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La campaña decisiva de la Segunda Guerra Mundial

Rick Atkinson remata su inmensa trilogía sobre la liberación de Europa con un relato del último año de la guerra, desde el Desembarco de Normandía hasta el asalto final a Alemania

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Tercera entrega de una monumental trilogía sobre la liberación de Europa junto a « Un ejército al amanecer. La guerra en el Norte de África, 1942-1943» (galardonada con el Premio Pulitzer) y « El día de la batalla. La guerra en Sicilia y en Italia, 1943-1944», la presente obra supera en desmesura de páginas (más de mil) y aparato crítico (casi 250 páginas de notas) a las anteriores entregas. No estamos ante un relato militar convencional, sino que Atkinson nos ofrece una narrativa global, y a la vez enormemente circunstanciada, de la experiencia humana en la guerra. El libro incluye buena cartografía para seguir las operaciones, pero el texto de algunas fotografías no está a la altura. El único reparo serio que cabe ponerle a la obra es que la experiencia personal del enemigo alemán, tan susceptible de demonización y caricaturización, no aparece mucho, y aún menos la del decisivo aliado soviético.

Cuando casi está todo dicho de esta campaña final de la guerra en el Oeste, Atkinson nos sigue sorprendiendo con su atención a los detalles más nimios, desde unas agudas semblanzas de los principales mandos aliados hasta los precisos cálculos de gastos materiales. Además de un almacén de cifras, la obra es una fuente inagotable de anécdotas. El lector tiene por delante muchas horas de amena lectura.

Eisenhower contra Montgomery

Si aquí el héroe incomprendido (falto de brillantez estratégica, pero con la dosis de diplomacia suficientes para mantener a flote una díscola coalición multinacional) es Eisenhower y su rival es el insufrible y caricaturizable Montgomery, también hay espacio a la galofobia tan cara a los autores anglosajones cuando se critica el «complejo de Juana de Arco» —Churchill dixit— del general De Gaulle. La frágil amistad angloamericana, reflejada en las conflictivas relaciones de los líderes militares, era una «planta de invernadero» que Eisenhower trató de cuidar por todos los medios. En realidad, menos de la mitad de la población inglesa veía con bueno ojos al infante americano, que era un varón de 1,73 de estatura y 75 kilos de peso en edad postadolescente, cuando los Doughboys de la Gran Guerra habían llegado a Europa con 28 años. Un 30% tenía gradado escolar, 25% bachillerato y 10% titulación universitaria. Mantenían un desenfadado espíritu civilista —«sin ironía no hay guerra», decía uno de ellos—, lo que les animaba a retornar a casa una vez «hecho el trabajo».

El libro está estructurado en cuatro partes, la primera de las cuales trata de la ejecución del desembarco de Normandía. Las penurias de Inglaterra son el telón de fondo donde se desarrollan los complejos reparativos logísticos de la Operación Overlord, en los que incluso se llegó a especular con el uso de armas químicas. La descripción del desembarco del 6 de junio es equiparable en vivacidad a la efectuada por otros autores clásicos, como Cornelius Ryan o Anthony Beevor. Atkinson no ahorra epítetos para los errores tácticos, especialmente la deficiente actuación de la artillería naval y la aviación de bombardeo. En las lanchas de desembarco, «uno tenía la sensación de dirigirse a un gran abismo». Y a fe que lo era, como pudieron comprobar los combatientes en la guerra de usura en el «bocage» normando, que provocó que una de cada cuatro bajas de la infantería procediera de neurosis de guerra. El peligro de un estancamiento como el de la Gran Guerra siempre estuvo presente durante ese verano, pero el éxito de la Operación Cobra de entrada en Bretaña hundió el ala izquierda alemana y dio inicio a la guerra de movimientos, en la que el general Patton ya figuraba en cabeza. Singular figura guerrera, pero personaje imprevisible, que en el más puro estilo de las novelas del oeste envió meses más tarde a la destrucción y el cautiverio a toda una columna de caballería que había lanzado a liberar a su yerno de un campo de prisioneros alemán. A mediados de agosto se produjo el fracaso relativo de la aniquilación de las tropas alemanas en Falaise («más una ejecución que una batalla», según un artillero canadiense), debido a los errores operacionales de Bradley y Montgomery. La expulsión de los alemanes hacia el Sena precipitó la liberación de París, acontecimiento que cerró la campaña de invasión, en la que los alemanes sufrieron unas bajas similares a las de Stalingrado. Hay una excelente descripción de la retaguardia parisina, donde la proliferación de prostitutas, desertores y traficantes del mercado negro la hicieron merecedora del apelativo de «Chicago-sur-Seine».

