Inauguración de la exposición 'Sorolla. Tierra adentro'
Inauguración de la exposición 'Sorolla. Tierra adentro' - EP
Arte

Sorolla, luminoso retrato de España en un paisaje

La Fundación Unicaja expone en Sevilla «Tierra adentro», una muestra que rescata la obra paisajística del artista

SevillaActualizado:

Un Sorolla más allá de las albuferas, las playas y marinas, las ropas soleadas, las olas, los barcos y la espuma sobre la espalda de un niño. Un Sorolla que logra captar el imaginario español a través del paisaje, que adentra la pincelada larga y luminosa en las tierras de Castilla, en el verde pardo de Asturias, en las vistas de las piedras viejas de Toledo, en las viñas de Jerez y en un horizonte de la campiña de Sevilla donde corren toros y ferrocarriles. El Centro de la Fundación Unicaja de Sevilla, donde reposa la memoria de los papeles de los Machado, acoge la exposición «Tierra adentro», que se centra en la producción paisajístca de Sorolla en un revelador perfil del artista.

La muestra es un luminoso retrato de España, de la España finisecular que se asoma al nuevo siglo y a la modernidad con una nueva mirada sobre los paisajes centenarios. Un Sorolla que se alía con el regeneracionismo pintando los paisajes poetizados de la Generación del 98. «No se había visto este registro de Sorolla en su totalidad ni en profundidad. Los paisajes aparecían sueltos en otras exposiciones, de fondo, pero no como un todo», explica Carmen Pena, comisaria de la exposición, que estuvo acompañada por el director general de la Fundación Unicaja, Sergio Corral, y por Consuelo Luca de Tena, directora del Museo Sorolla, de donde proceden los fondos expuestos.

Esta exposición, que permanecerá abierta hasta el 30 de septiembre en la sede sevillana de Unicaja en el Paseo de la Palmera y luego viajará a Málaga, advierte sobre un Sorolla diferente que reflexiona sobre el paisaje como manera de ‘pensar’ España. «Sorolla perteneció a la Institución Libre de Enseñanza, al mundo krausista. Estos paisajes son los de la Generación del 98», señala Carmen Pena. Y, en efecto, está el paisaje de la meseta castellana, con una pincelada austera, concentrada y metafórica. Luces y sombras que cuentan relatos de siglos. Asi se aprecia en el cuadro «Paisaje segoviano» donde aparece el convento de El Parral o en los lienzos de una catedral de Burgos nevada con una soberbia capacidad para pintar el aire frío castellano.

En la muestra se rescatan pasajes literarios, que sirven para confirmar esa proyección metafórica y reflexiva de los paisajes de Sorolla, y también palabras del propio artista. Así se desvela en una entrevista que Alejandro Pérez Lugín le hizo al pintor en 1915: «Hay en Castilla una conmovedora melancolía. Las cosas adquieren allí un vigor extraordinario».

Pero este retrato del alma española no se centra sólo en el corazón de la memoria castellana o en las albuferas y naranjos valencianos. Ni siquiera en ese Sorolla que se asoma al norte en una Asturias sorprendente que desvela las luces de Muros del Nalón donde el pintor formó parte de una colonia de pintores del paisaje al estilo de la Escuela de Barbizón.

También está un Sorolla fascinado por la Andalucía blanca, por las horas hechizadas del crepúsculo en Granada, las viñas viejas oliendo a vino de Jerez o los campos de chumberas de Sevilla. «Sorolla había pintado el folklore andaluz a raíz del famoso encargo regionalista que le hace el millonario Archer Huntington para la Hispanic Society de Nueva York. Hay que decir que ese mundo tradicional de toreros, bailaoras y gitanos no le gustaba demasiado. Tenía prejuicios, porque él era un reformista, un liberal, un heredero de la Ilustración. Sin embargo, cuando llega a Andalucía queda conquistado», asegura Consuelo Luca de Tena, directora del Museo Sorolla.

Joaquín Sorolla llega a Sevilla por primera vez en marzo de 1902 y a la ciudad regresará en varias ocasiones. El pintor valenciano intentó atrapar los soles del Mediodía viendo cómo caía la tarde, deslumbrado por los colores que huían de las cosas. En el sur Sorolla descubre el sol zahareño y rebelde, de contrastes y matices, un sol que hiere las pupilas.

En Sevilla pintaría los cafés cantantes, escenas de la Semana Santa y de las cruces de mayo en fabulosos tratados de color y de movimiento. Aquí pintaría a Alfonso XIII y a la reina Victoria Eugenia e incluso a Regla Manjón, condesa de Lebrija. Pero también su mirada de hombre comprometido le hizo atrapar la imagen de los anónimos: niños huérfanos, pobres y lisiados, labriegos y pescadores que mueren trabajando, obreros de piel curtida por el sol y el hambre.

En esta muestra se puede admirar un Sorolla que atrapa el paisaje de la campiña: campos de secano, estudios de piteras y de garrochistas que recorren la finca La Tabladilla, a las afueras de la ciudad, y Las Delicias, donde tuvo algún percance con los toros.

«Sorolla no ve bien el espectáculo de las corridas, de las suertes de sangre y muerte. Por eso elige pintar el campo, las dehesas con los toros libres. Sus escenas taurinas no son en el coso sino en la naturaleza mientras en ese paisaje se ven los raíles del tren. Es un ejemplo de esa nueva forma de mirar el paisaje del 98. En estos cuadros hay modernidad y entroncan con el luminismo que sucedía en Europa», señala la comisaria Carmen Pena ante los lienzos «Alrededores de Sevilla» o «Jinete con fondo de chumberas», ambos de 1914.

En Jerez se recrea en los estudios de las viñas y en escenas de vendimiadores. Sin embargo, mientras el artista pinta el paisaje del vino se produce un hecho que lo trastoca todo. «Hubo una enfermedad que afectó a las vides más antiguas y eso provocó la ruina y problemas sociales con los trabajadores. Hubo huelgas salvajes. Sorolla, de pensamiento liberal y que hay que recordar que viene del republicanismo valenciano del primer Blasco Ibáñez, decide que no pintará más que el paisaje, pero sin figuras. Así es cómo se recrea en la pintura de las vides donde sorprende la modernidad de una pincelada que lleva casi a la abstracción», añade la comisaria.

En La Rábida también realizó numerosos lienzos, pero un apartado especial es el dedicado a Granada. Su relación con Andalucía se inició en realidad en Granada donde pintaría desde y en La Alhambra. En la exposición «Tierra adentro» se pueden ver interiores de La Alhambra como la Torre de las Infantas o Jardín de Daraxa. Surge un palacio pintado en invierno y en verano, luz diversa que se aprecia en la paleta del artista como en el Patio de los Arrayanes pintado en un diciembre que se adivina de aire frío y seco.

Otro apartado sevillano especial en la exposición es el dedicado a Antonio Machado con el retrato que dedicó al poeta para la galería de retratos de españoles ilustres de la Hispanic Society. La figura de Antonio Machado entronca con el destino de este Centro Cultural de la Fundación Unicaja en Sevilla, donde se guarda el legado de los Machado.

La comisaria Carmen Pena recordó que entre los papeles de Sorolla halló el recuerdo de una visita que Manuel Machado hizo al estudio del artista mientras estaba pintando el retrato de su hermano. «En ese lienzo está la luz velazqueña, la luz sevillana, como en esos versos que hallaron a Antonio Machado en el bolsillo de su gabán y que son los últimos que escribió en su vida: Estos días azules, y este sol de la infancia», afirma emocionada.