Lerroux, durante un discurso en la Plaza Monumental
Lerroux, durante un discurso en la Plaza Monumental

Las tres mentiras sobre Alejandro Lerroux

Roberto Villa desmitifica en su nueva obra la imagen de un político maltratado por la historia de España

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Vivimos una época en la que la historiografía se ha renovado. Pocos enarbolan ya la manida leyenda negra que tanto ha dañado a nuestro país desde el siglo XVI. Ahora prima estudiar el pasado desterrando las cansinas falacias que se han abrazado a lo largo de décadas. Ya no vale esgrimir argumentos tan huecos como que los conquistadores eran demonios barbados. La verdad se abre camino. Y no solo durante los años del Imperio, sino también en un pasado tan cercano como el XX; época en la que existe un personaje cuyo mito ha logrado superar con creces a la realidad: Alejandro Lerroux. De él ha quedado un recuerdo amargo. Los libros le definen como un oportunista ansioso de poder y un corrupto demagogo. Sin embargo, la realidad es que fue un político de masas que abandonó los dogmas durante su madurez y cuya mentalidad inclusiva fue precursora del espíritu de consenso que primó durante la Transición.

Así lo confirma a ABC el profesor titular de Historia Política de la Universidad Rey Juan Carlos Roberto Villa García. Sabe bien de lo que habla, pues ha estudiado la controvertida figura del político durante años para elaborar su nueva obra: «Lerroux. La república liberal» (Fundación FAES). Un libro que, documentación mediante, analiza la vida de un hombre que fue tres veces presidente del Gobierno durante la Segunda República y que, según desvela el autor, ha sido maltratado por nuestra historia «por culpa de las visiones de sus adversarios». Desde los «catalanistas, hasta los socialistas y los comunistas». «Los mismos diarios de Manuel Azaña han influido negativamente. Este siempre pensó que Lerroux había traicionado al republicanismo de izquierdas al aliarse y gobernar con las derechas católica y agraria», añade.

¿Cómo deberíamos recordarlo? En palabras de Villa, de dos formas diferentes. En primer lugar, como un joven «que encarnó el republicanismo de la España de entresiglos» y que se convirtió en «un organizador dinámico muy capaz y un líder carismático que supo integrar en la vida política sectores antes completamente inhibidos de la misma, como el obrerismo barcelonés». Aunque también como un hombre que, en su madurez, «fue un gran liberal que intentó consolidar una Segunda República abierta, inclusiva y tolerante», además de un «sistema de libertades que debía convertir ese régimen en uno nacional, que integrara en un marco común de convivencia a todos los españoles, sin diferenciarlos por sus ideas o su procedencia política». Nada que ver con la falsa instantánea de chaquetero que ha perdurado hasta ahora.

Bandazos y demagogia

Nacido en Córdoba en 1864, Alejandro Lerroux vivió una infancia tan turbulenta como prolífica a nivel político. Cuando apenas contaba 26 años empezó a militar en el Partido Progresista Democrático del republicano Manuel Ruiz Zorrilla y, tras ser diputado en 1901, se adhirió a la Unión Republicana en 1903. Durante estos primeros años se ganó la fama de demagogo por los incisivos artículos que escribía y por su anticlericalismo. La fusión entre estos dos mundos se ejemplifica con su famosa llamada a levantar las faldas de las monjas para hacerlas madres. Profundamente anticatalanista, no dudó en romper con su partido cuando este se alió con la Lliga Regionalista. Fue entonces cuando creó el Partido Republicano Radical, organización que lideraría entre 1908 y 1936.

Estos saltos a nivel político le convirtieron, a ojos de la sociedad, en un personaje voluble cuya única finalidad era conseguir el poder. Algo que Villa ayuda a desterrar en su obra. «Probablemente esa imagen descalificatoria de oportunista tenga que ver con que, a diferencia de otros políticos republicanos, Lerroux no era un dogmático y huía de las controversias divisivas que, antes y después de él, convertirían el movimiento republicano en una suma de impotencias», explica. En sus palabras, esta capacidad de evolucionar fue «una de las claves del éxito de su liderazgo durante tantos años».

«Lerroux no era un dogmático y huía de las controversias divisivas»

Algo parecido ha sucedido con su fama de manipulador y agitador. «El Lerroux joven fue un demagogo. El maduro era un republicano liberal que se permitía muy pocas concesiones a la demagogia», señala Villa. En sus palabras, el uso del populismo durante los primeros años del siglo XX era habitual entre los republicanos, «un movimiento antisistema que pretendía deslegitimar por todos los medios la monarquía constitucional creando un estado de opinión que permitiera, en una coyuntura propicia, traer la República». Por si fuera poco, durante su etapa en Barcelona nuestro protagonista competía con el anarquismo para ganarse el favor de los obreros. «Eso explica su discurso de extrema izquierda y anticlerical», añade el experto. En todo caso, estas dos características «fueron apagándose conforme evolucionó hacia un posibilismo claramente liberal».

Corrupto

Otro de los grandes mitos que se ha orquestado en torno a Lerroux es el que le muestra como un líder deshonesto que, durante la Segunda República, protagonizó los escándalos del Estraperlo y de Tayá-Nombela. Villa analiza ambos mediante documentación de la época para separar, al fin, el mito de la realidad. Así, reduce el primero «a su verdadera dimensión» y se zambulle en las causas del segundo. «El libro demuestra, entre otras cosas, que Nombela no fue un caso de corrupción, sino un escándalo alentado con suposiciones falsas y en el que anduvo mezclado Alcalá-Zamora con el fin de acabar con el liderazgo de Lerroux y dar el golpe de gracia a las Cortes de centro-derecha», explica.

A su vez, relativiza estos dos sucesos al compararlos con otros tantos protagonizados por otros mandatarios de la época. «Lo curioso es que esto haya condicionado la imagen de Lerroux. Políticos de la Lliga como Prat de la Riba o Puig y Cadafalch no fueron precisamente dechados de virtud administrando la Mancomunidad de Diputaciones catalanas, y sin embargo nos han llegado impolutos», completa.