Daniel Pinilla junto al exatleta Javier Sotomayor
Daniel Pinilla junto al exatleta Javier Sotomayor - ABC
Viajes

Daniel Pinilla: «Los cubanos son grandes inventores, capaces de hacer virtud de la necesidad»

El periodista y escritor sevillano ha publicado su tercer libro, «Hasta el mojito siempre» (Editorial Samarcanda)

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Daniel Pinilla (Sevilla, 1974) es periodista, escritor, director editorial, viajero impenitente y otras muchas más cosas. Pero ante todo es un observador curioso de la realidad que le rodea. Recientemente, acaba de presentar «Hasta el mojito siempre», su tercer libro, que ha publicado con Samarcanda, de la que es director editorial. En esta obra plasma su visión de la Cuba actual, que ahora mira hacia al futuro, tras la reciente muerte de Fidel Castro.

—¿Cómo fueron las circunstancias para dar ese salto del mundo del periodismo deportivo, en el que ha trabajado durante tantos años, al de la literatura de viajes?

—Fueron una amalgama de ellas: crisis de los cuarenta, zozobra en el mercado laboral de la prensa y necesidad de satisfacer un deseo largamente postergado, como era el de realizar un viaje largo (entiéndase ése que excede con mucho el tiempo de unas vacaciones ordinarias) para escribir un libro. En la vida siempre llega un momento en el que hay que mirarse ante el espejo y hacerse la pregunta definitiva: si uno es o no feliz, qué le aporta felicidad y si está en la mano conseguirlo. Si es cierto que el objetivo deseado es viable, resulta estúpido postergarlo por falta de valentía o arrojo.

—Esos viajes le han llevado por los países del Este, Centroamérica y luego a Cuba.

—Mi primer libro, «Polifemo vive al Este» (2014), fue una búsqueda de fronteras e imperios aparentemente olvidados en un continente, Europa, donde todos podemos entender que las fronteras no están en discusión y que la guerra es algo olvidado. Sin embargo, ahí está el territorio fantasma de Transnistria, la secesión de Crimea, lo que sucedió en Kosovo en 1999… El segundo libro, «Operación Malinche» (2015) se desarrolló tras un viaje por América Central, donde conocí en mis propias carnes cómo se las gastan las maras y rastreé las huellas de indígenas y conquistadores. Luego le ha llegado el turno a la Cuba eterna.

—La Cuba que retrata es la de los últimos meses de un Fidel Castro agonizante. ¿Qué lecciones ha aprendido de ese país que ahora se enfrenta a un futuro incierto después de la muerte del dictador?

Todo gran viaje supone un ejercicio de introspección y conocimiento propio. No podemos olvidar que las soluciones a todo están en el interior. Esta máxima en Cuba se multiplica; si algo enseña este fantástico país es que uno no debe juzgar por las apariencias y que con buena actitud todo tiene una solución. Los cubanos son grandes inventores, capaces de hacer virtud de la necesidad. Siempre andan resolviendo, como acostumbran a decir. Algo de eso se me ha pegado: a tomar decisiones con determinación y aceptar con hombría las consecuencias. En el fondo se trata de vivir con plenitud.

—¿Cómo juzgará la historia a Fidel Castro?

—Quizás sea la pregunta del millón. Para una buena parte de la población cubana, aquella de más edad que conoció el periodo de Batista de forma directa o a través de sus padres, el denominador común es el fidelismo (mucho más que revolucionario); es decir, se parte de la base de que Fidel siempre estuvo bien intencionado y que si algo salió torcido fue porque engañaron al Comandante. Y si hacen falta más culpables, siempre está la carta del bloqueo de los estadounidenses. Por otra parte, están los que consideran que un régimen de partido único que se llama a sí mismo revolucionario y que lleva bastante más de medio siglo atrincherado en el poder es algo indefendible. La información de Forbes relativa que Fidel ocuparía el séptimo puesto entre los mandatarios más ricos del planeta, estando bastante empobrecidos sus compatriotas, tampoco ha ayudado mucho.

—En Cuba cubrió un hecho histórico, el regreso de un presidente estadounidense a la isla después de muchos años. ¿Qué supuso ese encuentro entre Barack Obama y Raúl Castro?

