Exposición Murillo Sevilla¿En qué partes del mundo permanecen los 38 cuadros de Murillo que robaron los franceses de Sevilla?

Tan sólo diez de las obras del pintor que se llevaron los invasores en 1810 fueron devueltas. El resto están repartidas por todo el globo

SEVILLAActualizado:

La rapiña que protagonizaron los franceses en Sevilla en 1810 tras la capitulación de la ciudad tenía un objetivo claro: llevarse todos los cuadros de Murillo que hubiera para el nuevo Museo Napoleón en la capital francesa. El pintor sevillano era el número uno de la lista de artistas con obras en Sevilla elaborada por miembros afrancesados de la Real Acedemia de Bellas Artes para complacer los intereses del monarca José Bonaparte.

Tanto fue así, que en el inventario que hicieron de los 999 cuadros almacenados en los salones de los Reales Alcázares tras sustraerlos de sus lugares de origen, la sala número uno fue la dedicada a Murillo, más concretamente a los ocho cuadros provenientes de la Santa Caridad (de los diez que se ubicaban en la iglesia, sustrajeron ocho, concretamente los de mayor tamaño), que eran los más ansiados por los invasores. Cuenta el historiador Enrique Valdivieso a ABC de Sevilla que Murillo «era el pintor más popular de Europa en el siglo XIX, he hecho, la Inmaculada de los Venerables la vendieron los herederos de Soult en París y se pagó por ella el precio más alto que nunca se otorgó a una obra de arte. Fue la pintura más cara de la historia».

En total, según el inventario, descubierto por Gómez Imaz en 1896 y publicado en un libro que se ha reeditado recientemente por Valdivieso, de Murillo robaron 43 cuadros. Sin embargo, si uno sigue la somera y ambigua descripción de algunos de ellos en dicho escrito, de esos 43, una Inmaculada Concepción que estaría ubicada originalmente en el convento de San Francisco está en paradero desconocido. Igualmente, en el inventario del Alcázar se da cuenta de cuatro cuadros «de niños» que, en realidad, eran angelitos accesorios que formaban parte del retablo mayor del convento de San Agustín, y que hoy en día se encuentran repartidos entre el Bellas Artes de Sevilla, Madrid o Nueva York. De todos ellos, la mayoría partieron hacia la la capital francesa para exhibirlos en el domicilio particular del rapiñador mariscal Soult, cuyo inventario de obras de arte aún se conserva.

El historiador se lamenta del enorme robo que sufrió la ciudad de Sevilla por parte de los franceses, que se acabó agravando tras el fallecimiento del mariscal. «Cuando muere, sus hijos, en lugar de devolver los cuadros, para su propio enriquecimiento sacan los cuadros a subasta. Unos los compró el Louvre y otros salieron al mercado internacional», comenta. Así, de los cerca de cuarenta cuadros del pintor sustraídos de los templos y conventos sevillanos, la gran mayoría permanecen repartidos por todo el mundo. Tan sólo diez fueron devueltos o regresaron directamente desde el Alcázar al no interesarles a Soult.

De los ocho cuadros robados de la Santa Caridad, tres nunca llegaron a salir de Sevilla: «Moisés haciendo brotar el agua de la roca», «La multiplicación de los panes y los peces» y «San Juan de Dios transportando a un enfermo». Según Valdivieso, Soult los midió a ojo y comprobó que no les cabían en su casa, por lo que decidió dejarlos en su lugar de origen. No ocurrió lo mismo con el cuadro de «Santa Isabel curando a los tiñosos», la gran joya de la Caridad. Esta obra fue a Madrid y, gracias al empeño de los hermanos de la Caridad, algunos nobles y gente importante en el Régimen, convencieron a Franco para que la devolviera.

Sin embargo, los cuatro cuadros robados restantes («Abraham y los tres ángeles», «El retorno del hijo pródigo», «La curación del paralítico» y «La liberación de San Pedro») permanecen las ciudades de Otawa, Washington, Londres y San Petesburgo.

