Joel Kupperman, el niño prodigio que se escondió en el bosque

Michael Kupperman cuenta en un cómic, «Niño prodigio», la vida de su padre, estrella infantil de la radio y la televisión en los años cuarenta

MadridActualizado:

Frédéric Chopin, el risueño Joselito y Magnus Carlsen poseen una particularidad común que les separa del resto de mediocres jovenzuelos: fueron niños prodigio. Esta expresión apareció por primera vez alrededor de 1860 en Estados Unidos para describir a los preadolescentes inmigrantes que actuaban en los cabarés de las ciudades. En los años 20, los niños prodigio ya se prodigaban en todos los campos: en deporte, ciencia, arte, etcétera. Y Joel Kupperman fue el más grande de todos, el primus inter pares. Lo sabía todo y lo demostraba en la radio y la tele ante decenas de millones de personas. Solo ignoró un detalle, las inextricables derivadas mentales que le sobrevendrían por todo ello. Hasta fue un estandarte antisemita en plena II Guerra Mundial. Pero se borró del mapa. Y ahora su hijo nos dibuja los pelos y señales psicológicos de su progenitor en un cómic llamado, como no, «Niño prodigio» (Blackie Books).

El pequeño Joel arrasaba en «Quiz Kids», el concurso de radio estilo «Saber y ganar» creado por el genio del entretenimiento Louis G. Cowan, «seguramente la persona más inteligente que aparece en este libro». Y no es poco decir, puesto que el protagonista de esta historia tenía uno de los mayores cocientes intelectuales jamás medidos: 219. Esa portentosa cabeza le daba para afirmar, de hecho, que «existe la extraña idea de que la inteligencia es un bloque único cuando en realidad uno puede ser muy listo para algunas cosas y muy tonto para otras». También decía que en ese programa no había pequeños genios. «Yo, desde luego, no lo fui», le contaría a su hijo medio siglo después.

Joel, abajo a la derecha, con otros compañeros de programa
Joel, abajo a la derecha, con otros compañeros de programa - NBC

Más de diez mil cartas de seguidores por semana le llegaban al «Pequeño Einstein», «Euclides en miniatura», «Matemago» o «Comptómetro humano» en 1943. Uno de sus grandes rivales fue el excéntrico Gerard, un jovencito arrogante especialista en naturaleza y ornitología que cayó en desgracia cuando su tía, experta en pollos, montó uno enorme al denunciar que Joel tenía trato preferencial. El tal Gerard reconoció de adulto haberse sentido explotado y no pudo conservar ningún trabajo ni pareja en su vida. Murió solo y alcoholizado.

Kupperman también se sintió explotado. El promotor Cowan quería un niño judío como él, modo propaganda antisemita en plena Segunda Guerra Mundial. Esta luminaria radiofónica incluso creó un programa para dar refuerzo moral a los soldados a la vez que que proporcionaba información errónea al enemigo. E hizo de Joel un auténtico emblema yankee. En su apogeo, el chavalín conoció a algunas de las personas más importantes del país, como Orson Welles o Henry Ford y, aunque sabía que le utilizaban, se dejaba llevar sin más. La que sí le agobiaba era su madre, quien guardaba «osbsesivamente» todos los recortes de los periódicos en los que salía su retoño. Muchos años después era la única en casa que hablaba siempre del concurso; saboteó todos los noviazgos de Joel, era agresiva y tenaz, y practicó toda clase de estrategias psicológicas para que el chaval continuara el mayor tiempo posible en el mundo del espectáculo. Y era obvio que bien no le hacía.

Carlos Blanco, el caso español
Carlos Blanco, el caso español

¿Cuál es su primera sensación al pensar en su época televisiva? «Muy buena. Es la antítesis del personaje que comentas», responde ahora Carlos Blanco, el egiptólogo más joven y entrañable niño prodigio patrio al rememorar sus días en «Crónicas Marcianas» con tan solo 12 años. El actual profesor universitario en Comillas empezó a estudiar egipcio clásico en la Sociedad Española de Egiptología a los 11 y, al siguiente curso, ya tenía matrícula de honor. Los periódicos se hicieron eco, y también Javier Sardá, que le invitó a su «Crónicas» un solo día, en principio. Acabó quedándose año y medio. «Me invitaron a hablar sobre filosofía griega, sobre Platón. Dediqué varios programas a Egipto y la cultura mesopotámica y terminé hablando de filosofía, de la civilización china, física, literatura, teología, psiconanálisis...». A Blanco no le agradan los concursos para niños tipo pregunta-respuesta como el que encumbró a Joel Kupperman: «Lo que pasa es que el tipo de televisión que yo hacía es distinto. Era desarrollar un tema, como dar una clase».

Joel Kupperman
Joel Kupperman

Pero volvamos a Kupperman, que tras batir todos los récords y retirarse -incluso huir una temporada a otro país, a la Universidad de Cambridge (Inglaterra)-, vuelve a Estados Unidos para participar en un nuevo concurso ideado una vez más por el inagotable Cowan. Se llamaba «$64.000 Question» y cambió el concepto de televisión con esta premisa: ¿y si los concursantes volvieran y jugaran por más dinero pero se arriesgaran a perder lo ya ganado? «El niño se hace mayor ¡Y vuelve a la carga!», titulaba el «New York Post» en la última entrevista que daría en su vida el pequeño Joel. Pero el concurso estaba amañado. Y se dio cuenta. Ganó y calló, porque no quería meterse en follones, pero puso fin a su estancia en el circo. La vergüenza le carcomía. Dos años después de aquel tejemenaje, la corrupción de estos concursos llegó a tal nivel que terminó en el Senado y los tribunales, en donde su creador Cowan tuvo que testificar finiquitando su carrera.

El compañero de habitación de Kupperman en la Universidad de Chicago dice que este se levantaba todas las noches gritando. Poco después de acabar sus estudios, se construyó una casa en el bosque y se encerró en sí mismo, rodeado de arte y libros antiguos, «y se pasó los 50 años siguientes reflexionando sobre carácter, ética y moral». También fue un brillante profesor de Filosofía, «influyó en miles de jóvenes», cuenta su hijo Michael, dibujante de «The New York Times» o del «Newyorker», en este libro que su padre no pudo entender por el Alzheimer. Pero antes, mientras lo preparaba, le preguntó: ¿Cómo te sientes cuando te presentan a alguien como niño prodigio? «Siento pena».