La segunda parte, que narra la campaña de persecución hacia la frontera alemana, comienza con los desembarcos en Provenza (aunque Churchill, tan dado a maniobras de distracción, se empeñaba en atacar Austria) y la rápida persecución por el Ródano y el Saona hasta Belfort. Sin embargo, apenas se habla del importante apoyo recibido de la resistencia antinazi. En el norte, la obsesión de Montgomery por acabar la campaña con una única ofensiva general hacia el Ruhr le llevó a cometer errores como la Operación Market-Garden, que aspiraba a establecer una cabeza de puente en territorio alemán. Los duros ataques en torno a Arnhem y Aquisgrán disiparon la ilusión de alcanzar la paz antes de Navidades. El gran avance de inicios del invierno dislocó todas las previsiones logísticas, y abrió una crisis coyuntural de abastecimiento que los alemanes aprovecharon en su última contraofensiva de la guerra.

Punto culminante

A la batalla de las Ardenas se dedica la parte tercera del libro. Los combates de lo que los alemanes llamaron Operación Wacht Am Rhein (un envolvimiento como el efectuado en mayo de 1940) marcan sin duda el punto culminante del relato, que desgrana aquí sus páginas más dramáticas, dedicadas a las privaciones de los combatientes (sin ropa de invierno y afectados por el «pie de trinchera» o la fatiga de combate) y las ejecuciones de prisioneros americanos perpetradas por la unidad de vanguardia de las Waffen-SS del teniente coronel Joachim Peiper cerca de Malmédy. A pesar de la «insurrección» de Montgomery en el flanco norte, que fue atajada de forma enérgica por Ike, la batalla acabó por destruir lo que quedaba del Ejército alemán, facilitando al ataque ruso en el Este.

La cuarta parte, que describe el asalto final a Alemania, comienza con la cumbre angloamericana (y el enésimo rifirrafe entre los mandos militares) en Malta y la conferencia tripartita de Yalta, que depara otra de las grandes descripciones ambientales del libro. La pulverización del Reich desde el aire (el bombardeo de 131 ciudades provocó 400.000 muertos), la travesía del Rhin por Remagen en marzo de 1945 y los 323.000 prisioneros capturados en la bolsa del Ruhr (más que en Stalingrado) a inicios de abril quebraron la resistencia del pueblo y el ejército alemanes en el Oeste. Pero ese mes de abril hubo casi tantos muertos americanos como en el anterior mes de junio. Luego vino la carrera para evacuar tesoros y personal alemán (sobre todo científicos) de lo que se había pactado como zona de ocupación soviética. La presunta preparación de un foco guerrillero en el llamado Reducto Nacional de los Alpes o la creación del movimiento de resistencia de Werwolf (contra el que los americanos, según Atkinson, pretendieron enviar a separatistas vascos) fueron otros tantos mitos alimentados por la psicosis ante un posible final «wagneriano» de la lucha. Sí fue real la diáspora (y la plaga) de dimensiones bíblicas de los 4,2 millones de obreros esclavos liberados durante el avance aliado, que la emprendieron contra bienes y personas en una orgía de destrucción que compartieron con los soldados. Si durante la ocupación de Alemania se efectuaron «dos disparos y diez saqueos», el descubrimiento de los campos de concentración nazis reforzó la actitud moral de los combatientes aliados.

Aunque conjunto del relato apenas cubre un año —quizás, el más dramático del siglo XX—, no adquiere carácter crepuscular, como da a entender el título de libro, hasta las últimas páginas, cuando se describe el retorno a los Estados Unidos de los cadáveres y de los efectos personales de las decenas de miles de muertos.

El frente occidental se comportó como una bomba de succión que debilitó los otros frentes alemanes. Bombardeos, guerrilla, logística, sabotaje, guerra psicológica, diplomacia, terror, heroísmo… todo tiene cabida en esta obra monumental, que es un relato polifónico de una campaña decisiva.