Entrada del campo de concentración de Auschwitz
Entrada del campo de concentración de Auschwitz
LIBROS

Todo enemigo debe ser eliminado

«Así fue Auschwitz» refleja el paso de Primo Levi por el campo de la muerte. Un libro que reúne reflexiones, artículos e informes para tribunales que juzgaban los crímenes nazis

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«Piénsese bien –dijo Primo Levi en 1961–; hace no más de veinte años, en el corazón de esta civilizada Europa, alguien soñó un sueño demencial, el de levantar un imperio milenario sobre millones de cadáveres y de esclavos […] Fueron muy pocos los que lo rechazaron». La frase no pertenece a ninguna obra futurista de Orwell ni a la serie «Juego de tronos». Pertenece a «Así fue Auschwitz (Testimonios 1945-1986)», que reúne recuerdos, informes para diversos tribunales que juzgaban los crímenes nazis y artículos escritos por el autor a su regreso de aquel intento sangriento, de inusitada violencia totalitaria, de cambiar el mundo y las reglas de lo humano por otro, brutal, donde reinaría sobre todo el terror. «Si el nacionalsocialismo hubiera prevalecido (y habría podido prevalecer) Europa entera, y quizá el mundo, se habría visto involucrada en un único sistema, en el que el odio, la intolerancia y el desprecio hubieran reinado sin oposición», continúa diciendo en otro texto de este volumen.

En diciembre de 1943, a los 24 años, Primo Levi (Turín, 1919-1987), conocido con el paso del tiempo por ser el más exacto y magistral narrador de la monstruosidad casi inexpresable llevada a cabo en los campos de exterminio nazis durante la Segunda Guerra Mundial, fue detenido, junto a su grupo de partisanos del Norte de Italia, a causa de una denuncia. Interrogado por la milicia fascista que lo había arrestado y por la policía italiana, fue enviado al campo de tránsito de Fossoli, cercano a Módena. No tardarían en hacerse cargo de ellos los alemanes.

En vagones de ganado

Los primeros SS que Levi vio en su vida llegaron el 20 de febrero de 1944. Dos días después, junto a otros 650 judíos italianos, el grupo fue enviado –en vagones de ganado en los que estaba escrito «Auschwitz», palabra de la que lo ignoraban todo– al Este de Europa. A Polonia. Nada más alcanzar su destino, sólo 95 de ellos serían seleccionados como «aptos para el trabajo»; es decir, no asesinados nada más llegar. Levi permaneció internado en Monowitz, dentro del complejo de Auschwitz, desde febrero de 1944 a enero de 1945, cuando el campo fue liberado por el Ejército Rojo.

Acabada la guerra, tanto él, químico de profesión, como el médico Leonardo De Benedetti, con el que había compartido cautiverio, fueron requeridos por los libertadores para «dar a conocer los horrores» del calvario atravesado: «Actos infames, deleznables, violentos, feroces, contrarios a las más elementales leyes de humanidad, a los que se veían sometidos los prisioneros del campo de Monowitz». Ese es el caso del minucioso y estremecedor «Informe sobre la organización higiénico-sanitaria del campo de concentración para judíos de Monowitz (Auschwitz-Alta Silesia)» con el que se abre este volumen. Detalles muchos de ellos conocidos a través de la sobrecogedora trilogía de Levi «Si esto es un hombre» y de tantas otras obras publicadas con el paso de los años. Pero no por repetitivo que todo ello pudiera parecer en ocasiones sería nunca suficientemente relatado a las generaciones venideras.

Repetir la barbarie

«La doctrina de la que nacieron los campos era muy simple, y por eso precisamente muy peligrosa –leemos en su texto «La Europa de los campos de concentración» (1973)–: todo extranjero es un enemigo, y todo enemigo debe ser eliminado; y es extranjero todo aquel que se perciba como distinto, por su idioma, religión, apariencia, costumbres e ideas». ¿Nos suena esto de algo en nuestros días? La capacidad de la Historia para repetir la barbarie nos vuelve a parecer hoy, de nuevo, tenaz e inagotable.

¿Por qué seguir hablando de atrocidades? Os hablamos de los campos porque son la página más deleznable de la historia humana (P. Levi)

«Lastrado por la responsabilidad» de haber vivido todo aquello, convocado «en mi doble condición de testigo y escritor», desde su primer libro –afirmó Levi poco antes de morir, en 1986– «deseé que todos mis escritos, aunque sólo estuvieran firmados por mí, fueran leídos como obras colectivas, como una voz que representara otras voces […] Que fueran una embocadura, un puente, entre nosotros y nuestros lectores, especialmente los jóvenes. Mientras sigamos vivos, es nuestro deber hablar, sobre todo a quienes aún no habían nacido, con el fin de que sepan ‘hasta dónde se puede llegar’».

La memoria, el olvido que se posa de forma inevitable conforme pasan años, traumas y generaciones, se convertirían en su obsesión. Todo ello lo llevó a cabo de forma incansable, para advertir y con el fin de que nunca se repitiera. Con ese objetivo, no sólo contestó a las preguntas de los distintos tribunales que juzgaban a los criminales nazis –como se recoge en distintos interrogatorios, reproducidos en este libro–, sino que mantuvo una intensa correspondencia con jóvenes que requerían sus explicaciones sobre el misterio insondable de un Mal absoluto que él y millones de personas habían vivido en carne propia.

Nuestro hermano

«Una intrincada red epistolar» incluía el confrontarse no sólo con lectores italianos, sino con lectores alemanes de «Si esto es un hombre»: «Son las voces de los hijos, de los nietos de aquellos que cometieron aquellos hechos, o que permitieron que se cometiesen, o que no se tomaron la molestia de llegar a enterarse».

«¿Por qué seguir hablando de atrocidades?», les dirá a sus jóvenes interlocutores, a los padres que no quieren «turbar la conciencia de sus hijos». «Os hablamos de los campos de concentración –responde– porque allí fue donde estuvimos y porque constituyen la página más deleznable de la historia humana […] La historia no puede ser mutilada […] Todo aquel que regrese para contar masacres de mujeres y niños, a manos de quien sea, en cualquier tierra, en el nombre de toda clase de ideologías, es nuestro hermano, y nuestra solidaridad está con él».