La escritora Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851-Madrid, 1921), vista por la ilustradora María Hesse
La escritora Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851-Madrid, 1921), vista por la ilustradora María Hesse - María Hesse
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Emilia Pardo Bazán, la primera española que plantó cara

Ahora que una biografía ha devuelto a la actualidad a tan insigne personaje, ABC Cultural propone un juego literario: la periodista y escritora Inés Martín Rodrigo se mete en la piel de la autora gallega, a la que da voz en sus últimos días

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Si escribo esto es por mi hija Carmen. No quiero que sean unas memorias. No tendría tiempo de completarlas, y nunca me gustaron los trabajos a medio hacer. Aunque mi familia, confabulada con los pocos amigos que ya me quedan, intenta ocultármelo, sé que no me queda mucho tiempo. Habré sido muchas cosas -cabezota, impertinente, vehemente, obstinada y hasta un poco metomentodo-, pero tonta nunca. Esta maldita diabetes, a la que tan poca atención he prestado pese a las recomendaciones de los médicos, me tiene postrada en la cama. En unos días, sólo seré carne y huesos. Quedará para la posteridad el recuerdo de mis palabras, pero como a esas normalmente se las lleva el tiempo, sobre todo si quien las dijo fue una mujer, es mejor atender a lo escrito, y de eso tengo afortunadamente en abundacia.

Es posible que estas líneas sean las últimas que redacto y no es mi intención sentar cátedra sobre mi vida. Es cierto: hice lo que quise y cuando quise; lo que me dio la real gana, en resumidas cuentas. Y quizás por eso puedo afirmar, con rotundidad, que he tenido una vida feliz. No sin sobresaltos ni pesares, pero feliz en lo mínimo y básico, que es la satisfacción de haber cumplido con mis propios deseos, y no con los del resto. Por eso no quiero que este texto caiga en saco roto, destino que le esperaría de llegar a manos inadecuadas, sobre todo si lo pescara alguno de mis colegas literatos. El pobre Valera, que Dios le tenga en su gloria, ya no lo catará, pero iguales que él «haberlos haylos», como mis meigas queridas. Y como fue idea de Carmen, para entretenerme sin hacer un esfuerzo demasiado sesudo en las muchas horas tumbada que me esperan en los días venideros, quiero que sea ella la albacea de mis últimas palabras. Sólo así podrán ser leídas dentro de veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años, un siglo o quién sabe cuánto tiempo más por las muchachas de la época que corresponda. A las de finales de este siglo me las imagino como mujeres liberadas, con una educación sólida, disfrutando de la igualdad por la que tantas como yo luchamos antes que ellas. Así quiero que me recuerden: como una luchadora infatigable, una feminista sin complejos que hizo de su capa un sayo en tiempos en los que las jóvenes sólo podíamos llevar vestidos intelectuales remendados por los hombres.

Conciencia

Ellas, como ustedes, se preguntarán de dónde viene esa conciencia mía tan feminista, cuando en la sociedad que me vio nacer, crecer y formarme -no sin esfuerzo, pues las mujeres teníamos vetado el acceso a la universidad- era un término que ni existía, y los pocos que lo usaban lo hacían con ánimo tergiversador. El caso es que yo tuve la suerte, para desgracia de mis futuros oponentes, todos hombres, de nacer en una casa instruida. Fui una privilegiada, no lo voy a negar. Nací un soleado 16 de septiembre de 1851 en La Coruña -en mis novelas, «Marineda»- y fui la hija única de un matrimonio feliz, en el fondo y en la superficie, formado por José Pardo Bazán y Mosquera y Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza. Fue mi padre el que me inculcó que la igualdad es un derecho, no una quimera, y que tanto los hombres como las mujeres tenemos la obligación de luchar por él. Años después, al leer las páginas de «La esclavitud de la mujer», de John Stuart Mill, vinieron a mí, con dolorosa alegría, reminiscencias de los razonamientos oídos en casa en mi juventud y que, ya en la madurez, se convirtieron en apasionados diálogos con mi padre.

