Rafael Riqueni, tocando por soleá con el follaje de la orilla del Guadalquivir por Gelves a su espalda
Rafael Riqueni, tocando por soleá con el follaje de la orilla del Guadalquivir por Gelves a su espalda - juan josé úbeda

Rafael Riqueni: «Hice "Amarguras" en un avenate de locura»

El genio sevillano de la guitarra, uno de los grandes triunfadores de esta Bienal, repasa su vida, con sus luces y sus sombras, en esta entrevista

Actualizado:

Tocó por soleá el domingo en el Lope de Vega y Sevilla se quitó el sombrero. Porque este trianero es, sin abuso de la palabra, uno de los grandes genios del flamenco de todos los tiempos. Una gloria viva. Hijo de mil tormentos, víctima de una carrera irregular por mor de su salud, padre de una forma de tocar la guitarra que viene del Niño Ricardo y santo y seña de miles de guitarristas de todo el mundo, Rafael Riqueni, trianero de la calle Fabié, se rodeó de Manolo Franco y Paco Jarana, otros dos monstruos, e hizo una versión de «Amarguras» de Font de Anta que pasó directamente a los anales. Se recordará siempre. De cómo se gestó esa obra hace casi tres décadas y de su vida a grandes trazos habla en esta entrevista hecha junto a su casa actual, en Gelves, orilla trianera del Guadalquivir. Con la guitarra en la mano y el río naciendo en la boca de su sonanta.

—¿Cómo está ahora, maestro?

—Yo me encuentro muy bien ahora de salud, muy estable dentro de mi enfermedad bipolar. Ahora me está llevando un médico de aquí, que es Indalecio Leonsegui, y me encuentro en un momento fantástico de salud. Fenomenal.

—¿Y artísticamente?

—Artísticamente con mucha ilusión, tocando muchas horas. Yo pienso que gustándome yo es como puedo gustar al público, así que confío en tocar disfrutando de lo que hago.

—En sus horas de habitación a solas con la guitarra, con lo que lleva pasado, ¿consigue gustarse?

—Sí, es lo que intento. Intento olvidarme de la técnica y dedicarme a la expresión, porque la guitarra tiene una parte técnica, pero la parte de la expresión es el culmen de la inspiración. Eso es lo más importante.

—Nació con una guitarra en las manos. No se ha separado de ella ni en sus peores momentos.

—Sí, siempre he estado con la guitarra al lado. Cuando no he tenido nada, siempre me acompañaba ella. La primera guitarra que tuve fue de juguete cuando vivíamos en Triana. El ambiente que se vivía era muy flamenco sin ser profesionales los vecinos. Eso me ha hecho estar siempre cerca del flamenco, de las palmas cuando era pequeño, de las nanas. Ya después en Triana escuchaba a gente mayor que yo y empecé a tocar rumbas, que era lo típico de aquel tiempo. Me fui animando y la primera guitarra que tuve me la regaló mi padre y le costó en aquellos entonces 500 pesetas. Era una guitarra muy corriente. Pero con ella aprendí con un primo mío que se llama José Acedo, que es profesional. Él me puso las falsetas de la escuela de Ricardo. Mi escuela viene del Niño Ricardo.

—¿Y cómo se abrió a crear sus cosas?

—Yo empecé por Ricardo, pero lo que me hace decidirme a tocar es el disco «Fuente y caudal» de Paco de Lucía, como a tantos guitarristas, porque ese disco fue una revolución para la guitarra. Yo era un niño. Aquello me impresionó y fue lo que me impulsó a tomarme en serio la guitarra hasta el día de hoy. Muy pronto me di cuenta de que debía de crear mis propias cosas, mi propia música, seguir mi propio camino. Así que lo de la composición me viene de muy niño, de muy adolescente, porque era como una necesidad. Lógicamente las primeras falsetas que saqué por soleá eran cosas muy básicas, seguramente inspirado en otros guitarristas. Podían sonar infantiles y un poco fuera de compás, pero al menos eran mías. En ese espejo me miré siempre. Y con 14 años fui al Nacional de Córdoba y lo gané. De ahí fui a Jerez… También tuve una experiencia muy enriquecedora con la copla, Isabel Pantoja, Rocío Jurado, María Jiménez... Eso me enriqueció mucho musicalmente. Me aportó muchos conocimientos armónicos porque la copla es muy rica. Y también fue muy importante el toque para cantar y para el baile con Mario Maya. Así llegué a mi primer disco, «Juego de Niños»…

