El poeta César Vallejo, con gesto reflexivo
El poeta César Vallejo, con gesto reflexivo - ABC

César Vallejo, un solitario en la distancia

Con motivo de la aparición de los manuscritos inéditos del poeta peruano, recuperamos el artículo que Rafael Alberti le dedicó en las páginas de ABC al cumplirse el cincuenta aniversario de su fallecimiento

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[Ven la luz los manuscritos poéticos de César Vallejo]

A Vallejo lo recuerdo como alguien que establecía distancias entre él y las cosas. Parecía vivir alejado de ellas. Lo encontré por vez primera en París, en 1931, cuando María Teresa y yo residíamos en la capital francesa pensionados por la Junta de Ampliación de Estudios con el fin de estudiar las corrientes teatrales de Europa. En aquella época conocí a escritores iberoamericanos que gozaban de prestigio como Vallejo, Alejo Carpentier, Uslar Pietri o Miguel Ángel Asturias, que llegó a obtener el premio Nobel.

Vallejo era un indio cholo, con las características raciales bastante acentuadas; un hombre misterioso que no hablaba demasiado y cuando lo hacía empleaba un castellano muy especial. Como escritor comunista fue uno de los primeros poetas importantes en lengua española que hicieron un viaje a Rusia. Sus ideas políticas lo habían llevado al exilio, y la verdad es que vivía muy pobremente. Cuando se proclamó la República española pensé que la vida en nuestro país le resultaría mucho más barata que en Francia, de modo que le aconsejé que se viniera para acá, ya que estaba seguro de que, al margen de la cuestión económica, encontraría amigos y un ambiente muy cordial. Convencido de que la gente lo quería y lo admiraba, se trasladó a Madrid y vivió en un barrio bajo, no recuerdo cuál, relacionándose, sobre todo, con jóvenes poetas españoles.

Cuando llegó aquí ya había publicado «Los heraldos negros», un libro que influyó poderosamente en la poesía española e iberoamericana de entonces. Sentía un profundo amor por España, un sentimiento realmente grande, que no tenía nada que ver con esa especie de literatura medio diplomática, medio de tomar un güisqui, y cosas por estilo. Cuando estalló la Guerra Civil tuvo una gran preocupación por la situación de la República y asistió al Congreso de Escritores por la Paz, que se celebró en Valencia en 1937. Por aquel tiempo comenzó a escribir un libro muy bueno, «España, aparta de mí este cáliz», que a pesar de no ser una obra larga, tiene poemas fundamentales. Su salud, muy precaria, no le permitió ver el final de la contienda.

Vallejo era un hombre más bien solitario, pero recuerdo una visita que hizo a mi casa. Fue un día en que Unamuno iba a leernos una obra de teatro larguísima, cuyas páginas traspapelaba mientras leía, de forma que de la sesenta y seis se pasaba a la doscientas, y todo por el estilo. Al terminar se sacó un papelito del bolsillo del chaleco y me explicó que era una poesía que había escrito antes de subir a mi casa y que había dedicado a su nieto. Se trataba de «La media luna es una cuna». Vallejo me comentó que era maravilloso contemplar a un viejo tan fantástico que se sacaba del bolsillo un poema que acababa de escribir para un niño.

[Ven la luz los manuscritos poéticos de César Vallejo]