LIBROS

Nellie Bly da la vuelta al mundo

Se hizo pasar por loca, se coló en fábricas y superó el récord de Phileas Fogg. Bly es la verdadera pionera del periodismo gonzo

MadridActualizado:

En una época en la que las mujeres solo escribían en los periódicos de jardinería, moda y colecciones de mariposas, ella aspiraba a dar la vuelta al mundo. Por eso se largó del primer diario en el que trabajó, porque el director del «Pittsburg Dispatch» solo le encargaba temas «propios de mujeres». Estimado Q. O., le avisó: «Me voy a Nueva York. Esté atento. Bly».

Allí comenzó la carrera profesional de una plumilla que con apenas veinte años se coló como interna en un hospital psiquiátrico, viajó como corresponsal a México, se hizo pasar por trabajadora en fábricas para abordar los problemas de las mujeres, entrevistó a activistas sociales y, por supuesto, dio la vuelta al mundo.

Nellie Bly (Cochran’s Mills, 1864; Nueva York, 1922) fue una de las periodistas más reconocidas en los Estados Unidos de finales del siglo XIX, un periodo en el que los diarios multiplicaron sus ventas por seis, con el sensacionalista «New York World» a la cabeza. Y Nellie Bly, con un punto de descaro irresistible, se hizo grande en la cabecera de Joseph Pulitzer.

Tras cuatro meses buscando trabajo sin éxito en Nueva York, el «World» le propuso un encargo casi imposible: hacerse pasar por loca para entrar en el frenopático de mujeres de Blackwell’s Island y contar las terribles condiciones a las que sometían a las internas. Bly aceptó el reto, engañó a las autoridades y pasó diez días en el centro psiquiátrico. Las crónicas que escribió tuvieron una tremenda repercusión y la contrataron como reportera fija en el periódico.

Si a alguien se le puede atribuir la creación del género periodismo «gonzo», es a ella. Hizo de su figura su marca personal. En los diarios de finales de siglo eran excepcionales los artículos que iban firmados con el nombre del autor, pero en los de Bly su pseudónimo –en realidad se llamaba Elizabeth Jane Cochran– aparecía en los títulos de la mayoría de sus reportajes: «Nellie en México», «Nellie Bly cuenta qué se siente siendo una esclava blanca», «La interesante experiencia de Nellie Bly en Albany», «Nellie Bly en el campo de batalla»…

En «La vuelta al mundo en 72 días y otros escritos…» (Capitán Swing), con la traducción de Silvia Moreno Parrado, se recopila el grueso de la obra de Bly. Es una cuidada edición que permite acercarse a un estilo que más de cien años después sigue siendo ágil. La falta de caducidad es el aval de los buenos escritores, y Bly, irónica y mordaz, lo era. Su otro aval era la originalidad. «Las ideas son el principal recurso de los periodistas y, por lo general, el más escaso en el mercado», decía. A ella no le faltaban recursos.

El grueso del libro lo ocupa su idea más audaz: superar el récord de ochenta días del Phileas Fogg de Julio Verne. Ella sola, equipada con un bolso de mano y un único vestido, sin una carabina con la que defenderse, recorrió 35.000 kilómetros en 72 días, 11 minutos y 14 segundos. En uno de los artículos, Bly cuenta que, en una visita a Verne, el escritor bromeó con que igual conseguiría antes casarse con un joven viudo que terminar el viaje. Ella sonrió «con superioridad, como hacen siempre las mujeres sin ataduras ante tales insinuaciones».

El «World» hizo una sensacional campaña de propaganda y convirtió esta serie de reportajes en todo un hito social. A su regreso, la fama le impidió seguir haciendo ese periodismo de inmersión tan particular y, harta de que el «World» la subestimara –no le ofrecieron aumentos pese al pelotazo de la vuelta al mundo–, se marchó del periódico.

Tras fracasar como escritora de ficción, con 30 años se casó con un industrial millonario, dejó el periodismo y pasó a administrar los negocios de su marido. Solo volvería a escribir en prensa al final de su vida, huida en Europa de una acusación de obstrucción a la justicia por las dificultades derivadas de la ruina de sus empresas. Lo hizo como corresponsal en la Primera Guerra Mundial, y después convertida en una columnista que ofrecía consejos a sus lectores. «La vida se construye a partir de los accidentes», decía.