Estoy convencida de que algún día las mujeres nos sentaremos en la RAE por derecho propio

Muy pronto, observando a los mayores que me rodeaban, me di cuenta de que los libros serían mi universidad y los escritores mis mejores maestros. Me empeñé en aprender a leer a una edad tan temprana -mis libros favoritos eran «El Quijote», «La Ilíada» y la «Biblia»- y empecé a escribir tan pronto -mis primeros versos, a los nueve años y mi primer cuento, a los quince- que hasta mi madre se asustó por si tantos pájaros en la cabeza me terminaban pasando factura y, entretenida con ellos, me distraía y no encontraba pretendiente cuando llegara a la edad casadera. Pero la preocupación materna desapareció tan pronto llegó a mi vida José Quiroga, un joven cuatro años mayor que yo, estudiante de Derecho, del que me obligué a enamorarme y con el que me casé, a mis dieciséis primaveras, en la capilla del Pazo de Meirás, que era propiedad de mi familia. Más acontecimientos no pudo haber aquel año en mi vida: mi boda, el 10 de julio, y la Revolución de Septiembre. Sí, corría 1868 y yo ya me había entregado, en cuerpo y alma, a la literatura.

El viaje que sólo cinco años después emprendimos José y yo junto con mi familia y que nos llevó a países de todo tipo y condición, en lugares remotos, despertó en mí una insaciable curiosidad, que aún conservo, por los clásicos. A mi afán de leerlos en sus lenguas originales debo el haber aprendido a hablar y escribir en inglés, francés, alemán e italiano. Con el ruso lo intenté, llevada también por el amor a sus grandes literatos, pero se me resitió. Al regresar a España, tras aquel viaje trascendental, me sumergí en el krausismo de la mano de mi gran amigo Francisco Giner de los Ríos. Fueron años consagrados al estudio de Kant, Descartes, Platón, Aristóteles, Santo Tomás... Mientras mi amiga y paisana Concepción Arenal no dudaba en disfrazarse de hombre para poder asistir a la universidad, yo siempre me resistí a renunciar a mi identidad y opté por ser autodidacta; por lo visto, no me equivoqué.

Jugoso titular

En aquella época empecé a ser conocida -el reconocimiento me costaría años y mucho sufrimiento- como escritora gracias a un concursillo que se celebró en Orense para celebrar el centenario de mi idolatrado Feijoo. Pocos hubo y aún menos habrá de haber tan ilustrados como el benedictino. De él aprendí todo lo bueno que luego procuré trasladar a mi obra. Dicen que fui la introductora en España del naturalismo, pero a mí eso me parecen palabras mayores. De esa aseveración, convertida en jugoso titular por la prensa de la época, me quedo con el recuerdo de haber conocido a Émile Zola, quien tuvo a bien recibirme en París para contarme lo divino y humano de una corriente literaria a la que muchos entonces en España confundían con una rama de la biología. Yo lo que tenía claro es que las novelas romanticuchas me aburrían, y prefería el realismo: contar las verdades del barquero, aunque dolieran.

Y eso hice en todas mis novelas -pensarán que mi preferida, porque recibí numerosos parabienes, es «Los pazos de Ulloa», pero ahora le tengo más estima a «La sirena negra», será cosa de la proximidad de la muerte-, cuentos, obras de teatro, ensayos, artículos -de estos perdí la cuenta hace tiempo, pero serán, sin duda, cerca de dos mil-... Me doy cuenta de lo prolífica que he sido y siento un cierto vértigo. La crítica, y los críticos, a veces tienden a ensañarse con quien mucho y bien hace.

