García Márquez en Barcelona en 1970
García Márquez en Barcelona en 1970 - ABC

García Márquez y el periodismo mágico

Un libro recopila los mejores trabajos de Gabo en la prensa entre 1950 y 1987

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Cuesta imaginarlo vestido con toga, pero en 1947, cuando el realismo todavía no era mágico, Gabriel García Márquez estudiaba Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá. Aunque entonces ya sabía que lo suyo era la literatura –ese mismo curso publicó sus primeros relatos–, tuvo que esperar un año para abandonar aquella carrera y poder subsistir juntando letras. Fue gracias al periodismo, un salvavidas que ya no soltaría hasta el final de su existencia, un medio en el que se convirtió en un afamado cronista. Ahora, sus mejores trabajos como plumilla se recogen en «El escándalo del siglo» (Literatura Random House), una recopilación de cincuenta textos alumbrados entre 1950 y 1987 que dan buena cuenta de que la imaginación de Gabo también podía jugar en el terreno de la actualidad.

«El periodismo que le caracterizó estaba dotado de sus impulsos literarios, de su ojo irónico y de su facilidad para el juego de palabras», explica a ABC el reportero Jon Lee Anderson, que prologa el libro. Más allá del estricto rigor periodístico, que no le interesaba tanto como la propia narración, su gran virtud como cronista era su capacidad para «elevar lo mundano a un plano sumamente entretenido y gracioso». «Lo que le motivaba era el deseo de “contar un cuento bien contado”», añade el experto.

A veces, esa ascensión al humor no tenía escrúpulos con las tragedias. En una crónica de 1954, publicada en «El Espectador», García Márquez aprovechaba el suceso de un asesinato en Antioquia (Colombia) para elaborar una disertación sobre las condiciones que un crimen necesitaba para ser digno de una gran historia. La tituló «Literaturismo», y en ningún momento mencionó nombres ni detalles de la investigación policial: apenas precisaba que alguien había matado a una persona con una escopeta para después cortarle la lengua, todo por una rivalidad familiar. Eso sí, tuvo espacio la retranca: «La noticia no ha merecido –al cambio actual del peso periodístico– más de dos columnas en la página de las noticias departamentales. Es un hecho de sangre, como cualquiera. Con la diferencia de que en este tiempo no tiene nada de extraordinario, pues como noticia es demasiado corriente y como novela es demasiado truculento».

En otra de sus irreverencias periodísticas, Gabo llenó un espacio de algo más de 600 palabras con nada, es decir, con mucho estilo. Al invento, que vio la luz en «El Heraldo» de Barranquilla en abril de 1950, lo bautizó como «Tema para un tema». En él, tan solo divagaba sobre la posibilidad de convertir la ausencia de noticia en la noticia misma, algo que, al final del texto, mostraba como factible. «El recurso es absurdo… ¡Caramba, pero muy fácil! ¿No es cierto?», remataba el colombiano. Unos meses después, por cierto, Camilo José Cela hacía lo propio en el «Correo Literario» de Madrid, donde transformó una breve y desastrosa entrevista con Azorín en un monumento a la carcajada. ¿Cómo? Trufando las respuestas monosílabas del escritor con mucho estilo. Ay, el estilo.

Una escuela de estilo

«El periodismo de García Márquez fue principalmente una escuela de estilo, y constituyó el aprendizaje de una retórica original», señaló en su día Jacques Gilard, editor de su obra periodística completa. Él fue, de alguna manera, un soplo de aire fresco en un momento en el que la elocuencia brillaba por su ausencia. «El suyo era un aporte muy bienvenido en un mundo periodístico plagado de lenguaje estéril, elitista y con una falta de gusto narrativo que muchas veces lo volvía irrelevante o tedioso para los lectores», asevera Anderson.

En la elección de los temas también tuvo el tino de ser pintoresco y fresco. Cuando marchó a Europa, a mediados de los cincuenta, desató su pluma de cronista de calle. Habló de París y sus mujeres, de Roma y las intrigas criminales que afectaban a las altas esferas, de Londres y su neblina, de las cumbres políticas de Ginebra. Aquel era el oficio que le daba de comer, pero también el que terminó dotándole de herramientas para dominar la novela. Lo dejó bien claro el propio autor cuando le preguntaron cómo era su proceso creativo: «Esos libros tienen tal cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, pero el método de investigación y de manejo de la información y los hechos es de periodista».

Sus reportajes se caracterizaban por la reconstrucción minuciosa de la realidad y por una prosa que no descartaba el suspense como recurso. Algunos, como «Relato de un náufrago» o «Noticias de un secuestro», se han convertido en libros atemporales. Otros, como «Los cubanos frente al bloqueo», le valieron las bofetadas de la prensa estadounidense. Pero todos estaban escritos con esa voz capaz de convertir lo trivial en un asunto apasionante. Gabo cuidaba sus palabras porque reverenciaba la profesión. Por eso dijo que era la mejor del mundo. Por eso llegó a fundar seis medios de comunicación. Por eso pidió que lo recordaran como periodista y no como premio Nobel o autor de « Cien años de soledad». Por eso. Porque el periodismo podía ser mágico. Con todo lo que eso significa.