Detalle del montaje de la muestra en el Museo de Bellas Artes de Sevilla
Detalle del montaje de la muestra en el Museo de Bellas Artes de Sevilla
ARTE

Bartolomé Esteban Murillo, hombre de fe

Por primera vez en la Historia, Sevilla acoge una antológica dedicada a Murillo. La muestra, en el Museo de Bellas Artes, es uno de los actos centrales de su IV centenario

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El Museo de Bellas Artes de Sevilla acoge la primera exposición antológica de Murillo que se celebra en la capital andaluza. Desde los tiempos del expolio napoleónico, nunca se vieron en la ciudad tantas obras suyas: cincuenta y cinco piezas distribuidas en dos salas, la principal de las cuales es la vieja iglesia del convento de la Merced, espacio bellísimo que los organizadores han acondicionado con un logrado montaje que contrapone el talento del pintor sevillano al de algunos de sus predecesores.

Aunque uno de los objetivos de la muestra es poner de relieve que fue algo más que un pintor de Inmaculadas, la impresión final es la de que le interesaron pocos temas y siempre relacionados con la religión. Murillo (1618-1682) no tuvo necesidades expresivas demasiado complejas, era un hombre de fe que se sentía a gusto en el limitado mundo del dogma católico.

Pintor «idealizado»

Prolífico, con una nutrida clientela dominada por las instituciones eclesiásticas, Murillo se hizo célebre cultivando una imaginería religiosa muy alejada del ascetismo y la mística típicos de la pintura española del siglo XVI. La idealización fue su respuesta al doloroso declive del reino y de la propia Sevilla, azotada por la peste y la crisis económica. En sus obras, el sufrimiento desaparece en favor de la belleza y el lirismo, dos cosas que se asociarán en el futuro al espíritu de la ciudad de la que nunca quiso separarse. El mutuo amor que ambos se han profesado a lo largo de los siglos perdura probablemente todavía, aunque es ya un amor sin ardor, de amantes acechados por el desencanto. Ni que decir tiene que si Murillo no hubiera incorporado de alguna forma a su estética el espíritu sevillano, esa relación no habría sido tan fuerte ni tan duradera. La pregunta que hay que hacerse, y se hacen en Aplicación Murillo, la otra exposición recién inaugurada en Sevilla, es: ¿existe hoy ese espíritu?

Un estilo muy estimado

Hasta la irrupción de las vanguardias, las conmovedoras escenas de Murillo gozaron de la estimación constante del público. Esto explica su profusa reproducción en todo tipo de formatos: grabados, vidrieras, estampas, porcelanas… Solo en el siglo XX, con la explotación masiva de las imágenes, se ha visto algo similar. Su visión de la familia, la infancia o la feminidad llegaron a convertirse en arquetípicas, y la ternura, a veces lacrimógena, con que trató los temas agradó de forma unánime, sirviendo de modelo a otros artistas, en particular mujeres, como Marie-Guillemine Benoist o Elizabeth Soyer, conocida como la Murillo inglesa.

No es extraño, por eso, que cuando se subastó en 1852 la colección del mariscal Soult, expoliador de Sevilla, el Louvre pagara por la Inmaculada que este sustrajo del Hospital de los Venerables cerca de seiscientos mil francos, la mayor suma abonada hasta entonces en una subasta por un cuadro.

Con buen criterio, los comisarios de la exposición, ahora, han preferido renunciar a la cronología y ofrecer una visión de conjunto, agrupando la obra de Murillo en bloques temáticos que ayudan a comprender la naturaleza de sus intereses estéticos y morales. Aunque se exhiben también varias piezas profanas -entre ellas, algunos retratos más correctos que interesantes-, la impresión general es que el pintor asumió la tarea de predicar la palabra evangélica a través de la pintura. Se podría decir de él que fue, en rigor, un artista comprometido; comprometido con la Iglesia y su idea de bondad. Y que su realismo (la ropa raída, el pie descalzo y sucio, la uña mugrienta, el mendrugo de pan mordisqueado, todos esos detalles que identifican, por ejemplo, al indigente), sirve, como todos los realismos militantes, para colocar las cosas a medio camino entre el mundo y el ideal, o sea, en ninguna parte, ese utópico espacio al que remiten siempre quienes sueñan con superar la realidad.

Piezas para todos

Guste más o menos la obra del pintor sevillano, quienes vayan al museo hallarán a buen seguro alguna pieza de interés. Personalmente, me ha sorprendido un cuadro que no se exponía en España desde hace dos siglos: Cristo recogiendo sus vestiduras. La escena, ejecutada con la pericia habitual del artista, representa a Jesús después de la flagelación, de rodillas en el suelo, recogiendo su ropa. El motivo, corriente en Andalucía -no en otros lugares- quizá por no aparecer en los textos bíblicos, que aquí apenas se leían, es la humildad, virtud particularmente necesaria en una época en el que se hablaba mucho del honor, la vanidad o el orgullo español. Agacharse debió de ser, con todo, una práctica corriente para la mayoría.