«70», del cantante de Úbeda (arriba, en una imagen reciente), recupera algunos de sus títulos memorables
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MÚSICA

Sabina, un viaje al fin de la noche

Una caja retrospectiva recorre cuatro décadas de creación de Joaquín Sabina. Alejo Stivel, productor y amigo del cantante, nos ayuda a dibujar al hombre tras el personaje

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Todo alrededor de Sabina no es lo que parece. «Lo niego todo», asegura en su canción de autorretrato. Tras la aparente claridad de sus versos hay un trabajo renacentista, que solo los más allegados conocen, en su procesión hasta la mordida del alba. Legendario fue su refugiarse en Londres en 1970. Legendario su querer ser como Bob Dylan, cantando en los pubs. Legendaria su vuelta en 1976, con un contrato, nada menos que para tres discos y su contacto con Chicho Sánchez Ferlosio, autor de Gallo rojo, gallo negro. Sabina, entonces, entró de chiripa en el libro Canción de autor en España, de Víctor Claudín para Júcar.

Ahí se ve que calibró mal en 1981 su posible alcance, cuando declara: «Yo no creo que el momento sea malo para cantar, como dicen muchos. Si vienen doscientas personas a vernos, pues ese es nuestro público. El tipo que canta las cosas que escribe no tiene por qué ser de una terrible mayoría, ni mucho menos, sino que es una cosa más humilde, más sencilla y más hermosa que todo eso».

Ni en sueños pudo imaginar que terminaría llenando siete noches seguidas el Luna Park, idolatrado en Argentina o en México, tanto como en España. Pero, ¿quién es Joaquín? Alejo Stivel, fundador de Tequila -justo ahora en gira de despedida, que culminará el 20 de marzo en Madrid-, productor del disco 19 días y 500 noches, su obra cumbre junto a Juez y parte, nos da pistas fiables.

Sobre las colaboraciones, explica: «Tiene muchas y muy buenas canciones que son suyas 100% y de las cuales está muy orgulloso. Lo que pasa es que le gusta la compañía y colaborar con gente. Es una persona muy lúdica, lo hace para pasar un buen rato. Joaquín es una especie de disfrutador». ¿Más Dylan o más Cohen?: «Él compone por fogonazos. En cinco minutos te hace una canción redonda y genial. Lo que ocurre es que luego se queda hasta 100 horas con esa canción, dándole vueltas a una palabra, cambiando un adjetivo, buscando otra rima. Él dice siempre “yo no traigo las canciones, a mí me las arrancan”».

Inseguridad innata

¿Es una persona insegura?: «Ten en cuenta que un artista tiene una proyección que una persona normal entre comillas, si es que hay alguien normal, no tiene. La creación viene en momentos de recogimiento, cuando estás solo, sale ahí. Y después hay que exponer eso ante una multitud de gente, y muchas veces te asaltan dudas, te puedes sentir inseguro. Creo que la inseguridad va con el artista, es algo innato».

Alejo y Joaquín se habían conocido mucho antes. Fue cuando la casa de Sabina era un lugar abierto para las personas a las que había dado su llave. Alejo va allí, lo ve ahí cantar con su voz lijosa y queda sorprendido: «Graba así, como estás cantando ahora», le dice. Porque «daba la impresión de que le hacían “cantar bien”, como si fuera un cantante estándar, y le metían mucho reverb. También las bases solían tener guitarras muy procesadas, con flangers que daban un sonido muy elaborado, y a mí me parecía que todo eso iba en contra de sus canciones, de su personaje, de su estilo».

Un desafío

A las pocas semanas, Sabina le llama para que produzca su disco, aceptando lo que consideraba «un desafío»: «Grabamos con otros músicos, con un sonido que yo consideraba más acorde, y quise que tocara él la guitarra, al menos en algunas canciones. Yo le preguntaba: “¿Porqué no tocas la guitarra en tus discos?”. “No, no me dejan, ellos tocan mejor que yo”. “Bueno, mejor o peor es algo relativo, ¿no? En tus canciones, tú las compones así, y hay una impronta. Que si tú la quitas, también lo que pasa es que se pierde un poco el carácter o la personalidad de esa canción al llevarla a un terreno, digamos, más profesional”. Y a mí nunca me gustó esa palabra. Y en eso coincidíamos mucho, en que había que reivindicar la palabra amateur, alguien que hace algo porque ama hacerlo, no por dinero. Ese fue el concepto estético. Casi le obligué a tocar la guitarra. En la canción "Cuarenta y diez", con M-Clan, donde canto yo, la guitarra principal es suya».

Y aclara: «Joaquín es de las personas más cultas que conozco. Está leyendo constantemente, lee muy rápido, es muy veloz. Devora libracos grandes, además colecciona libros de primeras ediciones, es un coleccionista de un alto nivel y, sin duda, ha leído todo el Siglo de Oro, como ha leído toda la Generación del 27, como ha leído incluso la literatura argentina más que un argentino, poesía, novela, y no hablamos solo de Borges o Cortázar». Y aunque tiene una cultura avasalladora, «nunca da cátedra, nunca va demostrándolo. Por otro lado es un tipo muy chispeante. En una charla te tira frases que podrían ser geniales en sus canciones. Es muy enriquecedor, cercano, cálido y muy cariñoso». Todo un universo. Ahora comprimido en cuatro cedés.