José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, Azorín
José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, Azorín

Azorín: el orfebre de la palabra

Escritor y periodista. Miembro de la Generación de 1898

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La fecha de 1898 ha quedado en nuestra Historia como un momento aciago. España firma el Tratado de París, por el que pierde Cuba, Puerto Rico y Filipinas, sus últimas colonias de ultramar, restos de un imperio que otrora sería el primero global. Nuestro país parece quedarse «Sin pulso», como sentenció Francisco Silvela en un artículo publicado el 16 de agosto de ese año, en el diario madrileño «El Tiempo».

Pero como positiva contrapartida es el momento donde sale a la palestra literaria la Generación de 1898, con la que comienza la modernidad de las letras españolas, y se presenta como un fuerte aldabonazo ante la crisis que sufre nuestra nación. Está formada por una pléyade de señeros escritores como Miguel de Unamuno, Antonio Machado o Pío Baroja. Y Azorín, nacido como José Augusto Trinidad Martínez Ruiz el 8 de junio de 1873 en la localidad alicantina de Monóvar.

En una serie de artículos publicados en ABC, Azorín acuñó el término que denominó a la brillante Generación de 1898. El primero de ellos apareció el 10 de febrero de 1913.
En una serie de artículos publicados en ABC, Azorín acuñó el término que denominó a la brillante Generación de 1898. El primero de ellos apareció el 10 de febrero de 1913.

Precisamente es el autor alicantino quien acuñó el término «Generación de 1898» y lo haría en una serie de artículos aparecidos en 1913 en ABC, cabecera con la que el autor de «La ruta de Don Quijote» colabora en muchas etapas de su vida. Así, entre otros momentos, en 1905, cuando envía la primera crónica telegráfica publicada por un periódico español, escrita a raíz del viaje de Alfonso XII a París. Azorín cultivó el articulismo durante toda su vida, pero también le debemos una extensa obra narrativa y ensayística –así, entre otras muestras, las novelas «La voluntad» y «Antonio Azorín», y los ensayos «El alma castellana» y «Clásicos y modernos»–, en la que da cuenta de su condición de ser uno de los más grandes estilistas de la literatura española, representante privilegiado de lo que se ha dado en llamar «calidad de página». Empleaba como nadie la palabra precisa, lo que sobre todo hoy en tiempos de lamentable degradación del idioma nos brinda una lección insustituible.

En 1924, Azorín ingresó en la Real Academia Española con el discurso «Una hora de España» –su amor a la patria fue acendrado–. Muchas décadas después, en 1996, al entrar Mario Vargas Llosa en la Docta Casa, le dedicó su disertación, donde acertó perfectamente a definirlo: «Es uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua y el creador de un género en el que se alían la fantasía y la observación, la crónica de viaje y la crítica literaria, el diario íntimo y el reportaje periodístico, para producir, condensada como la luz en una piedra preciosa, una obra de consumada orfebrería artística». El pasado año se cumplió el cincuenta aniversario de su muerte. Es hora de que no olvidemos a Azorín.