Detalle de la Nao Victoria (Biblioteca Nacional)
Detalle de la Nao Victoria (Biblioteca Nacional) - ABC
Historia

¿Qué llevó Magallanes en las naves de su viaje?

El Archivo de Indias de Sevilla guarda la relación del avituallamiento de la travesía que desvela la extraordinaria previsión del marino

SevillaActualizado:

¿Cómo calcular el avituallamiento para un viaje del que no se sabe cuánto durará? ¿Qué llevó Magallanes en las bodegas de las cinco naves que emprendieron la más audaz y temeraria travesía de su época? En el Archivo de Indias de Sevilla se guarda un legajo de apariencia intrascendente, apenas un apunte del pasado, una curiosidad práctica. Sin embargo, el papel en el que aparece la relación de alimentos, aparejos y pertrechos de la expedición de Magallanes es un asombroso inventario que desvela la capacidad del marino para calcular un viaje complejo y lleno de incertidumbres.

Durante meses Magallanes se ocupó de controlar el catálogo de bastimentos que se cargarían en las cinco naves del viaje: «San Antonio», «Concepción», la nave capitana «Santiago», «Trinidad» y «Victoria», que fue la única que culminó la circunnavegación.

Uno de los grandes narradores de aquella travesía, el escritor Stefan Zweig en su biografía de Magallanes, señalaba la exactitud asombrosa de este inventario. «En las extensas actas hallamos registrado hasta el último maravedí lo que costó cada martillo, cada sable, cada saquito de sal o resma de papel. (…) Como curtido marinero, conocía exactamente Magallanes la enorme responsabilidad de un viaje a lo desconocido. Sabía que el objeto más insignificante que, por ligereza, o falta de memoria, queda olvidado al emprender el viaje, ya no puede recuperarse. En las zonas desconocidas a que con ansiedad se dirige, cada rollo de estopa, cada pedazo de plomo, cada gota de aceite, cada hoja de papel, representan algo que ni con todo el dinero, ni con la propia sangre, podría adquirirse».

Planisferio de Cantino que sirvió de modelo
Planisferio de Cantino que sirvió de modelo - ABC

Magallanes era consciente de que las tempestades rasgaban las velas, el agua de mar pudría la madera y las noches de ultramar acababan con las velas y el aceite. Tuvo en cuenta todo lo necesario para el cordaje, los troncos para labrar nuevos mástiles o la tela para el velamen que debía remontar desconocidos vientos. Y acumuló barriles de alquitrán, pez, cera y estopa para tapar las junturas o los anzuelos, arpones y reserva de redes para coger los peces, único alimento fresco del viaje.

Pero no sólo tuvo en cuenta hasta el más mínimo detalle de los pertrechos necesarios para el arreglo y mantenimiento de las naves, también calculó los alimentos para una tripulación de doscientos sesenta y cinco marinos.

Un cálculo que debió obsesionarlo durante semanas porque en realidad no se sabía el tiempo que duraría la expedición. El objetivo del viaje más que cosmográfico y de descubrimiento de nuevas tierras tenía un sentido económico pues lo que ofrecía el navegante a Carlos V era una nueva ruta a la especiería por el occidente, ya que la de oriente la controlaban sus paisanos portugueses. En la época la pimienta, la canela, el jengibre o la nuez moscada eran más valiosas que la plata.

Magallanes sabía que existía un paso del Atlántico al Pacífico, entonces aún llamado mar del Sur. Sin embargo, en el viaje descubrió que el estrecho que llevaría su nombre se encontraba más al Sur de lo que había calculado. Esa incertidumbre fue uno de los momentos más terribles para Magallanes.

Sin embargo, los cálculos del avituallamiento fueron fundamentales para la supervivencia en esta parte de la travesía. Cuando los barcos se adentraron por fin en el Pacífico a finales de noviembre de 1520 se inicia otro periodo crítico pues no se conocía la distancia hasta tierra firme porque nadie había realizado semejante itinerario.

Tres meses y veinte días después del paso del estrecho llegaron a Guam tras vivir situaciones angustiosas y el temido escorbuto había empezado a aparecer entre la tripulación. «Algunos historiadores dan crédito a las confituras de membrillo que se habría llevado Magallanes para protegerse del escorbuto a sí mismo y a algunos de sus oficiales y gentilhombres, como Antonio Pigafetta. Más probablemente muchos de los hombres de la tripulación sobrevivieron gracias a la comida habitual de toda la vida, es decir, las frutas y verduras asequibles durante todo el año en el sur de Europa. La vitamina C, el remedio para el escorbuto, podía quedar almacenada en el hígado durante meses, si la comida normal era rica en dicha vitamina», explica la historiadora Carla Rahn Phillips, de la Universidad de Minnesota, en el número especial de la revista «Andalucía en la Historia» dedicado a la Primera Vuelta al Mundo.

Revisando la relación del avituallamiento que se conserva en el Archivo de Indias se descubre el asombroso inventario pensado para dos años de travesía, algo que fue motivo de sospecha y miedo por parte de los que pretendían embarcarse en el misterioso viaje, ya que era insólito un cargamento para tanto tiempo.

Entre las cantidades que se cargaron en las bodegas estaban veintiuna mil trescientas ochenta libras de galleta de barco, cinco mil setecientas libras de carne de tocino, doscientos barriles de sardinas, novecientos ochenta y cuatro quesos, cuatrocientas ristras de ajos y cebollas, mil quinientas doce libras de miel, tres mil doscientas libras de uva de Málaga, pasas y almendras y cuatrocientos diecisiete odres y doscientos cincuenta y tres toneles de jerez.

Desgraciadamente semejante previsión se agotó pronto. Con la llegada a tierra firme en Asia se volvieron a cargar alimentos. Cuando Magallanes muere luchando en Mactan será Elcano quien dirija la expedición tomando una decisión fundamental para la Historia: continuar el viaje hacia el oeste en vez de regresar por el itinerario que habían seguido. Así se completó la primera vuelta al mundo.

Sin embargo, esta ruta de regreso estaba controlada por los portugueses por lo que casi todo el camino lo hicieron sin llegar a tierra para cargar alimentos y agua por temor a que los apresaran. En esta parte final del viaje muchos hombres murieron de hambre. Tal y como relató Pigaffeta en su crónica del viaje tuvieron que comer hasta el cuero de los mástiles. Qué lejos quedaban los avituallamientos pensados por Magallanes para este viaje incierto.

Entre las curiosidades que Magallanes incluyó en los barcos están los objetos pensados para cambiarlos por mercancías. El marino, curtido en largos viajes por tierras lejanas, era consciente de que a los indígenas les fascinaban los espejos, las bisuterías y las cosas que sonaban como las campanillas o los cascabeles. Hasta veinte mil objetos se llevaron en la flota, además de novecientos espejos pequeños y diez grandes que llegaron casi todos rotos.

En una expedición tan compleja era necesario todo tipo de objetos de navegación: brújulas y agujas, relojes de arena y astrolabios, cuadrantes y planisferios. Pero además se incluyeron quince libros en blanco para hacer cálculos porque era consciente de que era imposible proveerse de papel durante el viaje hasta llegar a China.

En las vísperas del viaje debió de ser sorprendente el trasiego de carros transportando las mercancías en el puerto y la máquina o ingenio que a la altura de la Torre del Oro cargaba el avituallamiento en los barcos. Así, al amanecer del 10 de agosto de 1519 partió aquella expedición con un cargamento en el costillaje de las naves que resume la habilidad e inteligencia de Magallanes.