El escritor chileno Alejandro Zambra
El escritor chileno Alejandro Zambra - CHRISTIAN ORTEGA PUPPO
ENTREVISTA

Alejandro Zambra: «El mundo se va a la mierda, pero hay cada vez más autores valiosos»

El chileno, una de las voces más talentosas y perspicaces de la actual literatura hispanoamericana, reúne en «No leer» un conjunto de textos sobre el gozo de la narrativa y el placer pecaminoso que supone escribir lo que se piensa

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Brillante. Así es Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975). Así es su narrativa. Así son sus poesías. Así eran sus críticas, cuando las escribía. Y así es, en fin, todo cuanto acontece en una de las mentes más despiertas de la actual literatura hispanoamericana. Un ejemplo: si él padece migrañas, quien estas líneas escribe sufre de recurrentes episodios de insomnio; uno de los últimos llegó cuando menos debía -como siempre, por otra parte-: al abrigo de esta conversación. Pero, gracias a Zambra, la modorra se disipó y la lucidez contagiosa de sus respuestas acabó venciendo al sueño.

En España, su presencia en nuestras bibiliotecas (con títulos como «Bonsái», «La vida privada de los árboles» o «Formas de volver a casa»), como él mismo reconoce, se la debemos al editor Jorge Herralde, que supo ver en él lo que ni él mismo veía. Muy amigo de sus amigos, incluso escritores, y sin miedo a ganarse enemigos por escribir lo que piensa, Zambra acaba de publicar en nuestro país, de la mano de Anagrama, «No leer», obra que recoge lo esencial de su «pensamiento», pues la integran un conjunto de textos, escritos a lo largo de distintos años, sobre los dos pilares de su oficio: la escritura y la lectura.

Confiesa en el libro que le enseñaron a «leer a palos». No es la mejor forma de iniciarse en tan gozoso placer y, sin embargo, terminó enganchado y hasta viviendo, de alguna forma, de la lectura. ¿Cómo debe uno empezar a leer?

No tengo la menor idea, también me lo pregunto. Yo crecí sin libros a la mano, cuando niño tenía un vínculo más bien con las historias orales, y con los chismes (que en Chile llamamos pelambres), y los chistes y las transmisiones radiales de partidos de fútbol. Pero por algún motivo sí era sensible al atractivo de los libros, me gustaban. Me gustaba ver gente leyendo. Igual no creo ser ejemplo de nada. Hay todavía demasiada solemnidad en torno a los libros y a la lectura. Un cuento funciona de forma muy parecida a un chiste, pero el cuento generalmente tiene un autor y el chiste no. Por ahí se podría postular o deducir algo a la hora de enseñar literatura. O los sueños. Supongo que casi todos hemos experimentado la dificultad de relatar un sueño. Cualquier persona podría colaborar en una teoría sobre los sueños o sobre los chistes. Pero incluso en los espacios más afines, como por ejemplo los talleres, suele hablarse de literatura en un lenguaje sumamente especializado y desalentador.

El «no» con el que arranca el título del libro es una lección para los defensores de la literalidad (cuánto mal ha hecho en la cultura) y contiene una buena dosis de ironía. ¿Qué le diría a los que aún se afanan en postular, de manera imperativa, aquello de «hay que leer»?

Que es mejor prohibir la lectura. Los grandes lectores siempre empiezan leyendo los libros que alguien les ha prohibido.

Este tributo a la lectura termina siendo, también, una fiesta de la escritura. ¿Cómo se relacionan, en su caso particular, ambas, la lectura y la escritura? ¿Se puede ser un buen escritor sin haberlo leído TODO?

Escribí desde chico, para mí fue un hábito diferente de leer; luego se volvieron complementarios. Ya a la altura de los dieciocho mi plan principal era leer y quizás hacer clases. Seguía escribiendo y hasta jugaba a ser escritor, pero escribir me interesaba menos que leer. Y luego hubo un tiempo de peligrosa fragilidad en que necesité, por primera vez, de una forma muy física, escribir. Creo que para escribir hay que necesitar escribir; necesitarlo mucho. Y si de verdad lo necesitas te importa muy poco la opinión de los demás. Surge ahí cierto descaro, cierta alegría casi irracional. Siempre hay consejos paralizantes, advertencias demasiado enfáticas, gente que convierte sus propias frustraciones en presuntas teorías sobre la historia literaria. Pero todo acaba depurándose y aparecen los verdaderos compañeros de ruta.

