La escritora Ana María Matute, con un ejemplar de «Olvidado Rey Gudú»
La escritora Ana María Matute, con un ejemplar de «Olvidado Rey Gudú» - JORDI ROMEU
Entrevista inédita online

Ana María Matute: «A veces pienso que me caí de otra galaxia»

Con motivo del aniversario de su fallecimiento y de la edición conmemorativa de «Olvidado Rey Gudú» que acaba de llegar a las librerías, recuperamos la entrevista, inédita online, que la escritora concedió a ABC ante la publicación de esta obra monumental, en 1996

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Ana María Matute, 70 años, dos veces premio Nacional de Literatura y flamante académica, está excitada como una niña en vísperas de un viaje largo tiempo esperado. El martes presenta «Olvidado Rey Gudú», y se prepara para el acontecimiento con la ilusión y el desasosiego de una primeriza. Su mirada inquieta deja traslucir la importancia que este libro extenso (1.300 páginas) y mágico (poblado de duendes, hadas y caballeros) tiene para ella. Uno sospecha que quizá represente un punto y aparte, ahora que la vida vuelve a sonreírle después de dos décadas aciagas. Como si un hada hubiese tocado con su varita mágica a esta mujer con alma de niña.

Comenzó a escribir esta obra hace veinticinco años, y muchas veces dudó de que llegara a verlo publicado algún día. Ha sido necesario que su agente, Carmen , prácticamente secuestrase a la escritora y la encadenase a la mesa junto a una estricta secretaria para que las aventuras de este imaginario reino medieval llegaran a buen puerto. Ana María se ha preparado para la entrevista. Está hermosa, recién salida de la peluquería y maquillada con esmero. Coqueta, vigila al fotógrafo: «No me saques hablando, que luego esto va a parecer la galería de los horrores».

¿Por qué ha tardado tanto en escribir «Olvidado Rey Gudú»?

Hace veinticinco años tomé la decisión de escribir el libro, pero eso no quiere decir que haya estado veinticinco años escribiéndolo. Mi técnica consiste en escribir primero como un torrente, sin preocuparme de las correcciones para que salga más fresco, y después pulir el texto poco a poco. Lo que ocurrió es que me asaltaron las manías. Pensé que no iban a entenderme, o que no sería capaz de hacerlo como yo lo sentía por dentro. Hasta llegué a pensar que sería, si no mi testamento, sí el compendio de una especie de herencia recibida. El caso es que me obsesioné.

¿Qué le ha decidido ahora a terminar la novela?

Simplemente sentí que estaba preparada para hacerlo. Claro que algo influyó la gente que, como Esther Tusquets, Ana María Moix o Carmen Balcells, me insistieron para que me pusiera a trabajar.

Personas de su entorno dicen que este es el libro de su vida...

El último siempre lo es. Aunque seguramente éste lo sea con más razón, porque he soñado con él durante mucho tiempo. Me ha perseguido como te persigue la vida, como te persigue tu pasado...

Usted ha atravesado una etapa personal difícil que comenzó en los años setenta. ¿Volver al libro supuso el final de una vida y el inicio de otra?

Puede que sí. Cada vez que termino un libro es como si cerrase una puerta, porque de alguna manera la literatura está tan ligada a la vida del autor que cada libro marca una etapa. Y en ese sentido es posible que esta novela represente eso que usted dice.

Decía usted que teme no ser entendida. ¿Todavía se siente insegura, después de tanta vida literaria, de tantos premios?

Sí. Muy insegura. Cuanto más aprendo y cuanto más vivo, más me doy cuenta de lo mucho que ignoro y de lo mucho que me gustaría saber.

Pero tendrá amigos que lean los originales y le den su opinión...

¡Huy, no! Nunca. Sólo el editor.

¿También por inseguridad?

Más bien por pudor. Mostrar una novela es como ponerte desnuda delante de los demás. Y, además, yo no torturo a mis amigos, ni leo en voz alta ni hago ninguna de esas cosas que suelen hacer los escritores. A mí me horroriza que me lean, y me horrorizan las conferencias.

¿Por qué situó la novela en el siglo X?

No lo sé. Me apasiona desde niña. Me atrae de una manera tremenda, como me atraen los bosques. Quizá tengan algo que ver los cuentos que leí siendo niña, con aquellos bosques, con aquellos castillos. La Edad Media siempre fue para mí como un inmenso bosque donde todo puede ocurrir, lo más feroz y lo más maravilloso.

«Olvidado Rey Gudú» está poblado de seres fantásticos...

Y también reales. Lo que ocurre es que en la Edad Media, unos y otros convivían de la forma más natural. Los hombres creían en esos seres, algunos los sabían ver y otros no. Yo, por ejemplo, sí los veo.

Explíqueme eso.

