alcantarillado y adivina una época de catástrofes, de hambre, epidemias, sequías y crisis de la hacienda municipal, quiebras de negocios y paisajes terribles de pobreza. La miseria que pintó Murillo dando dignidad a sus niños pícaros que ríen, a pesar de su desgracia.

El Guadalquivir en la Sevilla de Murillo es otro de los episodios apasionantes de esta auténtica novela de la ciudad. Fernando Díaz del Olmo refiere las cuatro inundaciones que sufrió Murillo:la que sucede siendo un recién nacido en 1618, la del «año del diluvio» de 1626, la del día de San Sebastián de 1642 y la de 1649, que fue el prólogo de la epidemia de peste. Díaz del Olmo analiza las grandes avenidas y los efectos que tuvo para la navegación al arrastrar aguas abajo bancos de arena y de grava. Una circunstancia que con los años sería la razón de la decadencia, puesto que impidió que las naves de la Carrera de Indias remontaran el curso del río y llegaran a Sevilla, perdiendo así el monopolio comercial con América.

El profesor Pablo E. Pérez-Mallaína propone un paseo por las Atarazanas, el antiguo astillero de galeras en la Edad Media. Pérez-Mallaína, que en breve publicará una obra monumental sobre la historia de este edificio, desvela los profundos cambios que vivió el lugar en el siglo XVII, con nuevos usos como servir de lonja de pescado, Aduana, almacenes comerciales y el Hospital de la Santa Caridad, donde Mañara encargó su programa iconográfico al artista.

Así recuerda que en aquella época se levantó sobre las naves 13, 14 y 15, la monumental Aduana y sobre las Atarazanas de los Caballeros la Casa de la Moneda. «En los años en que un jovencísimo Murillo, residente en la collación de la Magdalena, tal vez se acercase a la orilla del río para ver las naos que todavía se abarloaban en sus márgenes, contemplaría un edificio con grandes cambios sobre su aspecto original», explica Pérez-Mallaína.

Y siguiendo por la gran explanada fluvial de la Resolana del río se descubriría el paisaje humano de los pícaros recogiendo las migajas del banquete de las riquezas de las Indias. Es el mundo que descubre el profesor Francisco Núñez Roldán: el cuadro social de la decadencia.

Para luego pasar al mundo de los prebendados de la Catedral, la aristocracia del clero local, al que perteneció uno de los hijos del pintor, don Gaspar Murillo o los canónigos Justino de Neve, Juan Federigui y Juan Antonio de Miralla retratados por el maestro. José Antonio Ollero Pina nos adentra en sus casas decoradas con guadamecíes, tapices y pinturas que aparecen inventariadas en sus bienes de difuntos.

Una sociedad de contrastes, como observa Jesús Palomero en el prólogo:«Una ciudad que observa la diáspora de los hombres de negocios y la consolidación del rentista;que lo mismo sale a vitorear al Rey prestándole setenta setenta y dos millones, que estalla en motín de hambre contra el mal gobierno; que se olvida de la baja de la moneda, la subida de los precios y la hostilidad de los impuestos cuando escucha una chirimía o una caja destemplada anunciado una procesión».

También se come en las páginas de este libro. Hay una invitación a internarse dentro de los lienzos de Murillo donde aparecen bodegones, saborear el dulzor de las uvas y el melón de los ñinos pintados por el artista. David Florido del Corral y Félix Talego Vázquez descubren la alimentación en la Sevilla del Seiscientos desde una perspectiva antropológica.

Está la «sopa boba» que Murillo pinta en «San Diego dando de comer a los pobres» o las casas de gula donde se despachaban bebidas y tentempiés a base de carne o pescado secos o guisos de despojos. «La comida se realizaba a base de pan, cocidos -con predominio de verduras como nabos y más garbanzos que lentejas, consideradas «dañinas»- y el «carnero verde», guiso de carnero con salva de perejil», apuntan los autores.

Y Palomero destaca un detalle de la vida cotidiana de Murillo:«En el inventario de bienes redactado tras su muerte figura un perol grande de dulces y los utensilios necesarios para preparar y servir el chocolate: una piedra con su mango para molerle, dos chocolateras de cobre y ocho jícaras guarnecidas de plata».

¿Y la moda? ¿Cómo iban vestidos los sevillanos coetáneos del maestro? La indumentaria y la identidad social es el capítulo que escriben Gloria Lora Serrano e Isabel Montes Romero-Camacho. Aquí se descubre cómo las aparatosas lechuguillas y gorgueras del siglo XVI dejan paso a la moda de las golillas y valonas con las que se autorretrata Murillo en los lienzos de la Frick Collection de Nueva York y la National Gallery de Londres.

También este episodio repasa la moda femenina en los trajes con matices de paleta de pintor: telas color carmín de Indias, de amarillo de plomo, de lapislázuli y verde malaquita. Y detalles de bigotes y perillas, del pelo largo y la raya del pelo a un lado, formando tupé, el conocido «copete», que evoluciona al medio como vemos en los retratos del Marqués de Legarda o de Josua van Belle.

De esos peinados sabía mucho el padre del pintor, puesto que tenía barbería en la Plazuela de San Pablo. Jesús Palomero nos interna en la casa de su infancia y en los trabajos de rasuras y sangrías de su padre Gaspar Estebán.

Francisco S. Ros González propone nuevos datos sobre el perfil biográfico del artista; Pilar Ostos-Salcedo descubre la partición de bienes de la herencia de su mujer, Beatriz de Cabrera, mientras que Andrés Luque Teruel se detiene en su pincelada y su asombrosa evolución pictórica.

La profesora Pilar León explica cómo cristianizó a los dioses paganos del panteón griego y Pilar Pavón demuestra su relación con la antigüedad hispalense a través de las Santas Patronas y Rufina. El profesor Jaime García Bernal se detiene en el santoral y la representación de la escena hagiográfica, porque fue el artista que pintando al natural consiguió acercar la religión huyendo de dioses iracundos. La devoción y el perdón a través de la belleza en medio de una ciudad de contraluces, tan fascinante como terrible.

Corren los siglos también en este libro. El profesor Manuel Moreno Alonso desvela qué ocurrió con la obra de Murillo a raíz del expolio del mariscal Soult en la Guerra de la Independencia. Y José Leonardo Ruiz-Sánchez se detiene en un momento de la fama de Murillo: la refriega entre católicos que suscitó el tercer centenario de su muerte.

Con estas dos investigaciones se completa este libro interdisciplinar y único. «Es una obra como no se ha hecho hasta ahora, tanto por la naturaleza de sus contenidos como por el grupo de profesores que participa», apunta Javier Navarro Luna, decano de la Facultad de Geografía e Historia.