Lemaitre, fotografiado en un hotel de Arlés
Lemaitre, fotografiado en un hotel de Arlés - François Deladerrière

Pierre Lemaitre: «Las obras de ficción nunca han cambiado la historia»

El autor regresa a la Francia de entreguerras con «Los colores del incendio», continuación de la aclamada «Nos vemos allá arriba» con la que ganó el Goncourt en 2013

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Pierre Lemaitre (1951) se ha vuelto a mudar y, tras instalarse en Montmartre nada más ganar el Goncourt, recibe ahora en Arlés, coqueta ciudad sureña en la que Van Gogh perdió la cabeza –y, literalmente, también la oreja– y en la que el autor parisino ha encontrado la calma necesaria para seguir reescribiendo la historia del siglo XX. «En realidad no sé hacia dónde voy; sólo que quiero seguir escribiendo novelas sobre una década y luego sobre la siguiente», relativiza ahora que, aparcado el thriller y escondido en alguna maleta el comandante Verhoeven, publica «Los colores del incendio» (Salamandra), segunda entrega de esa trilogía de entreguerras que estrenó con «Nos vemos allá arriba». Un nuevo capítulo a ese bullicioso fresco de inspiración folletinesca e incisivo espíritu decimonónico con el que, además de celebrar el poso de las narrativas populares, sigue apretándole las tuercas a la familia Péricourt y a la Francia del siglo pasado.

Así, después de seguir los pasos torcidos de Édouard Péricourt, joven pudiente que regresa del frente herido y con una fenomenal estafa en mente, Lemaitre se arranca en esta segunda novela enterrando al patriarca de la familia y sumiendo a sus herederos y allegados en un ciclón de codicia, estafas y traiciones. En el horizonte, los nubarrones del nazismo empiezan a emponzoñar un paisaje que el propio Lemaitre resume a la perfección cuando, mediada la narración, hace un alto para resituar al lector. «Le consolaba pensar que la casa había vuelto a la normalidad en la medida que eso era posible en un sitio donde convivían un niño paralítico, una enfermera que no hablaba ni jota de francés, un periodista que cobraba por no hacer nada, una señorita de compañía que había cogido de la caja más de quince mil francos y la heredera de un banco familiar que no tenía la menor idea de lo que era un umbral de asignación o un valor nominal de crédito», escribe.

Ahora que hemos llegado a la segunda entrega de la trilogía, ¿las cosas marchan según lo planeado?

En realidad, «Nos vemos allá arriba» no era el primer tomo de nada; fue mientras escribía «Los colores del incendio» que me di cuenta de que sería una trilogía, por lo que había que hacerlo de forma armónica. De hecho, lo ideal sería escribir algo que abarcara todo el siglo, desde 1920 a 2020. Cien años. Pero esto supondría escribir muchas secuelas. De momento lo que hay es una trilogía con una unidad narrativa y un título genérico, que será «Los hijos del desastre». Luego me gustaría hacer una nueva novela ambientada en los años cincuenta que, quién sabe, quizá inaugure otra trilogía.

Con «Los colores del incendio» entramos en los años treinta y vemos el protagonismo creciente de los bancos, la implantación del capitalismo tal y como lo conocemos, y una barra libre de desmanes y corruptelas políticas ¿Demasiados paralelismos con nuestro propio presente?

Todas las épocas podrían ser espejos de otras anteriores, pero sí que es cierto que aquí las resonancias resultan más numerosas. Con los años treinta, es cierto, hay muchas similitudes. Con el crack del 29 el capitalismo ya había demostrado que es un deporte de alto riesgo y, paradójicamente, en esa misma época se inventaron las cuentas bancarias anónimas. ¡Qué casualidad!

Otro paralelismo que muestra la novela es el auge de los nacionalismos, los totalitarismos y la irrupción de la extrema derecha. ¿Estamos condenados a tropezar una y otra vez con la misma piedra?

No creo que la historia sea cíclica y se repita una y otra vez. Sí que puede haber cosas conectadas, pero eso no significa que la historia no avance, ya que cambian los parámetros. Ahora, es cierto, hay un auge de los nacionalismos, pero las redes sociales cambian un poco las reglas del juego. Mira lo que pasa en Francia con los Chalecos Amarillos: es algo sin precedentes. Es la primera vez que tenemos un movimiento así que no está vinculado a un partido político ni a un sindicato.

