William Hodges creó imágenes espectaculares de la Antártida, como esta recogida en el libro «Navegantes. Diarios y cuadernos de bitácora»
William Hodges creó imágenes espectaculares de la Antártida, como esta recogida en el libro «Navegantes. Diarios y cuadernos de bitácora»
HISTORIA

Los fantasmas de la Antártida

Se cumplen 200 años del descubrimiento del continente helado por los británicos. Pero hay serios indicios que señalan a los náufragos del navío español «San Telmo» como los primeros en llegar al fin del mundo. Esta es su extraordinaria historia

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Envuelta en sus nieblas y soledades, protegida por las fuerzas desatadas de la naturaleza -vientos de hasta 300 kilómetros por hora, temperaturas inferiores a los 50 grados bajo cero y un océano con aspecto de criatura viva capaz de tragarse cualquier cascarón de nuez-, la Antártida habitó durante centurias en el mito, como si fuera una de las patrias de la imaginación humana, territorio de un atlas de lugares que no existen, un inmenso continente oculto que se resistía a los afanes de los exploradores. Hasta hace justo 200 años, cuando unos náufragos españoles pudieron ser los primeros en hollarla, adelantándose de forma involuntaria a los británicos, descubridores oficiales. Un relato que, a pesar de las incertidumbres, tiene más visos de realidad que de ficción.

Octubre de 1819. En su tercer viaje de cabotaje entre Buenos Aires y Valparaíso, el capitán William Smith (Northumberland, Inglaterra) arribó a bordo del bergantín «Williams» a unas tierras inhóspitas, hasta entonces desconocidas, situadas muy al sur del Cabo de Hornos. En una travesía similar en febrero de ese mismo año las había divisado a lo lejos, entre parpadeos de incredulidad, pero nadie se lo tomó en serio cuando arribó a puerto. Las buscó sin éxito en el viaje de regreso y él mismo desconfió de aquel avistamiento. Pero el 16 de octubre comprobó que no había sido un espejismo. Desembarcó en la isla del Rey Jorge, la mayor del archipiélago de las Shetland del Sur (bautizadas así en homenaje al territorio más septentrional del Reino Unido). Y aquel hecho se registró para la Historia como el descubrimiento de la Antártida, la legendaria Terra Australis Incognita que había permanecido invisible a los ojos de avezados navegantes oceánicos, desde Gabriel de Castilla a James Cook, tal vez el más grande explorador marino de todos los tiempos.

Hallazgo sorprendente

Esta vez Smith fijó en las cartas de navegación el punto exacto de su hallazgo, y el jefe naval de Inglaterra en el puerto de Valparaíso, el capitán W. R. Shirreff, no tuvo más remedio que darle crédito, así que organizó una expedición a bordo del «Williams» en enero de 1820, a las que siguieron otras a lo largo de ese año y el siguiente, ya con una flotilla. Pero el destino tenía reservada una sorpresa mayúscula a los británicos. En una hermosa playa de arena llamada de la Media Luna, cercana al cabo Shirreff, en la isla Livingston (la segunda en superficie del archipiélago), vieron cómo se esparcían en desorden, pero reveladores, los restos de un naufragio que identificaron como pertenecientes a un navío español de 74 cañones. Así lo describe el capitán Robert Fildes, que acompaña a Smith esos días, en su cuaderno de bitácora: «Un cepo de ancla con aldaba de hierro y encabillada en cobre, botavaras con velas aferradas y otras vergas fueron encontradas aquí, a modo de melancólicos despojos de algunos pobres individuos desafortunados (...). El capitán Smith llevó a su casa el cepo del ancla para hacerse un ataúd (...). Ha sido identificado y probado que perteneció a un español de 74 que fue enviado alrededor del Cabo de Hornos contra los patriotas y del cual nunca más se ha sabido desde entonces».