Inquietudes

Mi abuela y mi madre me llamaban «culiño de mal asiento», y no les faltaba razón. Repartiendo mi tiempo entre Meirás y Madrid, sin parar de viajar al extranjero y ya con mis tres hijos a cuestas, usé toda la herencia que me dejó mi padre para fundar la revista «Nuevo Teatro Crítico», una publicación mensual de unas cien páginas que yo misma escribía, corregía y editaba. Un año después, puse en marcha la Biblioteca de la Mujer, con títulos eminentemente feministas, y al poco tiempo la Sociedad del Folclore Gallego.

Concepción Arenal se disfrazaba de hombre para ir a la universidad, pero yo fui autodidacta

Con tanto trajín, me di cuenta de que no estaba hecha para la vida tradicional de perfecta casada, dispuesta a esperar en casa, sin desesperar, a su marido con la comida y las pantuflas calientes. Acordé con José, siempre comprensivo y también compasivo, una separación amistosa que, por supuesto, nunca se hizo pública. De puertas afuera, seguíamos siendo felices y comiendo perdices pero de puertas adentro, cada uno se acostaba en su casa y compartía su cama con quien quería. Yo lo hice, durante largo tiempo, con Benito; ustedes le conocerán por sus apellidos: Pérez Galdós.

Ha llegado la hora de confesarlo, porque son tantas las cartas escritas con apasionado sentimiento que si algún día salen a la luz será un escándalo. Prefiero ahorrarme el escarnio, porque para la opinión pública siempre seré yo la fulanilla que perdió las bragas en un carruaje en el que nos achuchábamos en pleno centro de Madrid (sería a la altura de la Castellana, según creo recordar) y le engañó con José (para ustedes, Lázaro Galdiano), en una infidelidad que no debía perdonar, y no perdonó. A Benito le amé mucho, más que a mi marido -y que a algunos otros, entre ellos Narcís Oller-, pero no tanto como para renunciar a mi libertad. Sin depender de nadie, he logrado ser presidenta de la sección de Literatura del Ateneo de Madrid -dicen las buenas lenguas que mis conferencias sobre literatura contemporánea eran las que más público concregaban-.

A Benito le amé mucho, pero no tanto como para renunciar a mi libertad

En los últimos años, el Rey Alfonso XIII me otorgó el título de condesa de Pardo Bazán y me nombró consejera de Instrucción Pública. Pero de lo que más orgullosa me siento es de haber sido catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central. Fueron muchas las voces masculinas que, con inquina, se alzaron contra mi nombramiento. Mis clases no eran obligatorias y aunque al principio acudieron muchos alumnos, poco a poco fueron ausentándose, influidos por la presión académica, hasta que me quedé sola, literalmente. El bedel de la universidad -de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, es que simplemente no lo recuerdo-, un señor mayor de planta gallarda y más educado que muchos de los profesores que le miraban con desdén, se apiadó de mí y decidió asistir a todas mis clases para evitar la vergüenza nacional que supondría la desaparición de una asignatura por falta de alumnos. Cuando él murió, unos meses después, me obligaron a abandonar la universidad y la cátedra quedó extinta.

Pero aquello no me dolió tanto como el desprecio de la Real Academia Española. Después de haber propuesto a mi querida Concepción Arenal y a Gertrudis de Avellaneda, que fueron rechazadas, yo misma intenté entrar hasta en tres ocasiones, la última en 1912. Pero me topé con la incomprensión de los académicos, temerosos de que les empezáramos a mover las sillas a las que dan nombre las letras, mayúsculas y minúsculas. Estoy convencida de que algún día las mujeres nos sentaremos en ellas por derecho propio, aunque yo no haya podido vivir para verlo.

Ya es tarde. No haber recordado el nombre del bedel me alerta de la oscuridad que está por llegar. No soy supersticiosa ni temerosa y siempre me gustó la fantasía, así que por qué no echar mano del género una última vez para pronosticar la fecha de mi muerte -hasta en eso pretendo salirme con la mía-: el 12 de mayo. Y no se olviden del epitafio: «Aquí yace Emilia Pardo Bazán, escritora, madre, pionera y feminista».