Daniel Pinilla sentado en la mesa en la que Gabriel García Márquez escribió «El otoño del patriarca»
Daniel Pinilla sentado en la mesa en la que Gabriel García Márquez escribió «El otoño del patriarca» - ABC
ENSAYO

«No se puede pensar en España dando voces en un bar»

El sevillano Daniel Pinilla reflexiona sobre la nación más antigua de Europa en su último libro: «Expaña»

SevillaActualizado:

Desde que Homero escribiera la «Odisea», el viaje ha formado parte del ADN de la literatura universal y, en el caso del sevillano Daniel Pinilla (1974), de la mayor parte de su producción libresca, con paradas que van desde los países del Este de Europa a la Cuba de Fidel Castro.

Sin embargo, en su nuevo libro, «Expaña» (Sanarcanda), Daniel Pinilla se interna por los caminos de España, tras la huella de cronistas que la recorrieron a principios del siglo XX, como Azorín o Rubén Darío, y a la búsqueda de las señas de identidad de un país en el que declararse patriota es una invitación a que te califiquen de facha.

En su itinerario, desde las Islas Canarias a la Gerona de Puigdemont, pasando por la valla de Melilla o la estación de Canfranc, el autor trata de pensar en su país, con sus contradicciones, sus luces y sus sombras, para tratar de construir un relato sobre qué significa hoy España y ser español.

Tras años escribiendo sobre viajes por el extranjero, le llega el turno a España. ¿El desafío independentista catalán, que ha vuelto a cuestionar España, está en el origen de este proyecto?

Sí y no. Por una parte, me ha parecido oportuno aportar algo para que el debate sobre el sentido de España sea de mayor altura. Todos tenemos la obligación de pensar el país que habitamos y no se puede hacer en 140 caracteres o dando voces en un bar. Hemos de tener claro que pensar diferente no significa ser un enemigo. Es obvio que el incendio desencadenado por la declaración unilateral de independencia del parlamento de Cataluña ha encendido el debate. Con mi libro, no he pretendido reafirmar que mi concepto de España sea el correcto, sino que he tratado de aproximarme a la realidad tan plural que existe a través de un viaje y a la vieja usanza, como los antiguos cronistas hazañosos.

El título, «Expaña», no augura unas conclusiones felices sobre su reflexión sobre la nación más antigua de Europa, la misma sobre la que abribuyen a Bismark la siguente frase: «España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido».

No existe consenso en relación a si esa frase es realmente de Bismarck, pero no va muy desencaminada. España es un país especialmente dotado para producir desafecto sobre sí mismo. La única nación del mundo que ha sido capaz de generar todo un continente mestizo se pasa el día a medio camino entre la vergüenza de un sentimiento nacionalista identitario, demasiado identificado con una dictadura militar, y el desconocimiento de su propia grandeza. La sombra de la Leyenda Negra llega hasta nuestros días y está instalada en la psique de todos nosotros.

En el prólogo hace referencia a la Generación del 98, la primera que plateó la crisis sobre qué es España, ¿por qué un siglo después los españoles nos seguimos preguntando lo mismo?

Pues porque cuando cayeron las últimas colonias, los españoles estaban más pendientes de las proezas de toreros como Lagartijo (los Messi y Cristiano del momento) que de la honda crisis nacional que se respiraba. En aquel momento se dinamitó la idea de que pertenecer a España era adecuado, ya que el país no había sabido cuidar sus mercados. El desplome de la economía y el hecho de que el orgullo nacional se fuera por el desagüe hizo que aflorasen diversos sentimientos nacionalistas dentro de la propia España. Hoy, más de un siglo después, aquella encrucijada no ha sido del todo entendida y, por tanto, no está superada.

¿La falta de una idea de España se debe, como señala en el libro, a la suma de falsos mesías, ladrones, medios de comunicación irresponsables, políticos corruptos…?

También a nosotros mismos. No podemos buscar culpables de que alguien que se defina como español deba aclarar a posteriori que eso no implica ser facha o fascista. Somos nosotros, los españoles (queramos serlo o no) los que hemos permitido esa contaminación del concepto. Tener los políticos que nos dirigen no es cosa de mala suerte. Es nuestra responsabilidad, porque son un reflejo de nosotros mismos. Y si miramos a los gobernantes y vemos poco nivel, pues la culpa es nuestra.

¿Por qué cree que España, a diferencia de otras naciones modernas como Francia e Inglaterra, no ha logrado crear ya no un patriotismo sino tan siquiera una conciencia nacional donde una inmensa mayoría se sienta cómodo?

España ha manejado de forma muy deficiente la imagen que ha proyectado de sí misma. Mientras que en Inglaterra, por ejemplo, silenciaron la derrota estrepitosa de Vernon en Cartagena de Indias a manos de Blas de Lezo, el asunto de la Armada Invencible está hasta en la sopa. La Inquisición fue un error y murió de vieja, como dijo Larra. Pero las purgas de los calvinistas fueron mucho más numerosas: por ejemplo, un humanista gigante como Miguel Servet fue quemado en la hoguera en Ginebra. En América del Norte los nativos americanos prácticamente fueron esquilmados, mientras que Hernán Cortés es considerado el padre del primer mestizo del Nuevo Mundo. ¿Se ha vendido eso? En absoluto. De hecho, fui a Medellín, donde nació Cortes, y hay un par de miserables piedras conservadas de lo que fue su casa natal. Tenemos lo que nos merecemos.

Dicen que el nacionalismo se cura viajando, pero usted ha optado por viajar para tratar de dar respuesta a qué es España, ¿cuáles son las principales enseñanzas que ha extraído de este viaje?

Yo no me considero nacionalista, básicamente porque soy muy caprichoso y suelo querer «hacerme» de cada país que visito. Y he estado ya en más de cien. La principal enseñanza quizás sea que todos los países estamos habitados por seres humanos falibles que emiten juicios igualmente falibles. Y que eso tan manido de «lo que pasa aquí no sucede en ningún otro lugar», «somos el producto de un cruce de culturas como no ha habido otro», «nuestros políticos son los peores del mundo» y demás opiniones simplistas son falsas, porque eso mismo se puede decir de todos los lugares y pueblos del planeta. No somos tan especiales. Así que lo mejor que podemos hacer el conllevarnos, por utilizar el término que implantó Ortega y Gasset para referirse a la Cuestión Catalana. Pragmatismo, igualdad ante la ley y pedagogía. No hay más.

Dígame un lugar de obligada visita para un español para conocer bien su país y que no aparezca en las guías de viajes al uso.

Quizás te diría Iria Flavia, el pueblo gallego donde fue obispo Prisciliano, un religioso gallego que fue acusado de brujería y acabó asesinado por la ortodoxia. Su influencia en la psique colectiva española fue gigante, hasta el punto de que no hay que descartar que el traslado de sus restos a su Galicia natal fuera el origen del Camino de Santiago, que luego sería el eje vertebrador de la Reconquista y de España como construcción nacional moderna. Así que es posible que un hereje haya sido la motivación invisible para una nación regentada por católicas majestades que ha evangelizado un continente entero. Desde luego, tal cóctel es muy español. No cabe definición mejor de lo que es este país tan particular.