—Aquello fue una revolución. Normalmente todos los guitarristas componían en función de su técnica. Riqueni primero componía y luego creaba su propia técnica para poder tocar eso. Los volvió usted locos a todos.

—Yo creo que eso es producto de una búsqueda desde niño de mi propia identidad y de haber escuchado a muchos guitarristas tanto antiguos como compañeros míos. Escuché mucho a Sabicas y a todos, pero siempre buscando mi propia identidad y expresión. Ahí encontré un camino y, efectivamente, creé una técnica propia en los arpegios y en la forma de digitar para expresar mi propia música, por eso es posible que algunos guitarristas piensen que soy diferente.

—Le han imitado muchos. ¿Es consciente?

—Todos los guitarristas jóvenes hemos tenido un espejo donde mirarnos. Yo lo tuve en Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar y Serranito. Me imagino que los chavales que vienen ahora lo van teniendo en nosotros, Tomatito, Vicente Amigo, Manolo Franco o yo. Eso es un proceso natural.

—Con Manolo Franco volvió a tocar en la Bienal este domingo y curiosamente ahora se han cumplido 30 años del duelo por el Giraldillo en el que le ganó él ante un jurado con Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar. ¿Sigue usted enfadado?

-(Risas) No. Aquello lo recuerdo perfectamente. Yo era muy joven y había estudiado muchas horas para aquel concurso. Cuando aquello terminó me llevé una decepción muy grande porque lógicamente todos vamos con la idea de ganar el primer premio. Pero eso a estas edades ya no ocurre. Sí recuerdo una anécdota que mi padre, que en paz descanse, se enfadó muchísimo y me dijo que eso no podía ser y que no había estudiado lo suficiente. Y dije: «Ah, ¿sí? Pues si antes estaba estudiando ocho horas, ahora voy a estudiar doce». Me encerré en el cuarto y empecé a estudiar más. En vez de venirme abajo por el concurso tuve una buena reacción. Aquello de mi padre me molestó un poco, pero esa historia me sirvió para aprender y para superarme.

—Siempre sale a relucir su padre...

—Mi padre ha sido una persona importantísima porque él fue quien me llevó a la guitarra, me llevaba a ver al Niño Miguel, a Paco de Lucía, a los festivales, a las peñas de Triana y el Zurraque. Él me acompañaba a todos sitios y fue muy importante en mi carrera artística.

—Su música es muy descriptiva. Cuando toca «Campanas de Santa Ana» parece que está uno sentado en la plazuela del arrabal. Y ahora está terminando de grabar una que se titula «Parque de María Luisa».

—Exacto. El nuevo disco es un paseo por todos los rincones del Parque descritos con la guitarra.

—¿Cuál es el estilo del monte Gurugú?

—Eso va por tangos. Es posible que me haya inspirado en la Niña de los Peines. Luego está el Estanque de los Lotos, la Isleta de los Patos... Pero realmente no es una obra flamenca, es andaluza.

—Siempre dice que sus vivencias están en su música. ¿Todas? ¿Los tormentos también?

—Por supuesto. Además, de los tormentos es de lo que más se aprende en la vida. Yo he aprendido mucho. Y sí que se puede expresar ese tormento, esa vivencia amarga en la guitarra. La guitarra es alegría y también es profundidad, duquelas, tragedia.

—¿Tocar su propia tragedia desahoga?

—El arte es una forma de desahogarse, sí. La guitarra para mí es una terapia, una droga sana. Yo necesito tocar para sentirme bien.

—También es un martirio. Decía el Niño Ricardo que a veces tenía en su cabeza cosas que no le llegaban a las manos. No sé si ha tenido esa sensación alguna vez.