—Yo estuve presente en el Palacio de la Revolución durante aquella famosa rueda de prensa. Me acredité y trabajé como corresponsal (demasiado grande fue la tentación como periodista que soy), algo que reflejo en los capítulos finales de mi libro. Obama no entró al trapo cuando se le preguntó por los derechos humanos y se limitó a hablar bien de José Martí (figura adorada por toda la isla) y de los cubanos, mientras que Raúl elevaba el tono y marcaba distancias con asuntos como la Base de Guantánamo. Obama pretendió ofrecer una cara amable (se prestó a participar en un programa televisivo local y fue a cenar a un paladar) con la intención, pienso, de generar a medio plazo contradicciones dentro del sistema comunista y hacerlo implosionar. Todo mediante la liberalización económica que debería generar casos de éxito inasumibles para un sistema tan hermético como el cubano. Un dato interesante: mucho se ha hablado de la importancia de Florida en las pasadas elecciones de Estados Unidos. Pues bien, ganó Trump y ya sabemos que en ese Estado hay muchas decenas de miles de cubanos exiliados que mayoritariamente han interpretado como una actitud demasiado amable de Obama (por extensión de Clinton) con los Castro. Al final, casi podría decirse que la visita a La Habana le ha costado la presidencia a los demócratas. Quién sabe.

—¿Cree que el hijo de Raúl Castro, Alejandro, sucederá a su padre y continuará, de esa forma, con el castrismo o piensa que el futuro se encuentra en la vía democrática?

«Cuando esté en el poder alguien que no haya empuñado un fusil en Sierra Maestra, será difícil que el régimen aguante mucho más»

—La respuesta no la tiene nadie. En Cuba se habla mucho de la posibilidad de que Díaz Canel sea el sustituto de Raúl, aunque también hay quien apuesta por su hijo. En cualquier caso, cuando esté en el poder alguien que no haya empuñado un fusil en Sierra Maestra, va a resultar difícil que el régimen aguante mucho más.

—Cuénteme algo sobre la intrahistoria que retrata en el libro. Tengo entendido que se entrevistó con Javier Sotomayor, con un santero y con toda una variada galería de personajes muy variopintos. ¿Cómo fueron esos encuentros?

—Muchos, la mayoría, te los da el viaje. En Sierra Maestra conocí, por ejemplo, que los hijos de un guajiro de la zona habían funcionado como «arma psicológica» de la Revolución durante la guerra. Es decir, ¡Fidel puso a cinco niños a tocar música en el frente de batalla para desmoralizar a la tropa enemiga! Rápidamente, me puse en marcha y localicé a uno de aquellos músicos, hoy un anciano. La entrevista, reproducida en el libro, es impagable. Luego me he visto con Javier Sotomayor, el jefe de Información Internacional del Granma, el secretario de la Conferencia Episcopal cubana, un espía cubano que estuvo apresado 16 años en EE.UU., Silvio Rodríguez, santeros, jineteras, balseros, intelectuales, artistas, gente anónima… He tratado de pulsar las opiniones de todos los sectores y, por supuesto, la mía propia. No digo que mis conclusiones, tras el viaje, muchísimos libros de documentación y las entrevistas, sea la Biblia. Pero es mi opinión y lo honrado es ponerla negro sobre blanco. Creo que el libro ha resultado incómodo para la mayoría porque no compro argumentarios completos en ningún sentido.

Portada del libro
Portada del libro- ABC

—Tras escribir el libro, ¿qué es lo que se lleva en su memoria sentimental de todas esas experiencias vividas en Cuba?

—Me estoy cubanizando a marchas forzadas. Desde mi editorial (Editorial Samarcanda) hemos tendido un puente literario entre España y la mayor de las Antillas. Bajo el sello Guantanamera, en pocos meses vamos a sacar al mercado una colección de libros de autores cubanos, toda una generación que ha permanecido prácticamente invisible hasta ahora para el gran público. Estoy muy orgulloso de los libros que van a ponerse en valor en el mercado internacional con nuestra ayuda y es un placer servir de altavoz para autores tan preparados.

—Me imagino que ya estará pensando en un nuevo libro. ¿Se puede adelantar algo?

—Sinceramente, hace meses que no descanso un día completo. Ahora mismo me parece ciencia ficción salvar tiempo de calidad para preparar otro libro, pero sí es cierto que tengo dos ideas que me rondan la cabeza y que me hace ilusión comenzar a enredar con un nuevo proyecto literario.

—¿Cómo puede mantener ese ritmo frenético de tres libros en los últimos tres años —nacidos a raíz de sus respectivos viajes—, y compatibilizarlo, desde hace unos meses, con sus responsabilidades como director editorial de Samarcanda?

—A veces teta y sopa caben en la boca. Es cuestión de no bajar los brazos y no darte por vencido antes de tiempo. Y de organización.