De todas las imposturas del mundo literario, presentes también en los textos que conforman el libro, ¿cuál es la que más detesta?

Estoy en una temporada más fílica que fóbica, pero igual puedo hacerme el iracundo para que esta entrevista funcione... Lo que más detesto es el periodismo de los cazadores de tendencias, toda esa presión normalizadora de «hay que escribir así» o «se está escribiendo así». Esa cosa prescriptiva, aleccionadora, incompleta, superficial. Y el vargaslloseo en todas sus formas, incluida el vargasllosismo. Y la falta de humor. Y el planteo de discusiones exclusivamente temáticas; todo ese cacareo contenidista que en el fondo es ingenuo y moralizante y conservador. O la lógica del «panorama», que genera la ilusión de exhaustividad a punta de nombrar a cien autores sobre los que no se dice más que sus nombres. O los autores que sienten la proximidad de la muerte y se desahogan declarando que la literatura se acabó. Y las reseñas sin citas textuales. Ahhhhhhh eso me irrita particularmente. Contestando esta pregunta me enojé.

Los artículos fueron escritos en distintos años. Sé que ha revisado y actualizado la edición, pero teniendo en cuenta que la obra apareció por primera vez en 2010, ¿cómo ha cambiado (si es que lo ha hecho) el panorama literario-intelectual? ¿Y el de la crítica? Porque el título del libro también se refiere al placer que experimentó cuando dejó de hacer crítica literaria…

En un sentido, yo no siento que «No leer» sea un libro que yo escribí. No como libro, digo. Yo no lo «vi». Este es un libro que alguien más «vio»: un excelente editor, como es Andrés Braithwaite. Creo que buena parte de la autoría de «No leer» le corresponde a Andrés, porque fue él quien esas secciones, esa articulación, que luego discutimos pero que provino de él. Es raro publicar una recopilación. Son libros casi involuntarios. Y también está toda esa pesada circunstancia de deadlines y caracteres con espacios. Escribir una columna es como escribir un soneto, y a mí me gusta escribir sonetos, me parece divertido, pero nunca los publicaría. Cuando escribes literatura no hay plazos ni cantidad de palabras, por más que haya tanta gente obsesionada con la cantidad de páginas que debe tener una novela. Cómo ha cambiado todo en estos útimos años es algo que no podría abordar en pocas palabras y quizás tampoco en muchas. Hay un montón de editoriales nuevas, sobre todo en Chile. Cada vez menos prensa cultural para un mundo cultural cada vez más bullente y diversificado. El mundo se va a la mierda, pero hay cada vez más autores valiosos. Igual no sé si eso es una contradicción.

Le confieso que me apasiona la guía de lecturas en la que, de alguna forma, se convierte «No leer»: Natalia Ginzburg, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Roberto Merino, Bolaño (por supuesto) y tantísimos otros, muchos de ellos situados en los márgenes por la industria. ¿Se considera un lector caprichoso? Se lo pregunto porque considero que las lecturas que escogemos nos definen tanto como las que rechazamos.

