Paco Jarana, Rafael Riqueni, Manolo Franco, Segundo Falcón y, bailando, Antonio Canales
Paco Jarana, Rafael Riqueni, Manolo Franco, Segundo Falcón y, bailando, Antonio Canales - vanessa gómez

Bienal de Flamenco 2014: Historia de Sevilla... Y Riqueni

El guitarrista trianero, Paco Jarana y Manolo Franco hicieron una versión de Amarguras que jamás se olvidará

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Rafael Riqueni tocó en Sevilla con el alma en sus manos por soleá. Rafael Riqueni. Aquí podría terminarse esta crítica. Quedarse en blanco para que su trémolo tenga eco. Vaya y venga por los rincones diciendo que, por soleá, ese hombre es el dios más grande de la creación. Porque le suenan las falsetas a alfares. Porque nunca repite dos ideas. Porque toca lento y con poso, con madre en el fondo de la boca de su sonanta. Y porque incluso cuando falla tiene la flamencura sudándole por las yemas de los dedos. Ese guitarrista es un genio. No abuso de la palabra. Un elegido. Y después de mil tormentos se sentó anoche otra vez en la silla y tocó para que se eche el telón. Acabó con la Bienal. Por muchas cosas. Por la emoción de verlo ahí entero en su juego de niños. Y porque en esa soleá hubo otra vez dos o tres falsetas nuevas que le cambian el paso a la guitarra. Hoy están todos locos buscando saltos mortales. Le tienen miedo al silencio. Riqueni no. Riqueni lo domina, es su dueño. Toca por arriba como se ha tocado de toda la vida. Rebusca en los acordes de paso. Y logra melodías que son bandas sonoras de los callejones. Ya me está viniendo otra vez el trémolo. Pero voy a decir otra cosa a voces, desgañitándome si hace falta. Manolo Franco es otro genio que ayer le tocó por guajiras a la Torre del Oro, puerta de Indias, con un sentido propio crucial. Y Paco Jarana es el tercero. Le abrió la puerta a la escuela de Ricardo por bulerías, medio tono por debajo del diapasón. Haciendo locuras propias de un iluminado. Los tres son tímidos. No ronean. No quieren focos. Esconden la cabeza detrás de la bajañí. Son los grandes maestros de hoy. Sin duda. Y anoche tocaron juntos. Lo siento por quien no estuviera. Fue Historia de Sevilla. De la Sevilla eterna que suena por seguiriyas como las campanas de Santa Ana o como las manos doradas de Manuel Serrapí, el niño de Ricardo, el padre de una manera de tocar despacio que se quedó ayer impregnada en las cortinas del Lope de Vega para siempre. Cuando ese trío de monstruos callados salió a tocar «Amarguras», los cimientos del teatro se movieron. Qué versión. Mandaba Riqueni, que es el dueño de esa marcha de Font de Anta cuando suena entre las seis cuerdas andaluzas. Pero Franco y Jarana, que en realidad tienen el mismo apellido tocando aunque vayan por calles distintas, se pusieron a meter diabluras hasta lograr una música nueva. A compás. Con tanto pulso flamenco que pedía oles a borbotones. Entra uno, sale el otro. Siempre Rafael en medio. Qué barbaridad. Eran una orquesta sinfónica de tres. Y tocaron los cielos que perdimos con sus manos. Sevilla a sus pies. Para que luego saliera Segundo Falcón a pasear con ellos por los entresijos de nuestro cante. Por seguiriyas. Con los tres bordonazos de la plazuela de Triana de Riqueni dándole la hora. El del Viso salió con la toná del Cristo chaconiana, oliendo a Morente, y cuando las guitarras se metieron en faena se asomó al puente para acordarse del reniego de Tomás Pavón y de la limosnita de Cagancho. Y del cambio de Curro Durse que cantó en los días señalaítos Manuel Torre. Y de la cabal de Silverio Franconetti viniendo desde la calle Rosario hasta la cava. Allí se quedó Falcón, disfrutando del lujo impagable de esas sonantas históricas, para decir por soleá unas letras del Zurraque de cuando mataron a Tarabita. Ay, Antonio el Arenero. Y la soleá petenera de Pepe el de la Matrona. Estaba trabajando el visueño en su media voz. Regocijándose en su infinita afición a sabiendas de que tenía a su vera un tesoro. No quiso protagonismo. Le bastaba con que su gusto se lograra. Rendir tributo a los maestros olvidados de esta ciudad desmemoriada. Se vino por el puente otra vez a Sevilla por malagueñas de la noche que el padre de la Rubia mató al Canario. Y se abandoló con los aires de Pérez de Guzmán por Huelva y de Frasquito el de Graná. Sevilla como crisol. Epicentro de lo jondo. Las alegrías fueron la mejor muestra de esta búsqueda. Se paró en la romera maestrante de Mairena en el calor de sus recuerdos. Y cogió el tren para Córdoba desde Alcalá, cuna de José el Platero, el cantaor que recibió los mayores elogios en las crónicas la noche que Antonio Mairena ganó la Llave del Cante. A esa hora ya estaba segundo desprovisto de sus ecos morentianos. Más metido en sus Alcores. Y viendo cómo los tres genios se disputaban las falsetas para renovar la forma de acompañar. Por eso los fandangos fueron apenas unas perlitas. Susurros del Carbonerillo y Pepe Aznalcóllar. Queja amarga del Pichichi el del barrio de los Carteros en sus formas del Bizco Amate. Un dolor por Antonio el de la Calzá. Y el baile de Canales. El único bailaor que queda que sabe bailar con la cara. Con los gestos. Sin necesidad de moverse. Escuela sevillana de macho. Antonio ya no tiene el trapío que tuvo, pero ha ganado en presencia. Sigue con sus extravagancias, como ponerse luces en las botas para bailar por tangos. Pero cuando se paró por soleá, todos juntos en el escenario, y la Giralda terminó de trazar su silueta en sombra detrás de esos señores, un guitarrista que camelo me dijo al oído una sentencia que le robo en mitad del eco de esta noche célebre: el flamenco acaba de rematar un capítulo definitivo de la Historia de Sevilla... Y Riqueni.