Álex Chico
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Álex Chico: «La escritura es una consecuencia radical de la lectura»

En su última novela, «Un final para Benjamin Walter», sigue explorando ese género híbrido que él denomina «ensayo ficción» y que le ha convertido en una de las voces más originales del nuevo panorama narrativo en español

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¿Cuáles son sus intereses como escritor?

Intento generar una escritura que sea capaz de nutrirse de varios géneros literarios, desde la poesía hasta la crónica, la novela, el diario o el ensayo. Que aúne todas las voces narrativas posibles y que no solo se perciba desde un único ángulo. Me interesa que un mismo suceso pueda desplegarse en múltiples direcciones, como una realidad disparada o un «realismo expandido», por citar un término de Bachelard. En el fondo, todo consiste en esto: en seguirle la pista a un escenario o a un personaje hasta sus últimas consecuencias. Hay un momento en que la realidad se bifurca tantas veces que es imposible averiguar hacia qué lugar nos conduce.

¿Y como lector?

Creo que la escritura es una consecuencia radical de la lectura. Todo lo que antes mencionaba parte de una lectura previa, de un interés por esos libros a medio camino entre muchas cosas. Autores a los que no les asuste la digresión, por ejemplo, y que no teman en qué sección de una librería coloquen su libro. Todo lo contrario: que esa indefinición sea un estímulo para seguir saltando de balda en balda. Un tipo de literatura híbrida que consiga envolver al lector desde diferentes perspectivas.

¿Sobre qué temas suele escribir?

Mi gran tema hasta el momento es el del lugar. Me interesa muchísimo abordar los espacios, porque en ellos reside una forma de ser que nos configura y que, de alguna manera, nos trasforma en lo que somos. Hablo de ciudades o pueblos, pero también de la habitación donde escribimos o de estancias de paso. Me atrae la relación que se establece entre el territorio y quien lo habita durante una noche o durante toda su vida. En mi último libro, «Un final para Benjamin Walter», además del tema del lugar, me planteo de qué forma el pasado incide en la actualidad, en qué medida lo que sucedió hace mucho tiempo puede tener algún tipo de correlación con nuestro propio presente.

¿Dónde ha publicado hasta el momento?

En varios lugares: en la Editora Regional de Extremadura, De la luna libros, Isla de Siltolá, Libros en su tinta, Andesgraund (una pequeña editorial chilena) y en Candaya, donde ha aparecido mi último libro, algo que me alegra, porque siempre había querido publicar allí.

¿Con cuáles de sus «criaturas» se queda?

Con «Un final para Benjamin Walter». No temo ser injusto, porque tengo la sensación de que en él he tratado de volcar buena parte de mis libros anteriores. El tema del pasado y el presente, del lugar, del personaje difuso, de la realidad disparada, de la mezcla de géneros…

Supo que se dedicaría a esto desde el momento en que…

Tal vez cuando supe que había experiencias en mi vida que no podría explicar de otra manera. Creo que la escritura me ayudó a interiorizar algunas cosas que me habían marcado: el desplazamiento, la emigración, la memoria, la relación con lo que me rodea. Por citar un momento más concreto, supe que me dedicaría a esto gracias a las Aulas de Literatura que se llevaban a cabo en Extremadura. Afortunadamente, aún continúan funcionando. Para mí fue fundamental charlar con los autores invitados a esos ciclos. Pocas veces tenía esa oportunidad viviendo en Plasencia.

¿Cómo se mueve en redes sociales?

Lo justo y no sé si necesario. A veces sospecho que debería moverme más y mejor. En otras ocasiones creo que invierto demasiado tiempo.

¿Qué perfiles tiene?

Facebook. Y ya.

¿Cuenta con un blog personal?

Sí, aunque antes lo usaba mucho más. Se llama Isla de Elca, en homenaje al poeta Francisco Brines.

¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practica?

Formo parte del consejo de redacción de la revista «Quimera», algo que me enriquece por muchos motivos, sobre todo por las charlas que mantenemos los cuatro que formamos el equipo: Fernando Clemot, Ginés S. Cutillas y Jordi Gol, amigos escritores de los que no he dejado de aprender. También doy clases de lengua y literatura en un instituto de secundaria de El Prat, al lado de Barcelona.

¿Forma parte de algún colectivo/asociación/club?

No, que yo sepa.

¿En qué está trabajando justamente ahora?

Estoy con una nueva novela de ensayo ficción, en la que trato de abordar el tema del lugar a partir de la emigración española de los años sesenta y setenta. Parto de alguien a quien no conocí, mi abuelo, y me desplazo a los lugares por los que pasó: la Vega de Granada, Bousbecque (un minúsculo pueblo de la frontera entre Francia y Bélgica) y Barcelona. Como en «Un final para Benjamin Walter», me está ayudando a comprender un poco mejor el presente que me ha tocado vivir.

¿Cuáles son sus referentes?

En poesía, siempre me he sentido muy próximo a tres autores extremeños: Álvaro Valverde, Basilio Sánchez y Ángel Campos Pámpano. Después, he sumado a otros escritores que me interesan por motivos diversos: Walter Benjamin, Siri Husvedt, Wisława Szymborska, Enrique Vila-Matas, Charles Simic, Javier Cercas, Elizabeth Bishop, Vicente Valero, Ramón Andrés, Georges Perec, Jordi Doce o Adam Zagajewsi. De entre todos, creo que me quedaría con dos, que para mí son fundamentales para entender cómo y por qué escribo: W. G. Sebald y Patrick Modiano.

¿Y a qué otros colegas de generación (o no) destacaría?

Hay autores de mi generación, o de una generación muy próxima a la mía, que se ocupan de muchos de los temas que más me interesan, y lo hacen expandiendo su escritura sin encorsetarla en un molde fijo, preestablecido, con propuestas de lectura muy distintas. Pienso en Sergio del Molino, Luis Bagué, Mario Martín Gijón, Jordi Carrión, Javier Morales o Sergi Bellver, por citar unos cuantos nombres que abren nuevas posibilidades al ensayo español. También destacaría una novela que me parece magnífica: «Tener una vida», de Daniel Jándula.

¿Qué es lo que aporta de nuevo a un ámbito tan saturado como el literario?

Más que una aportación, que me parece tal vez desmesurado, sí diría una apuesta persistente en algo que ya existía, aunque tuviera otros nombres y que yo llamo, con mayor o menor acierto, novelas de ensayo ficción. Es decir, algo voluble, heterogéneo, híbrido, a medio camino entre varios géneros, que busque más la verosimilitud que la verdad y que aborde la ficción a través de las posibilidades narrativas que nos ofrecen las hipótesis, suposiciones, probabilidades, conjeturas o palpitaciones, con la imaginación como motor que accione la escritura y dispare la realidad hacia múltiples lados.

¿Qué es lo más raro que ha tenido que hacer como escritor para sobrevivir?

Cuando vivía en Granada tuve que hacer de lector en un bar, literalmente. Quitaban la música y sólo se me oía a mí, de fondo. No podía recitar muy alto, únicamente con un hilo de voz muy tenue que, según me indicó el propietario, consiguiera crear ambiente al local. Así me pasaba varias horas, recitando en una pequeña tarima, aunque no hubiera gente. A veces entraban los clientes y se espantaban al ver a un tío solo, leyendo para nadie.