¡Gracias! Sí que soy caprichoso. Muy. Ya no me pregunto demasiado por qué abandono un libro. Elogiar el placer de no leer a unos es una manera indirecta de hablar sobre el placer de leer a otros. Por lo demás, cuando escribes reseñas negativas la gente lo celebra mucho. Se habla mucho más de una reseña negativa que de una positiva. Siempre hay gente diciendo «por fin alguien se atreve a decir esto», sin siquiera saber si lo que dices es relativamente justo. Si hablas mal de un libro quedas al tiro como valiente, independiente, iconoclasta. Y si reseñas positivamente surge la sospecha de que eres amigo del autor. Y sin embargo es mucho más fácil criticar negativa que positivamente; es intrínsecamente más fácil saber por qué no te gusta algo que por qué sí te gusta. Creo que son más valiosos los intentos de explicar por qué te gusta algo y ese es el esfuerzo editorial de «No leer», porque perfectamente podría haber un «No leer» alternativo con puras reseñas negativas, algunas de ellas probablemenete injustas pero quizás divertidas. Igual, detrás de «No leer» nunca hubo una intención canónica ni nada parecido. Hay tantos autores relevantes para mí sobre los que nunca he escrito ni media palabra o que sólo he mencionado a la pasada. O a los que me liga una admiración paralizante. Vila-Matas, por ejemplo. Escribí un par de cosas breves, insuficientes, por eso no las metimos en No leer. Debería yo escribir algo largo y exhaustivo y chistoso sobre Vila-Matas. Lo quedo debiendo. Lo mismo con Fresán o Fernando Vallejo o Hebe Uhart o Bellatin o Jeannette Winterson o Emmanuel Bove o Rodrigo Rey Rosa. O César Aira, pero no puedo escribir sobre César Aira, porque he leído sólo veinte libros suyos, que es como haber leído sólo la primera novela de un autor que va en la quinta. O chilenos como González Vera o Juan Emar o María Luis Bombal. Me gustaría escribir un libro entero sobre Enrique Lihn, quizás porque Lihn es una literatura entera, pero en «No leer» hay apenas tres mil caracteres sobre uno de sus libros. Me gustaría escribir un libro sobre poesía chilena. Hay un montón de referencias y algunos artículos sobre poesía chilena en «No leer» pero a mí me parece que hay muy poco. Tampoco suelo hablar obre mis amigos, a los que siempre dejo fuera, pero en algún minuto espero remediar eso. Quizás el escritor que más me ha influido es el poeta Andrés Anwandter, pero como es uno de mis mejores amigos casi nunca lo menciono.

¿Para qué (nos) sirven los libros? ¿Para qué le ha servido la literatura a Alejandro Zambra?

Para perderle el miedo a la soledad. Suena demasiado «emo» y al decirlo corro el riesgo de que lo pongan de titular, pero es rigurosamente cierto.

Es que tengo la sensación de que, cuando uno habla de (ciertos) libros, termina hablando de su propia vida. ¿A usted le pasa? ¿Se puede construir, mediante los libros, una percepción lúcida de esta realidad nuestra tan surrealista?

Claro que sí. Y tengo la mejor opinión del surrealismo.

¿Cree que la resistencia al paso del tiempo, la «inmortalidad» de la obra, es la prueba definitiva de la validez, de la calidad, del talento del escritor?

Al menos para mí, no estar muerto no es ningún problema... Yo no «muero porque no muero». Pensar en la posteridad es esencialmente triste. Supongo que hay que estar un poco deprimido para ponerse a pensar en esas cosas. La idea de «público» es un lastre. La idea de «obra» es un lastre. No sirven de nada.

Reivindica uno de mis mayores placeres: la lectura en voz alta. ¿Cuándo fue la última vez que leyó un libro así?

Tengo un hijo de nueve meses, así que esa última vez fue esta mismísima tarde. Le leí los libros «Animales de Chile», «Ramona la gaviota» y «Mis animales suavecitos». Incluso este último se lo releí.

«Escribo por si acaso», dijo José Santos González Vera, sobre el sentido de su escritura. ¿Y usted, por qué escribe? ¿Y por qué lee?

Escribo porque, como decía Violeta Parra «la escritura da calma/ a los tormentos del alma». Y porque no era suficientemente bueno para la pelota. Y porque a los doce años años cambié la voz, si no estaría dedicado al cante jondo. Y leo porque bailo mal o quizás bailo mal porque en vez de ensayar me la paso leyendo.

Le cito, de un pasaje del libro: «A propósito de responsabilidades, hay que cuidar las páginas de cultura. Hay que quererlas (...). Somos los encargados de darle un poco de brillo al asunto». ¿Qué opinión le merece el actual periodismo cultural, tanto en España e Hispanoamérica como en el mundo anglosajón?

