Detalle de uno de los «maridajes» de la exposición
Detalle de uno de los «maridajes» de la exposición - ISABEL PERMUY
ARTE

Giacometti, un paseo póstumo y desorientado

Una veintena de obras del artista suizo llegan al Museo del Prado para celebrar su bicentenario

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El drama de la Guerra Civil española alcanzó también al Museo del Prado. El plan de evacuación al que fueron sometidos sus fondos llegó en 1939 a la ciudad de Ginebra, cuyo museo de Arte e Historia organizó una exposición con obras maestras de Velázquez, Goya, El Greco o Tiziano. Fue allí donde el suizo Alberto Giacometti (1901 -1966), quien nunca llegó a pisar la pinacoteca madrileña, pudo contemplar buena parte de la colección. Ahora, desde una cierta nostalgia por lo no acontecido, el Museo del Prado ofrece a Giacometti la posibilidad de llevar a cabo un «paseo póstumo» por sus salas. De hecho, la cita no se ubica en espacios dedicados a muestras temporales, sino que se distribuye por ámbitos emblemáticos del Edificio Villanueva, como la gran galería central o la sala dedicada a Las Meninas.

Fogonazos

El contraste es, en puntos del recorrido, bellísimo. Así ocurre con la sobrecogedora Mujer de pie (1948-1949), cuya estilización acompaña al vigor ascensional de las figuras de El Greco; también impacta la sala que preside La pierna (1958), escultura que crea una poderosa rima icónica con los semidesnudos de Hércules de Zurbarán. Pero en estas puntuales asociaciones radica también la principal debilidad de la exposición: pocos argumentos se ofrecen, más allá de los mencionados guiños formales, para que alcancemos el sentido de la propuesta.

El Prado, como parte de los principales museos internacionales, lleva años dotándose de instrumentos para reinventarse y ampliar públicos. La creación de espacios de encuentro entre pasado y presente ha permitido, en ocasiones, activar otras vías de compresión para la acartonada Historia de los discursos estéticos. El propio Giacometti ya protagonizó en 2014 un ejercicio de este cariz: sus obras convivieron con la colección de la Galería Borghese de Roma, lo que permitió tantear posibles vías de acceso al volumen y al vacío en la representación escultórica occidental.

Ensimismada en su propia belleza, la cita apenas esboza construcciones discursivas

La propuesta que Carmen Giménez ha comisariado para El Prado se queda, sin embargo, ensimismada en su propia belleza y apenas esboza construcciones discursivas de las que extraer perspectivas inéditas. A ello se suma una cierta neutralización del sentido histórico de las piezas invitadas: solo se han seleccionado trabajos elaborados a partir de 1945 y, por tanto, implicados en una manera de tratar la forma humana que deriva de la dolorosa brecha producida por la IGM. Esta dimensión existencial de Giacometti, le llevó a entender la creación artística como un trayecto sin fin o, más bien, como un fracaso mantenido que siempre rehuirá la contundencia.

Una poética a la que no contribuyen los dispositivos de montaje, unos excesivos paneles blancos que rebajan notablemente el carácter inestable y frágil de las obras distribuidas en la galería central. Pero la gran sorpresa nos espera en la sala de Las Meninas: en el centro, subidas en una enorme plataforma circular, se disponen cuatro esculturas realizadas en 1960 para el frustrado proyecto de la plaza del Chase Manhattan Bank. Según Genet, el arte de Giacometti es un «arte de vagabundos»; y allí, entre monarcas, príncipes e infantas, estas cuatro figuras ruinosas se miran entre sí, a la búsqueda de la belleza en la herida del otro.