Carlos I en la batalla de Pavía, tapiz de Bernard van Orley
Carlos I en la batalla de Pavía, tapiz de Bernard van Orley
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Oigo, patria, tu aflicción

El historiador José Varela Ortega analiza en un voluminoso y ameno ensayo, «España. Un relato de grandeza y odio», que se publica hoy, la imagen de nuestro país a lo largo de la Historia

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Según contaba un viejo maestro, en la vida de un historiador, por definición individuo curioso, cada libro constituye un ajuste de cuentas. Con aquello que constituye un personaje o pregunta. Por eso, la verdad de la historia es la verdad del historiador, que no cede a mitos, fantasías o delirios. Hace muchos años que José Varela Ortega, el autor de este extraordinario libro, discípulo de la figura tutelar que fue Raymond Carr, se enfrentó a los estereotipos (esa «forma primitiva de razonar», señaló Wittgenstein), que afectaban a la imagen histórica de España. El resultado de medio siglo de dedicación, con abundantes estaciones intermedias, consiste en este volumen grueso, pero transparente en argumentos y muy entretenido de leer.

Existen pocas naciones con una imagen tan potente, debido a una acumulación de experiencia que conoce desde el siglo XVI diferentes alternativas. Frente a una monarquía española que fue la primera entidad política global, existe una reacción más o menos obligada. Aparece una literatura «de batalla», una mentira fabricada para oponerse a su poder universal, católico y providencialista. El estereotipo del español «militante y apasionado» se configura entonces. Desde comienzos del siglo XIX, con la terrible invasión napoleónica, desmenuzada con maestría, aparece otra imagen, romántica, contradictoria con la anterior. El español es ahora «indolente y decadente». Sorprende el nivel de destrucción de la guerra de Independencia, en la cual el enemigo francés mataba, robaba y destruía, el «aliado» británico destruía y robaba, los patriotas saqueaban y mataban para sobrevivir.

Historia global

Ambos estereotipos, como muestra Varela Ortega, no fueron diseñados para reflejar la realidad de España, sino contra ella, para públicos no españoles, que requerían, o bien odiarla, o bien una referencia del exotismo para sentirse civilizados. Es decir, lejos de las peligrosas «pasiones meridionales españolas», definidas por escritores y libelistas que, incluso en casos tan influyentes como Madame D’Aulnoy, no estuvieron en España.

En la medida en que este libro es también y, de modo claro, una historia global, basa sus interpretaciones en el formidable revisionismo que ha cambiado elementos clave de toda la historia española. Es otro de los grandes aciertos del autor. No ha escrito con el siglo XX como centro del libro, ni ha investigado para repetir el estereotipo del fracaso. Ni todo lo que tiene que salir mal sale mal, ni puede obviarse la formidable historiografía modernista reciente, que ha transformado la visión global del imperio español entre los siglos XVI y XIX.

Aunque fuera solo por evitarnos la banalidad de repetir, como pretenden algunos intelectuales orgánicos, que España «no existía» en 1520 o en 1714, confundiendo la nación con el nacionalismo, el fondo con la forma política, hubiera valido la pena este esfuerzo. En las cuatro partes, dedicadas al español militante, indolente, apasionado y a las variaciones en el estereotipo, muestra que, a pesar de tanta rigidez mental, las cosas fueron de un modo, pero siempre pudieron ser de otro.

Esa es la muerte del estereotipo. Nuestra historia no está escrita. No estamos condenados a la melancolía.