Para explicar esta extraordinaria historia es preciso rebobinar. El 11 de mayo de 1819, por orden de Fernando VII, zarpaba del puerto de Cádiz la División del Mar del Sur. Destino: el apostadero de El Callao, en el Virreinato del Perú. Misión: apoyar a las tropas realistas y restaurar el poder naval español en la zona. El convoy lo componían cuatro buques: las fragatas «Prueba» y «Primorosa Mariana» y los navíos de línea «Alejandro I» y «San Telmo» (construido en los Reales Astilleros de Esteiro, Ferrol, en 1788). Las tripulaciones, entre oficiales y marinería, sumaban un total de 1.400 hombres. El brigadier Rosendo Porlier, de origen limeño, mandaba la escuadrilla; había participado en la batalla de Trafalgar como ayudante del general Federico Gravina a bordo del «Príncipe de Asturias». A la altura del Trópico de Cáncer, el «Alejandro I» tuvo problemas de calafateado y vías de agua y se vio obligado a regresar a Cádiz.

Navío «San Telmo». Cuadro realizado por Alejo Berlinguero (1750-1810), museo naval de Madrid
Navío «San Telmo». Cuadro realizado por Alejo Berlinguero (1750-1810), museo naval de Madrid

Los otros tres buques alcanzaron el mar de Hoces -también conocido como pasaje de Drake- a finales de agosto. El 2 de septiembre fueron azotados por fuertes temporales en el temible Cabo de Hornos, el último pedazo de tierra antes de la Antártida. Allí se citan los dos océanos más poderosos del planeta, el Pacífico y el Atlántico, y en días de tormenta las aguas embravecidas parecen una batidora. El viento despeina las crestas de las olas y la espuma pulverizada forma pequeños arcoíris, mientras albatros y petreles siguen la estela de los barcos sin esfuerzo aparente, planeando sobre montañas de agua. El límite austral del continente americano ha sido testigo de ochocientos naufragios. Un monumento y un poema recuerdan hoy en aquel islote a los marinos muertos, cuyas almas olvidadas vuelan en las alas del albatros «en la última grieta de los vientos antárticos».

Mientras la fragata «Primorosa Mariana» consiguió llegar a El Callao el 9 de octubre y la «Prueba» lo hizo una semana después a Guayaquil, ambas en condiciones dramáticas, el «San Telmo», con averías en el timón, el tajamar y la verga mayor, quedó a la deriva; no tardaría en desaparecer, arrastrado en mar abierto, hacia el sur desconocido, un nuevo e incierto destino que nunca figuró en su derrota. Y con él, 644 marineros, soldados e infantes de marina. ¿Fue empujado hacia la Antártida? ¿Hubo sobrevivientes? El testimonio de William Smith sugiere una respuesta afirmativa a la primera interrogante y los sucesivos de balleneros y cazadores de focas de aquella época otro tanto a la segunda. «Encontramos gran cantidad de huesos de focas que aparentaban haber sido muertas, algunos años antes, probablemente para sostener la vida de cierta tripulación naufragada», escribió en su diario James Weddell, marino británico que durante la década de 1820 exploró aquellas heladas aguas. Si así fuera, España, y no Inglaterra, podría arrogarse el descubrimiento de la Antártida, aunque bajo terribles circunstancias.

Hace 25 años investigadores españoles y chilenos estuvieron en la zona para buscar pruebas de un naufragio que podría cambiar el albor histórico del continente helado, pero su trabajo no arrojó resultados concluyentes. Doscientos años después, no hay eventos que recuerden la efeméride (el Museo Naval de San Fernando montó una exposición la pasada primavera, una iniciativa plausible); tampoco es de extrañar teniendo en cuenta el escaso eco oficial que ha tenido el quinto centenario de la primera circunnavegación a la Tierra. Hay noticia de algún proyecto para buscar de nuevo aquellos restos que no cuenta con el aval del Gobierno por no ajustarse a los criterios científicos exigibles. Los españoles que, acaso, tuvieron el infausto privilegio de ser los primeros en vivir y morir en la Antártida, continúan envueltos en el espeso velo de su propia leyenda. El misterio del «San Telmo» permanece sin desentrañar.