-Qué frase más bonita. Sí que lo he sentido. Los guitarristas solemos crear a veces cuando vamos paseando y luego quieres poner eso en la guitarra y no te sale.

—Lo malo es cuando todas las fatigas vienen a las manos en un escenario.

-Uff. En el momento en que fallas dos notas te descompones.

—Adaptó Amarguras de Font de Anta a la guitarra. ¿Ese es su himno vital?

—Me dio esa locura, ese avenate de hacerlo, en mi casa de Madrid. Estaba escuchando la marcha en la banda municipal y se me ocurrió hacerlo en guitarra. Empecé a transcribir las notas en el pentagrama y aquello impactó en el público. Por eso a lo mejor es una de las obras cumbre de mi carrera.

—¿Está al tanto de los guitarristas actuales? ¿Después de la muerte de Paco de Lucía la guitarra se ha quedado huérfana?

—Yo creo que hay muy buenos guitarristas ahora y en más cantidad que a lo mejor en mi época. Digamos que la técnica se ha expandido más. Hoy día hay mucha más información por internet. Yo me acuerdo que en mi época tenía que sacar las falsetas de un cassette Philips que tenía pequeño dándole para adelante y para atrás. Y aquello no había manera de cogerlo. Pasaba las fatigas de la muerte. Hoy en día puedes parar la imagen y ver las manos. En la guitarra de hoy predomina mucho la técnica. Hay guitarristas muy buenos, pero por otro lado tiene un momento comprometido la guitarra porque se va hacia la guitarra contemporánea más allá de las fronteras de lo que ya había hecho y eso es difícil porque hay que mantener un equilibrio entre la pureza y la modernidad.

—¿Hay una escuela sevillana de guitarra?

—Yo creo que sí. La escuela sevillana viene de la escuela de Ricardo, que era de la calle Alhóndiga y tenía una forma de rasguear y de arpegiar que se ha ido transmitiendo de unos guitarristas a otros. Aquí se toca más despacio por soleá, la bulería más acompasada. En Jerez se toca más viva, con un aire un puntito más rápido. Sí, diría que sí, que Sevilla tiene una forma particular de tocar.

—¿El flamenco está bien tratado ahora mismo?

—Yo creo que no está bien tratado, sino súper bien tratado. Si nos remontamos a la época de la de Los Pienes, de Tomás, Ricardo o el de Huelva, hoy en día los artistas tenemos coche, casa, actuamos en teatros, no dependemos de que un señorito nos pague la fiesta. Son otros tiempos en los que el flamenco en general está mejor tratado que antes. Aparte de eso, mundialmente el flamenco ya tiene un sitio importante.

—¿Y Riqueni está bien tratado?

—Yo creo que sí, que Riqueni tiene muchos admiradores, muchos seguidores, lo que pasa es que yo por circunstancias no he podido tener una carrera regular. No he dejado nunca de tocar, porque en los sitios en que he estado ingresado cuando estaba enfermo siempre tenía la guitarra a mi lado, pero no he podido tener una continuidad en los escenarios a causa de mi enfermedad. Eso ha hecho que mi carrera haya estado más desequilibrada. Pero nunca es tarde. Yo estoy aquí para la Bienal y tengo muchísimas ganas. Estoy muy nervioso por la responsabilidad, pero también con muchísima ilusión.

—¿Es usted feliz?

—Sí, ahora mismo sí, ahora mismo estoy en un momento feliz en mi vida. Lo que más se valora es la salud y ahora estoy muy equilibrado y muy bien y con mi guitarra siempre encima.

—¿La misma guitarra de toda la vida, la que nunca le abandonó?

—Voy a tocar en el Lope con la guitarra de Conde (un prestigioso constructor) con la que grabé «Alcázar de Cristal».

—¿Riqueni es un Alcázar de cristal?

—(Piensa, no responde, y comienza a tocar por soleá a la orilla trianera del Gualdaquivir... El agua no la aminoro, lo que hago es aumentarla con las lágrimas que lloro).