¿Y eso es bueno o malo?

Sólo la historia dirá, pero ahora yo creo que es algo positivo. El gobierno en Francia está integrado por tecnócratas convencidos de que saben mejor que nadie qué es lo que necesita el pueblo. Uno de los ministros de Macron dijo hace poco que uno de sus problemas es que eran demasiado inteligentes, así que me parece interesante que haya un movimiento que quiera retar y rebatir al gobierno. Es un buen síntoma que el pueblo le recuerde a los dirigentes que sigue ahí.

Queda la sensación de que con esta trilogía lo que quiere decir es que no se entiende cómo estamos ahora sin contemplar lo que ocurrió en aquellos años.

Pero no sólo eso. Nuestro presente se explica a través de los años treinta, sí, pero también con la creación de la Unión Europea. Dicho esto, creo que mis libros pueden servir para explicar las razones que nos han llevado a ser lo que somos. Espero que a algunos de mis lectores eso les ayude a reflexionar sobre la situación actual. Pero, ¿sabe? Las obras de ficción nunca han cambiado la historia.

Al final de la novela habla de sus «infidelidades a la historia auténtica».

Eso tiene que ver con la responsabilidad de los escritores. Yo soy novelista, no historiador, y por definición una novela es un conjunto de mentiras, así que tienes un margen de maniobra con la historia. En este sentido, creo que la responsabilidad de un novelista con la historia debe ser más moral que histórica. Por ejemplo, sin tener en cuenta la historia yo podría escribir una novela en la que las cámaras de gas nunca hubiesen existido, una novela revisionista, pero moralmente sería totalmente opuesto a quién soy. Así que, por más que no quiera seguir la historia al dedillo y no me importe si tal modelo de coche empezó a fabricarse en 1933 o en 1934, sí que creo que la veracidad es importante. Más que la exactitud. Es por eso que mi miedo no es que alguien me venga a decir si este coche o aquel sombrero no existían, sino que un historiador me diga que la novela no refleja la mentalidad de la época.

Echando un vistazo a los personajes que circulan por «Los colores del incendio», se entiende que la mentalidad de la época tenía mucho que ver con la codicia.

Así es. En los años treinta predominaba la codicia, la prevaricación, el amañar las cuentas..

Y todo visto a través de una ironía, una acidez, que parece indispensable para acercarse a épocas históricas literariamente muy transitadas.

Es más sencillo que eso: se debe simplemente a que escribo como soy. La ironía forma parte de mi manera de ver el mundo, y mis libros tienen mis cualidades y mis defectos.

Lo que no puede negarse es que le gusta poner en aprietos a sus personajes y hacérselas pasar canutas.

Un buen personaje es alguien que sufre. ¿Qué novela podrías escribir con dos personajes que no sufren, que se aman y están siempre de acuerdo? La prueba de que me caen bien mis personajes es precisamente que sufren.

A estas alturas, reivindicar a un autor como Alejandro Dumas, como hace en «Los colores del incendio», ¿es reivindicar también el poder de esa literatura popular denostada por la academia?

Popular, sí, pero con ella gané el Goncourt, el premio más prestigioso que hay en Francia. Así que es una literatura popular, sí, pero reconocida. La han legitimado. Yo me considero un autor contemporáneo, pero al mismo tiempo creo que no hemos aprovechado del todo la literatura del siglo XIX. Se pueden escribir obras muy contemporáneas que le deben mucho a la novela decimonónica. Lo que hago es apostar por esas recetas que funcionaban entonces y aprovecharlo al máximo. Las lecciones de los maestros del siglo XIX pueden ser válidas siempre que la escritura sea contemporánea.

¿Y qué ocurre con la novela negra? ¿La ha abandonado para siempre?

No forma parte de mis proyectos ahora mismo. Tiene muchas restricciones y obligaciones y una mecánica demasiada precisa. Además, cuando has disfrutado de la libertad de escribir novelas como «Nos vemos allá arriba» es muy difícil volver al pasado. Eso sí: todo lo bueno que tienen ahora mis novelas lo aprendí de la novela policiaca. Bien pensado, no he cambiado de género, porque sigo utilizando las mismas herramientas.