Yo sí los veo. A los trasgos, a los duendes, a las hadas, a las pequeñas, menudas, criaturas de la Tierra. Yo he pasado mucho tiempo sola en los bosques, cuando de niña íbamos a La Rioja, a Mansilla de la Sierra, donde mi familia tenía una casa en el campo. Ahí aprendí a conocer el silencio, a sentir el roce de la hierba por un animalito que va pasando. ¡Y he visto al demonio!

¡Cómo que ha visto al demonio!

Sí, sí. Era un macho cabrío que estaba subido en una piedra mirándome con ojos amarillos. ¡Me pegué un susto! Aún corro. El demonio se ha aparecido siempre. En los conventos era cosa habitual. Y casi todos los caballeros veían hadas en las fuentes. El que no las veía, era sospechoso. La Edad Media tiene esa espiritualidad maravillosa.

¿Por qué ha situado la acción de la novela en Europa Central y no, por ejemplo, en la Península Ibérica?

Porque en la Europa Central se encuentra la Edad Media que a mí me interesa. Salvaje y misteriosa. Cuando allí los caballeros andaban pegándose mamporrazos y despiojándose, en España florecía la cultura árabe. Granada y la escuela de traductores de Toledo.

¿A usted le hubiera gustado vivir en esa Edad Media que refleja su hbro?

Ni hablar. ¡Con lo comodona que soy! Hombre, si estuviera en una situación muy, pero que muy privilegiada, aún.

¿Como hada, por ejemplo?

Eso. Pero con electricidad, agua caliente y todas las comodidades.

«Olvidado Rey Gudú» es una novela bastante inhabitual en la literatura española de hoy. ¿Cómo ve el panorama literario de nuestro país?

Hay una cosa muy buena. Aquí siempre hemos padecido las etiquetas: que si la Escuela de Barcelona, que si la de Madrid, que si el realismo social... Ahora no. Afortunadamente, ahora todo el mundo escribe como quiere, como debe ser, porque escribir es algo tan personal y tan íntimo que casa mal con las etiquetas. Además, la variedad es enorme. Están saliendo escritores jóvenes muy buenos y seguimos contando con maravillosos consagrados.

¿Mejor, entonces, ahora que en los años cincuenta, cuando usted frecuentaba las tertulias del café Gijón?

Quita, quita. Yo no iba al Gijón: me llevaban arrastrada. Mire: yo soy una mujer que no se aburre nunca, lo he pasado muy bien y muy mal, pero nunca me he aburrido... excepto en las tertulias del café Gijón. ¡Aquellos vociferantes señores que no decían nada! Horroroso. Y es que la posguerra fue muy triste, muy sórdida. Había una envidia, ¡madre del corazón, qué envidia! Se destrozaban unos a otros, no se podían ver. Yo no hablaba, ni me conocían la voz. Cuando me hacían una entrevista era mi marido el que me contestaba.

[Cuando habla de su marido, Ana María Matute siempre califica: el bueno y el malo. El del Gijón era, naturalmente, el malo, del que se divorció cuando en España separarse suponía poco menos que la muerte civil]

No podía más. Yo soy muy frágil, tanto físicamente como de temperamento. Siempre digo que hacerme daño a mí es facilísimo, como es muy fácil también hacerme feliz. Lo que ocurre es que cuando tengo que enfrentarme a la vida, planto cara con una fuerza que ni sé de dónde me sale. Y me separé. ¡Claro que hubo un revuelo social! ¿Y qué? Mis amigos lo entendieron y lo que pensara la gente que no me interesaba -que, por cierto, eran auténticas legiones- me daba igual.

Para usted aquella fue una época brillantísima, al menos en cuanto a premios literarios.

Psssí (sin convicción).

¿Se sentía usted privilegiada?

Lo pasé tan mal que no me sentía de ninguna manera. Yo veía los premios como un beneficio económico. Aunque algunos me hacían ilusión, lo más importante era el dinero porque entonces era joven, tenía un hijo, y lo necesitaba mucho. Yo nunca he escrito para ganar un premio.

¿Sintió usted que aquellos premios tençían alguna connotación política, alguna relación con que fuera usted mujer?

Sinceramente no lo creo. Hombre, a lo mejor si tenían que elegir, en igualdad de condiciones, darle el premio a una mujer o a un hombre, elegían al hombre. Y luego la crítica siempre tenía algún latiguillo que venía a decir: «Está bien, para estar escrito por una mujer».

Y encima una mujer guapísima.

Lo era. Todo se acaba, hijo.

Anda que no habrá roto usted corazones...

(Sonríe) Pues... sí.

Usted nunca ha entrado en las disputas literarias del país. ¿Por qué?

