Escena de la entrada en Sevilla de Felipe V de Pedro Tortorelo
Escena de la entrada en Sevilla de Felipe V de Pedro Tortorelo - ABC
Historia

Tiempos recios del teatro en la Sevilla del XVIII

El profesor Francisco Aguilar Piñal recupera su libro clásico sobre las artes escénicas en el Siglo de las Luces

SEVILLAActualizado:

A lo largo de los siglos fue Sevilla capital destacada en las artes escénicas. En el siglo XVI contó con diversos corrales de comedias -Doña Elvira, Don Juan, de las Atarazanas, Huerta de la Alcoba, San Pedro o San Vicente- y afamados maestros como Lope de Rueda, ingenio de entremeses. En el XVII tuvo el teatro del Coliseo en la calle Alcázares con su historia de grandes estrenos y tragedias de incendios. Pero ¿qué ocurre en la Sevilla del Siglo de las Luces? ¿Alumbran las candilejas el tiempo de la Ilustración? ¿Triunfó la oscuridad?

El historiador Francisco Aguilar Piñal (Sevilla, 1931) acaba de editar uno de sus clarificadores libros que ahondan en el desconocido siglo XVIII. Esta obra reveladora se publicó hace años pero ahora la Editorial Universidad de Sevilla lo acaba de rescatar para iluminar una época que desvela muchas claves de interpretación de la ciudad.

El profesor Aguilar Piñal es el gran estudioso del XVIII español como demostró en una otra obra fundamental: «La Sevilla de Olavide». Este libro descubre cómo la ciudad se convirtió en laboratorio de experimentación de dos formas de pensar que marcarían el destino de la ciudad: la colisión entre la corriente reaccionaria y la reformista.

Ahora se recupera este interesante estudio que indaga en el mundo del teatro para explicar claves más profundas de la idiosincrasia de la ciudad, porque la historia del teatro fue también la forma en la que Sevilla mostraba su adhesión o no a las reformas ilustradas.

«Sevilla y el teatro en el siglo XVIII», publicado por Editorial Universidad de Sevilla, descubre las desventuras de los cómicos y del teatro. «Cualquier desgracia ocurrida en la ciudad era aprovechada por el estamento eclesiástico para pedir el cierre del teatro. En 1678 fue el arzobispo Ambrosio Spínola, gran enemigo del teatro, quien pidió, a ruegos del arrepentido fundador de la Caridad Miguel de Mañara, no sólo el definitivo cierre del local sino la prohibición perpetua de las representaciones para proteger la salud espiritual del pueblo sevillano», explica Aguilar Piñal, autor de otras como «La Real Academia Sevillana de Buenas Letras en el siglo XVIII» o «La Sevilla de Olavide».

En Sevilla fueron constantes la represión y las prohibiciones y tres generaciones de sevillanos entre los siglos XVII y XVIII no tuvieron la oportunidad de saber lo que era una representación teatral. Sólo se permitía leer, pero no ver en las tablas. Las únicas representaciones teatrales permitidas eran la de los estudiantes de los colegios rivales de Santo Tomás y San Hermenegildo.

Ésta será la época dorada de las comedias impresas y de la oratoria sagrada. Por Sevilla circulaban cientos de sermones predicados. Poco quedaba ya de la abierta, cosmopolita y mundana Sevilla del Renacimiento.

En 1717 la ciudad había perdido el monopolio comercial con América que pasó a Cádiz, convertida ahora en ciudad abierta. En Madrid se siguen representando obras, pero en Sevilla se prohíbe y las comedias son desterradas.

Al teatro se había culpado de las desgracias del siglo y en particular de las epidemias. El padre Tirso González en una de las habituales campañas de moralización había afirmado que «mientras en Sevilla no hubiese comedias estaría libre de la peste».

En 1766 había circulado un impreso titulado «Discurso sobre la diversión del Teatro en orden al fuego de la conciencia» en el que el autor anónimo advertía sobre los peligros de la escena y, en concreto, de la perversidad de los cómicos:«Con la suavidad de sus ecos, con la vivacidad de sus ojos, con la hermosura natural o artificial de su rostro (...) estudian y se aplican años enteros para aprender las reglas de excitar pasiones y absorber la atención humana. (...) Sus vestidos respiran lujo, pompa y soberbia. (...) Con todo el aparato de la vanidad son como esas sirenas de quien habla Isaías que hacen sus morada en los templos del deleite».

Según Aguilar Piñal, las prohibiciones no tenían una causa literaria sino moral: «Lo que se perseguía no era la imaginación del lector, sino la puesta en escena que pudiera escandalizar al espectador, palabra, por cierto, que ingresa en el habla común en este siglo XVIII. Lo que se condena no es el texto, sino el espectáculo y la morbosidad provocada por las actrices».

Sin embargo, hay un personaje que transforma la idea sobre el teatro y que advierte sobre su valor como «medio de formación cultural y cívico»: Pablo de Olavide, asistente de Sevilla que recupera el teatro e impulsa la creación de varios edificios dedicados a las artes escénicas como el de la calle San Eloy, la Escuela de Actores en la que se forman grandes actrices del siglo como La Tirana o La Bermeja. Sin embargo, no pudo terminar el ambicioso proyecto del Teatro del Duque.

A pesar de la caída en desgracia de Olavide, condenado por sus audaces reformas, continúa la resurrección del teatro con la apertura de un nuevo Teatro Cómico con entrada por la calle San Acacio (hoy Pedro Caravaca). Los escenarios ‘malditos’ de Sevilla se convirtieron en un campo de experimentación sobre dos ideas de entender la cultura, la diversión y también de entender España.