Manuel Ferrand, en el centro, recibe el cheque del Premio Planeta ante la mirada del editor José Manuel Lara
Manuel Ferrand, en el centro, recibe el cheque del Premio Planeta ante la mirada del editor José Manuel Lara - ABC
LITERATURA

Manuel Ferrand, el novelista que escribía en los periódicos

El periodista de ABC ganó en 1968 el Premio Planeta con la novela «Con la noche a cuestas» en la que convertía Los Remedios en territorio literario

SEVILLAActualizado:

En la novela «Con la noche a cuestas» hace frío, hay candelas en la noche, andamios, obras, charcos negros que espejean los nuevos perfiles de un barrio en construcción: Los Remedios. Con ese libro, el escritor, periodista, dibujante, profesor y crítico de arte Manuel Ferrand (Sevilla, 1925-1985) ganó el Premio Planeta en 1968, hace exactamente cincuenta años. Un galardón que proyectó a un narrador brillante de prosa ajustada y limpia, maestro de irónica lucidez y luminoso fondo reflexivo. Y con el que se inaugura el tiempo fugaz y glorioso de los narraluces.

¿Qué ha ocurrido en estos cincuenta años? ¿Qué vigencia sigue teniendo la novela de Ferrand? ¿Y su prosa periodística? ¿Ha olvidado Sevilla a este narrador que supo describir como pocos el alma de la ciudad?

Además de «Con la noche a cuestas», Manuel Ferrand fue autor de otras novelas como «El otro bando», «La sotana colgada», «Quebranto y ventura del caballero Gaiferos» o la miscelánea «Fábulas sin remedio». Ferrand también desplegó buena literatura en sus artículos periodísticos desde las páginas de ABC, donde fue redactor jefe y deslumbrante protagonista de una época perdida del periodismo con epopeyas de cenizas frías, tinta y larguísimas madrugadas. Parte de esa obra se rescató en libros como «Calles de Sevilla», «Gastronomía sevillana» o «La naturaleza en Sevilla». Libros hoy inencontrables que acaso sólo habitan en el olvido de las librerías de viejo.

Contó Ferrand la historia de esa Sevilla del tardofranquismo (ciudad de los enanos, en clave ferrandiana) y también de la década prodigiosa y desengañada de los ochenta. En estos artículos ya asomaba el gusto agridulce de la ilusión amenazada por la sombra de un fracaso que sospechaba y que en buena parte se ha confirmado.

La novela «Con la noche a cuestas» obtuvo el Premio Planeta en 1968, dotado entonces con un millón cien mil pesetas, y Ferrand se convirtió en el único sevillano que ha obtenido el galardón. En esta novela consiguió incorporar Los Remedios, un barrio moderno y cuestionado en los tratados urbanísticos, a los territorios literarios de la ciudad.

La novela muestra las casas marmóreas y frías de una sórdida modernidad. El barrio es una metáfora de cierta burguesía vacía, egoísta y despreocupada, Pero él da protagonismo a los habitantes de la contrapostal, a los anónimos que vagaban por sus calles.

«Con la noche a cuestas» narra la historia de Tirso, el guarda de la obra de un bloque en construcción, y de Castro, el sereno del barrio, ejemplo perfecto de personaje de novela de Ferrand, desvelado a través de monólogos interiores de gran hondura psicológica. En la novela aparentemente no pasa nada. Hasta que ocurre ese final imprevisto y un punto apocalíptico que deshace el sueño poderoso del barrio opulento. Ruinas después de «un ruido grave, prolongado, como de tormenta o explosión lejana».

Ferrand despertó el asombro con su novela. Había ganado el Premio Planeta un autor desconocido, ajeno y lejano de Madrid y Barcelona, las ciudades donde se cocían los éxitos literarios y se proyectaban las carreras literarias. De pronto los novelistas andaluces comenzaron a ganar los más importantes premios literarios. Quizás el hecho de que José Manuel Lara, propietario y creador de la editorial Planeta, fuera sevillano provocó que se colocara la lupa sobre la literatura que se hacía desde el Sur. Es el momento de los narraluces: el propio Manuel Ferrand, Julio Manuel de la Rosa, Manuel Barrios, Aquilino Duque, Alfonso Grosso, José María Requena, Antonio Burgos, Vaz de Soto, José Luis Ortiz de Lanzagorta, Carlos Muñiz, Luis Berenguer o José Manuel Caballero Bonald.

Bonald había ganado el Seix Barral, Ferrand el Planeta, Requena el Nadal, Berenguer el Premio Nacional de la Crítica, Grosso el Alfaguara y Julio Manuel de la Rosa el prestigioso premio Sésamo de Cuentos. Además se crea el Premio Ateneo de Novela que ganarían Manuel Barrios, Caballero Bonald o Antonio Burgos.

Hay quien vio en el éxito repetino de los narraluces una estrategia editorial para señalar la versión española del boom latinoamericano por su prosa barroca y la carga sensorial del lenguaje. Y aseguran que por eso duró poco. Los narraluces ni siquiera se han incorporado con normalidad a la historia oficial de la literatura española y hoy es difícil encontrar sus libros.

Pero habría que considerar que, más allá de la supuesta estrategia comercial, en Andalucía, tierra de poetas, coincidió un excelente grupo de novelistas caracterizados por una impecable calidad de página y una ambición del lenguaje literario como en pocas ocasiones se ha visto. Más que estrategia quizás habría que hablar de oportuna justicia literaria porque al fin la brújula apuntaba a un territorio fundamental en la historia literaria. Y Ferrand estuvo en la proa de ese grupo, sobre todo, a raíz del éxito de su novela.

Sin embargo, el escritor no despuntó sólo en sus novelas. Hay un periodismo excelente que se descubre en las páginas de La Codorniz y en ABC: en las glosas que publicaba en las páginas de huecograbado y en sus columnas.

Hombre de grandes erudiciones, escribió artículos sobre la Historia de la ciudad rescatando a personajes del pasado, paseó por las calles de Sevilla y se adentró en los jardines secretos. Tienen estos artículos un sabor elegíaco, porque, como todo el que ama Sevilla, sabía Manuel Ferrand que cantaba algo irremediablemente perdido.

Y no faltaba el periodista crítico, punzante, certero de sus artículos de denuncia. Sabía manejar la pluma como un estilete. Por eso, destacó con la finura de su ironía. Repasando sus últimas columnas en ABC, poco antes de su muerte, se descubre una Sevilla que no ha cambiado demasiado. En marzo de 1985 critica la indolencia de la ciudad al mismo tiempo que la considera víctima del centralismo: «Sevilla duerme. Lleva muchos años, demasiados, en dulce y peligrosa siesta, sin trazas de abrir los ojos. Dormida sigue mientras se desliza temerariamente hacia una inmerecida mediocridad».