¿Ay, no! Que diga lo que quiera cada uno. Yo lo acepto todo, porque veo que todo el mundo tiene su parte de razón y su parte de error (yo, la primera). La literatura no es como las matemáticas, no hay verdades absolutas y todo es opinable, afortunadamente. Por eso me parece bien que haya disputas literarias, que se discuta -que discutir viene de discurrir, no de pelearse- y que cada cual defienda sus posiciones. Otra cosa son esos odios feroces que me horrorizan y que son toda una tradición en España.

Ahora que es usted académica, tendrá que dejarse ver en Madrid. ¿Le ilusiona esa nueva vida?

Como no la conozco, no tengo ni idea. Pero vamos, pienso ser muy formalita (ríe9 y espero qeu no me echen.

¿Qué le gustaría hacer en la Academia? ¿Qué cree que es lo más urgente?

(Gesticula con los brazos mientras sus labios dicen «nada» sin emitir un sonido). Pues... no tengo experiencia. Creo que lo primero que habría que hacer es procurar que entraran más mujeres. Yo no me puedo quejar, pero que en trescientos años sólo hayan entrado en la Academia tres mujeres es un poco fuerte, ¿no?

Hablemos de su próximo libro. ¿Cómo va «El paraíso inhabitado»?

Bueno, ahora debo respirar un poco después del esfuerzo que acabo de hacer. Pero ya estoy colocando las piezas del puzzle y espero no tardar mucho en escribirlo. Ojalá pueda hacerlo antes de morirme o antes de romperme la otra pierna, porque no crea, a mí me pasan cosas tremendas. (Ríe).

¿Se ha puesto un plazo?

No. Nunca podría. Tengo tal sentido de la libertad que no soporto que me pongan barandillas. Cuando tuve que terminar «Olvidado rey Gudú» a fecha fija lo pasé fatal. Gracias a Carmen Balcells, que me llevó a su casa y me tuvo allí encerrada hasta que lo acabé. Carmen es una mujer extraordinaría, conmigo se ha portado como nadie. Yo estaba muy nerviosa porque veía que se me echaba la fecha encima, así que estar allí de la mañana a la noche, sin escapaditas y controlada por una secretaria, me fue muy bien.

¿Y ha sacado conclusiones respecto al valor de la disciplina?

Sí. Que me gusta más lo otro. Mi manera de trabajar de siempre.

¿En qué consiste?

En no organizar nada de antemano. Cuando tengo un libro en marcha, escribo, por lo general, todos los días. Suelo hacerlo por la mañana, a las diez, porque no me gusta madrugar y, además, con sueño ni se puede escribir ni se puede hacer nada. Antes de esa hora soy una especie de ser ambulante, medio zombi, que va buscando café. Más vale no hablar conmigo, porque igual ataco. Escribo hasta que me canso, pero nunca hasta muy tarde. Las noches no suelen dárseme bien.

¿Por qué acostumbra a decir usted que escribir es sufrir?

Porque se sufre mucho escribiendo, como se sufre viviendo. Para mí, escribir forma parte de la vida y por eso a veces lo paso fatal; cuando las cosas no salen me digo: «¿Pero qué te crees, cretina? ¿Y tú te llamas escritora? ¡Tú lo que eres es una caquita». Claro que, de repente, un día las cosas comienzan a fluir, y entonces te pones contentísima y te dices: «Geniecito, geniecito». Así toda la vida, ¿se da cuenta? Es como vivir permanentemente entre el frío y el calor, en una continua ducha escocesa.

¿Se siente usted contemporánea, parte del mundo de hoy?

Yo siempre he sido aparte, me considero una especie de espectador de todo. Me cuesta un gran esfuerzo comprender el mundo que me rodea, y la gente. A veces me siento muy perdida en el mundo. ¡Me pego cada torta! ¡Me han dado cada una! Seguramente por eso soy una persona solitaria.

¿Sigue la vida política?

Lo normal. Nunca he creído en la política y por eso no me ha interesado. Pero sí los problemas sociales. Yo siempre he estado con los perdedores, con la gente que sufre, con los que lloran. El único pecado en el que yo creo, si es que existen los pecados, es hacer llorar a alguien. Eso sí me preocupa: la injusticia y ela buso de poder.

¿Qué le produce asombro?

Todo me produce asombro: lo que dice la gente, lo que hace. Mi capacidad de asombro ante el mundo y sus habitantes es tremenda. A veces pienso que me caí de alguna galaxia por error aquí, y vivo así, como un bicho rarito, como puedo o como me dejan. Siempre digo que me parece que aún no he cumplido los doce años...

¿Por qué esa edad precisamente?

Porque me siento muy unida a los niños de once años, y más a los niños que a las niñas. Cuando yo era pequeña, las niñas eran muy malas, por la educación que recibían se portaban como señoras recortadas, en miniatura. Nunca admití que al hacerme mayor yo también sería una señora. ¡Qué horror!

¿Qué tal convive usted con la vanidad?

No la tengo. Soy profundamente orgullosa, tanto que no me permito el lujo de ser vanidosa.