«La maja vestida»
«La maja vestida»
ARTE

Las mujeres en la vida y en la obra de Goya

Entre la verdad y la leyenda, desfila la lista de amores que tuvo el pintor de Fuendetodos. Desde su legítima esposa a la duquesa de Alba

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Poco se sabe de la relación de Goya y las mujeres: las que tuvo, las que no tuvo, las que pintó reales como la vida misma y las que idealizó a través de sus pinceles. La leyenda de un genio de dilatada vida (82 años) que se acrecienta con lo atormentado de sus pasiones y la intensidad de una obra que, pasados los siglos y las modas, sigue siendo referente y reflejo del mundo y sus conflictos. Lo cierto es que poco (apenas una exposición en el Museo del Prado en el año 2002 y algún ensayo disperso) se ha estudiado esta relación de Goya y las mujeres, ya sea en su lado pictórico o el más frívolo.

Se sabe que tuvo dos relaciones serias, con su esposa Josefa Bayeu y con Leocadia Zorrilla Gayarza. Con la primera contrajo matrimonio a la edad de veintinueve años el 25 de julio de 1773 y convivieron hasta el fallecimiento de ella en 1812. Tuvieron ocho hijos, y solo llegó a edad adulta uno de ellos, Javier. Su heredero universal. Muerta Josefa, a quien él llama «Pepa», apareció en su vida Leocadia Zorrilla Gallarza, con quien no se casa pero con la que convivió los últimos diecinueve años de su existencia.

Ella aporta a la pareja dos hijos de su anterior relación con Isidro Weiss: Pedro Guillermo y Rosario. Sí, «la» Rosario que ahora protagoniza una exposición en la BNE. Se comenta, se rumorea que fue su hija de sangre, pero... Entonces no había pruebas de paternidad y con los datos que tenemos solo podemos fabular un poco. Un divertimento. Y en ello seguimos porque suponemos -solo suponemos, aunque nos gusta tanto la tesis que abundamos en ella y en sus morbos añadidos- que Goya tenía una especial predilección por esta niña a quien se cree que retrató en una de sus últimas obras: La lechera de Burdeos, único cuadro que Rosario heredó tras su muerte.

Su hijo legítimo, Javier, fue quien se llevó todo lo que en aquella casa había, excepto las ropas y los muebles. Antes de seguir con la vida «mujeriega» de Goya, hay que hacer una parada en la figura de su madre, que tras quedar viuda se fue a vivir con su hijo a la capital. La Corte no era lo suyo y regresó a su casa. La correspondencia del pintor con su amigo Zapater da fe de esta relación materno-filial. No obstante, Goya no pintó retrato alguno de ella. Lo mismo que tampoco prodigó su arte a la hora de inmortalizar a su señora esposa, Josefa Bayeu. De Leocadia se piensa que pudiera estar retratada en alguna de las pinturas de la Quinta del Sordo.

Las majas

Si las mujeres que Goya quiso de verdad, con las que convivió toda su vida, apenas son inmortalizadas por sus pinceles, ¿por qué hemos de pensar que las que retrató fueron sus amantes? Aquí viene a colación el mítico nombre de la duquesa de Alba, La maja vestida y la La maja desnuda. Nada hay comprobado de ese supuesto affaire por más que inspire películas, novelas y series de televisión.

Quedémonos con lo verdaderamente cierto: el siglo XVIII supuso un cambio en la visión de las mujeres y su presencia en la vida pública. Por los pinceles de Goya pasaron desde reinas, como María Luisa de Parma, mujer de Carlos IV, a nobles y cortesanas. Damas conocidas y otras anónimas y fue con estas, quizá, cuando se sintió más libre a la hora de afinar en los detalles de su genio y figura.