Tras el recital de Kaufman Rolex, que patrocinaba el concierto, dio un cóctel
Tras el recital de Kaufman Rolex, que patrocinaba el concierto, dio un cóctel - JAVIER DEL REAL / TEATRO REAL

La buena dicha de Jonas Kaufmann

Tras el recital del tenor alemán en el Teatro Real de Madrid, quedaba la impresión de haber asistido

a algo grande y no tanto a algo emocionalmente superlativo

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También el Teatro Real corre en el circuito de los grandes de la ópera. Quienes lo afirman ponen como ejemplo el final de temporada con dos convocatorias protagonizadas por voces de referencia. Plácido Domingo es historia viva de la ópera y alguien siempre próximo a Madrid, donde ha acudido anualmente con la sola excepción de un año desde que el teatro madrileño se reinventó en 1997. Vuelve ahora para interpretar al cenobita y pesadísimo (no es una adjetivo musical, ni tan siquiera vocal) monje Athanaël de la «Thaïs» de Massenet. Domingo viajará de inmediato a Bayreuth para convertirse el 31 de agosto en el primer español que dirija al foso místico del mítico teatro de Wagner «Die Walküre».

Por su parte,Jonas Kaufmann está haciendo historia a base de incursionar en repertorios musicales imprevisibles. Acaba de protagonizar el recital de su presentación madrileña tras anular dos citas anteriores por problemas de salud y aparecer de forma fugaz y casi anecdótica en 1999 como sustituto en la interpretación de «La clemenza di Tito». Su presencia en Madrid se produce mientras trabaja en el festival de ópera de Múnich cantando «Die Walküre» y «Parsifal» bajo la dirección de Kirill Petrenko. Las noticias que llegan desde allí señalan la importancia de lo que se dirime sobre el escenario y la extraordinaria versión que se ofrece desde el foso.

Es lógico que el recital madrileño de Kaufmann comenzara en un ambiente expectante. En el programa se incluía una primera parte dedicada a arias francesas y la segunda a wagnerianas. Para ello se contaba con la participación del director de orquesta Jochen Rieder, cuya fama tiene mucho que ver con la colaboración profesional que mantiene con el tenor y no tanto por la excelencia de sus propuestas musicales. Tiempo hubo para comprobarlo: en la «Bacchanale» de «Samson et Dalila», absurdamente colocada como arranque; en la blandura rítmica y desajuste del primer preludio de «Die Meistersinger von Nürnberg»; en la «Cabalgata de las valquirias», convertida en un dislate orquestal; o en el preludio de «Lohengrin», donde la sensibilidad hacia de lo sonoro algo imprescindible.

La Orquesta Titular del Teatro Real estuvo muy por encima del maestro aunque poco pudo hacer ante la inexactitud de los ataques, la falta de pulso y el poco encanto en el mensaje. No quiere decir que Rieder sea un mal maestro. Su gran mérito es esencialmente práctico pues conoce a Kaufmann y concierta con comodidad, facilitándole un colchón musical suficiente para que proyecte su arte con seguridad.

Desde luego, es toda una experiencia escuchar a Kaufmann a escasos tres metros, si bien es algo muy poco conveniente si lo que se quiere es tener una percepción global y mínimamente sensata de lo ocurrido. En el detalle, tropezó con la inicial «Ah, lève-toi, soleil» de «Roméo et Juliette» pues salió herido del segundo agudo con independencia de que las medias voces quedaran estranguladas y destimbradas. Dice quien de esto sabe, que Kaufmann nunca ha sido un cantante capaz de apianar con calidad, incluso que tiene propensión a constreñir la emisión con exceso de gola. Sin embargo, la primera parte de «In fernen Land» de «Lohengrin» con la voz bien hidratada, ya en el culmen final del recital, vino a demostrar lo peligroso de los prejuicios. Hasta llegar ahí cantó «Carmen» («La fleur que tu m'avais jetée») con feo falsete. Se resarció con ese rescoldo casi desconocido de «Le Cid» que es «Ô souverain», rematado estupendamente con un ficticio agudo final y, sobre todo, en «Rachel quand du Seigneur» de «La Juive», explicado muy afirmativamente, con encanto y suave expresividad.

La temperatura del recital ascendió una vez terminada la parte francesa, mientras quedaba la impresión de estar ante alguien realmente entregado, dispuesto a demostrar el porqué de su fama. Kaufmann no es un cantante fácil, cuya voz corra de manera espontánea, con fluidez consustancial o encanto natural. Se adivina el esfuerzo, la superación, el trabajo por colocar las notas, darles el matiz adecuado y perfilar la interpretación desde una perspectiva sensata y bien razonada. Con la voz centrada, la emisión relajada y exhibiendo una calidad tímbrica formidable se escuchó el valquiriano «Ein Schwert verhiess mir der Vater». Con exuberancia y autoridad sonó «Morgenlich leuchtend im rosigen Schein» de «Die Meistersinger von Nürnberg». Mejor aún el ya citado «In fernen Land» con el que concluyó el recital. Extrapolada la interpretación a la totalidad, quedaba la impresión de haber asistido a algo grande y no tanto a algo emocionalmente superlativo.

Todavía tres obras fuera de programa vinieron a ratificar que el juicio era correcto. El inevitable «Pourquoi me réveiller», del «Werther» de Massenet, compensó el deseo de quienes aplaudían, incluso de aquellos que más audazmente se acercaban al escenario a entregar flores y regalos. Finalmente, «Winterstürme wichen dem Wonnemond» de «Die Walküre», bien dicho aunque sin recobrar el mejor del Wagner del programa oficial, y por fin «Träume», «lied» en el que flotó alguna esencia digna de quien sabe muy bien lo que es cantar fuera del escenario operístico. La inteligencia de Kaufmann es un valor evidente. Lo confirma una carrera en la que ha tenido tropiezos de los que ha salido fortalecido y ante la que habitualmente surge la comparación con Domingo, en gran medida por la constante expansión del repertorio hacia obras de calado más dramático. Quizá la diferencia más obvia sea precisamente que Kaufmann conoce bien lo que es el recital con piano; la necesidad de enfrentarse a algo minucioso y próximo como la canción. Se notó en muchos de los gestos de su primera gran aparición madrileña.