Me cuesta responder en bloque, veo países más que continentes. Hay países donde el periodismo cultural me parece de una calidad altísima, como Argentina, pero seguramente opino esto porque no soy argentino. Igual, encontrarse en un diario con un artículo de, por ejemplo, Matías Serra Bradford, me parece un lujo casi inverosímil. También me gusta el periodismo cultural en Colombia y a veces en Perú y en Brasil. En Chile, en cambio, el panorama es indiscutiblemente desolador, y si no fuera chileno mi opinión sería la misma, por desgracia ya no es debatible, porque casi todo cerró. Por supuesto sobreviven algunos espacios y hay periodistas y críticos valiosos, pero en general es todo adverso y desastroso y no creo que cambie. Ahora que lo pienso, en No leer hay muchos textos que fueron originalmente publicados en medios que ya no existen: la «Revista de Libros» de El Mercurio, el suplemento «Cultura» de La Tercera, la revista «Qué pasa»... Aunque adoro España y ahí está Jorge Herralde, que es el editor a quien le debo casi todo, no tengo una relación estable con el medio cultural español. He escrito poco en medios españoles, mi opinión es más bien positiva pero muy desde lejos, desde afuera. En cuanto a México, donde ahora vivo, hay acá una tradición muy poderosa que genera la ilusión de un medio cultural sólido, y a veces, semana por medio, tiendo a creerme esa ilusión. El medio cultural mexicano es interesante de observar, además que me crié, por razones bien casuales, leyendo revistas culturales mexicanas. Quizás me interesa porque no lo entiendo del todo y porque, aunque vivo aquí, no soy parte de él.

Me gustan mucho los textos que dedica a Pedro Lemebel, al que por cierto descubrí gracias a usted, hace ya algunos (muchos) años. De él dice que su obra está forjada «en la vida y no en la literatura». Y yo le pregunto a usted: ¿dónde está forjada la suya?

En las calles del centro de Santiago.

Sostiene también que «la literatura no sirve para enderezar el pasado». Y, sin embargo, cientos de escritores siguen empeñados, cada día, en nutrirse de la Historia (como usted la escribe, en mayúsculas) para escribir sus historias (en minúsculas). ¿Acaso se nos ha acabado la ficción, la imaginación?

No lo creo. El otro día vi una película en que preguntaban por la diferencia entre ficción y no ficción y la respuesta me pareció perfecta: un dólar. La literatura actual es tan diversa y abundante que uno podría salir a buscar ejemplos para demostrar casi cualquier cosa.

Vuelvo a citarle: «Un escritor es alguien que intenta decir algo que no ha sido dicho». Estoy de acuerdo con usted, y por eso me apena tanto que cada vez más sean cada vez menos los que se atreven a decir algo.

Creo que hay muchas escrituras valiosas, el problema es su invisibilidad. Yo sé que queda mejor el pesimismo, pero incluso si, por ejemplo, me remito sólo a Chile, encuentro mucha literatura que disfruto intensa e inmensamente.

Seguimos llenos de etiquetas, demasiadas, en esto de la literatura. ¿Cree que llegaremos a romper, algún día, las costuras de la narrativa, a liberarnos del peso de la separación entre géneros?

¿Cómo se llama lo que escribe Anne Carson? ¿Importa? Los géneros literarios son como camisas que al principio te quedan mal y hay que usarlas un rato para que tomen la forma de tu cuerpo. En literatura el género es siempre fluido. Otra cosa es que se siga hablando de poemas, cuentos y novelas y ensayos, aunque nadie sepa a ciencia cierta qué es un poema o un cuento o una novela o un ensayo. El mito de la pureza es pegajoso y persistente y a veces genera discusiones divertidas, pero es un mito.

Y, por último, ¿qué libro recomendaría a aquellos lectores que, como usted, pasamos «con gusto» de las novedades?

Muchos. «El libro de la interpretación de los sueños», de Artemidoro de Daldis. Y «The Gorgeous Nothings», de Emily Dickinson. Y «Playing and Reality», de D. W. Winnicot. Y «This Little Art», un ensayo sobre traducción de Kate Briggs, que ojalá alguien traduzca. La poesía de Verónica Jiménez y de Gonzalo Millán. «When Women Were Birds», de Terry Tempest Williams.