En Sevilla afortunadamente permanecen otras obras sustraídas y que fueron devueltas, si no a sus lugares de origen, al menos al Museo de Bellas Artes o el de los Venerables gracias a Focus-Abengoa. Estos cuadros son «La visión de San Antonio de Padua» (devuelto a la Catedral), «San Agustín con la Trinidad» y «San Agustín con la Virgen y el Niño Jesús» (del convento de San Agustín al Bellas Artes); «La Virgen del Rosario y Santo Domingo» (del convento de Santo Tomás al Palacio Arzobispal) o «Santa Catalina» (originalmente en la parroquia del mismo nombre que fue adquirido recientemente por Focus). Respecto al cuadro de «La Cena» ubicado en Santa María la Blanca, la historia es más curiosa. Cuenta Valdivieso que al ser un cuadro más tenebrista, de la primera etapa de Murillo, «no lo querían ni ver y por eso nunca salió de Sevilla. Le pidieron a Domingo Martínez que hiciera un informe y se quedó allí. Entonces gustaba el Murillo más alegre».

El caso de la Inmaculada de los Venerables

Si hay un cuadro que simboliza el expolio tan enorme que sufrió Sevilla, ese fue sin duda la Inmaculada que pintó Murillo para su amigo Justino de Neve para los Venerables. Si bien el gobierno francés la devolvió a España, éste, en lugar de hacerla volver a Sevilla, acabó en el Prado, y ni los intentos por parte de historiadores e instituciones sevillanas, lo lograron. Tan sólo se consiguió que, de cara a la exposición organizada en Los Venerables recientemente, regresara y ocupara el mismo lugar y con el mismo marco que tuvo originalmente. «Los propios españoles nos hemos robado a nosotros mismos», sentencia Valdivieso.

El experto murillista refuerza su argumento con el suceso ocurrido en Vitoria en 1812, cuando las tropas del inglés Wellington detuvieron a los franceses, ganándoles la batalla y confiscándole el enorme tesoro de los cuadros robados en Madrid. «El Rey Fernando VII les dice encima a los ingleses que se queden las obras en agradecimiento por la victoria y así, obras maestras como 'El Aguador de Sevilla' de Velázquez, están ahora en Londres».

Los Capuchinos, del acierto al error

De las obras sustraídas de Sevilla, algunas de las más conocidas de Murillo, muchas fueron incautadas del convento de San Francisco y del convento de los Capuchinos. De este último, sólo salió una: «El jubileo de la Porcíuncula», que ocupaba el retablo mayor del templo. La razón es que alguien del que se desconoce su identidad avisó a los frailes de las intenciones francesas y éstos pudieron llevar sus cuadros a Cádiz. Allí las envolvieron en tubos de plomo y las enterraron en jardines. Como los franceses no llegaron a entrar en Cádiz, en 1812 regresaron a Sevilla «con el maltrato que supuso el transporte y el enterramiento durante dos años. Los capuchinos le encargaron la restauración a Cabral Bejarano que, al pasarles la factura, como no tenían una perra gorda, se les ocurrió la horrenda idea de pagarle con el cuadro principal de 'El jubileo de la Porcíuncula'», dice Valdivieso. Y así terminó en el museo de Colonia, donde permanece, aunque ahora ha regresado para su restauración y para ser expuesto en Sevilla de forma temporal por el Año de Murillo.

Cuenta el historiador a ABC que «luego ese señor terminó siendo director del Museo de Sevilla. Tiene una denuncia constatada por la Academia por vender una treintena de cuadros del museo para engrosar su bolsillo. Le arrestaron y devolvió el dinero e imagino que los cuadros, pero siguió como director...». Otra prueba más de los estragos que «algunos indeseables» han causado en el patrimonio hispalense.

¿Por qué no se llevaron cuadros de Velázquez?

Muchos se preguntan, al ver el inventario que hicieron los franceses de las obras sustraídas y almacenadas en el Alcázar, que por qué entre esos 999 cuadros no había ni uno solo de Velázquez. La razón es sencilla: «Velázquez solo pintó cinco años en Sevilla y lo poco que había desapareció», señala Valdivieso, que no para de lamentarse por tan irreparable pérdida: «Ningún francés ha pedido disculpas y encima dicen que gracias al expolio la pintura española fue conocida en el mundo».