Detalle de «San Antonio de Padua con el Niño», de Murillo, lienzo de 1656
Detalle de «San Antonio de Padua con el Niño», de Murillo, lienzo de 1656
ARTE

Murillo, una vida peculiar para la época

Bartolomé Esteban Murillo vino al mundo en Sevilla a finales de 1617. Se cumple ahora el IV centenario del nacimiento de uno de los pintores barrocos más universales

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Bartolomé Esteban Murillo nació en la ciudad de Sevilla a finales del año 1617. La mayor parte de los sesenta y cinco años que vivió transcurrieron allí. En ese tiempo demostró ser un gran artista y una gran persona: modesto, afable y generoso. De su mejor autorretrato -el pintor cincuentón apoya una mano en el bastidor oval que enmarca su imagen para parecer una criatura de carne y hueso-, cabe deducir también que se sentía orgulloso de su arte.

Perfectamente integrado en la vida sevillana, rodeado de amigos y una numerosa familia, mantuvo buenas relaciones hasta con los colegas - Francisco de Zurbarán, Valdés Leal-, a los que estimó y por los que fue estimado. Salvo los reveses comunes de la época (perdió joven a su esposa y a varios de sus hijos), el destino le reservó una vida tranquila, algo insólito entonces.

Sombra de lo que fue

Cuando vino al mundo, Sevilla era una de las ciudades mas populosas y ricas de Europa; cuando lo dejó, apenas quedaba sombra de ello. La prosperidad ligada al comercio americano se había desvanecido. Una serie de circunstancias adversas, la peor de las cuales fue la peste que mató en el año 1649 a la mitad de la población, tuvieron la culpa. Tres años después aún se producían motines a causa del hambre. La Iglesia se ocupaba de los indigentes -a tal fin se pusieron en sus manos inmensas riquezas-, pero la caridad servía para aliviar la situación, no para arreglarla.

El cristianismo había moralizado la riqueza dándole un uso social y escatológico. Templos y limosnas eran las partidas principales en la economía de la salvación. El Hospital de la Caridad, capilla sixtina sevillana, es buen ejemplo. Murillo se benefició de ello. El noventa por ciento de su producción es de carácter religioso. Sevilla, ciudad convento, reaccionó al declive exacerbando el espíritu contrarreformista y barroco. Ya antes de la peste, en 1644, al prohibir Urbano VIII hablar de «inmaculada concepción» de la Virgen, el cabildo catedralicio sacó a la calle una Inmaculada suya con la inscripción: «Concebida sin pecado».

Lesiones irreparables

La respuesta de Murillo a la dureza creciente de la vida sevillana fueron composiciones de una blandura y delicadeza angelicales, muy admiradas en su tiempo y criticadas en el nuestro, a pesar de su primorosa ejecución. La idealización de la miseria y la caridad eclesiástica que llevó a cabo era un ejemplo de lo que el arte no debía hacer. ¿Como estimar una pintura realista que no llega a alcanzar la realidad? Desde entonces, se ha tenido a Murillo por un artista que edulcora el mundo y enmascara su imperfección, un artista amanerado y lacrimógeno del que sólo merecen la pena algunas obras profanas -como «Gallegas en la ventana», por poner un ejemplo- o detalles secundarios del resto, al estilo de la magnífica escena de ternura entre madre e hijo del cuadro que él consideró su obra maestra: «Santo Tomás de Villanueva repartiendo limosna».

El pintor falleció en su ciudad natal en el año 1682 a consecuencia de las lesiones que tuvo tras caer de un andamio mientras trabajaba en el retablo mayor de la iglesia de los Capuchinos de Cádiz.

Malherido participó, cinco días antes de morir, en los repartos de pan de la Hermandad de la Caridad de la que era cofrade. Hasta el final pintó y vivió según sus convicciones. En este cuarto centenario -que ya hemos empezado a celebrar- tendremos nosotros la oportunidad, nunca desdeñable, de revisar las nuestras.