Escena de la ópera «La valquiria» de Wagner
Escena de la ópera «La valquiria» de Wagner - EFE
Festival de Bayreuth

La forja de un «Anillo» imposible

El Festival de música clásica de Bayreuth llega un año más con las óperas más importantes de Wagner

Bayreuth Actualizado: Guardar
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Las extremas medidas de seguridad en la «verde colina» y sus aledaños siguen en pie, con presencia policial masiva y controles escalonados a quienes pretenden acceder a la sala. Controles sólo personales, porque durante los tres primeras jornadas hubo un murciélago intruso revoloteando por el escenario y el graderío.

Es de suponer que no se trataba de un gag escénico más en este montaje desbordante de tics esperpénticos. En cualquier caso, irritó muchísimo menos al público que los cocodrilos que desbaratan la excelsa escena final de «Sigfrido».

Hay incidentes fortuitos que propician, en cambio, momentos fulgurantes. La inoportuna indisposición de un cantante al comenzar los ensayos motivó una permuta de papeles. El barítono danés John Lundgren, previsto como protagonista de «El holandés errante», asumió entonces el personaje de Wotan con total soberanía.

El fraseo, ímpetu, timbre y volumen expeditivos de su canto, sumados a una imponente presencia escénica, convirtieron «su Wotan» en el quicio vocal y dramático de «La Walkyria» y «Sigfrido». Su inopinada incorporación y la del maestro Marek Janowski en el foso de la orquesta, más un elenco vocal satisfactorio –con Catherine Foster (impresionante Brünnhilde pletórica, recrecida en el personaje) y un vigoroso Stefan Vinke (Sigfrido)- encumbró la tan denostada puesta en escena de Frank Castorf a un nivel musical que pocos habrían imaginado cuando el año pasado Kirill Petrenko decidió abandonarla con numerosas vacantes en el reparto.

Sustituciones

Se realizaron 31 sustituciones. Del elenco vocal original de 2013 quedan sólo 3 cantantes: la Foster, Nadine Weissmann (aclamada Erda) y Allison Oakes (voluntariosa Gutrune). Hubo cambios especialmente gratificantes, como los de Markus Eiche (Hagen impactante), Günther Groissböck (tonante Fasolt), Marina Prudenskaya (enérgica Waltraute) y el trío de ninfas.

Algunos otros lo fueron menos: por ejemplo, al barítono Ian Paterson, notable Kurwenal en « Tristán e Isolda», le quedó muy grande el Wotan en «Oro del Rin» y lo mismo cabe decir de Heidi Melton en «La Walkyria». Con vacilante entonación y una descarriada línea de canto, desfiguró musical y escénicamente a la frágil Sieglinde.

Ella y un simplemente correcto Christopher Ventris (Siegmund) hicieron añorar vivamente la pareja de welsungos de años pasados (Johan Botha y Anja Kampe), que era vocalmente de lo mejor que presentaba la tetralogía. Así pues, en lugar de una simple reposición con las modificaciones pertinentes, Castorf tuvo que reiniciar prácticamente de cero el estudio de la producción con la consiguiente lucha contrarreloj.

Collage de episodios aislados

Esta puesta en escena, apenas retocada en su cuarta edición, carece de una concepción unitaria. Es un mero collage de episodios aislados en las antípodas de la cosmovisión wagneriana. Sustituir oro por petróleo y enmarcar la historia del oro negro en el conflicto Este-Oeste (auge y declive del comunismo) con etapas en Texas, Azerbaiyán, Alemania-Oriental y Nueva York, es empeño imposible con esta partitura. Nació desfasada y estéticamente obsoleta. Entretanto, ha acumulado mucho polvo... o, siendo benevolentes, pátina.

«Carece de una concepción unitaria. Es un mero collage»

Además, el corifeo iconoclasta del «Regietheater» se comporta en ocasiones como un director que no dirige o que dirige sin dirigir, abandonando a los cantantes-actores a su suerte en diseños escénicos a contrapelo del tema, del texto y la música de la obra, con escenografías aleatorias que con un poco de calzador podrían acoplarse a cualquier otra ópera del repertorio.

La acumulación de incisos dadaístas y de obscenidades supuestamente provocativas resulta hoy día superfluo; peor aún, tedioso. El montaje no se vuelve novedoso por convertir a Sigfrido en un macho cabrío desenfrenado y matón, o a las cándidas ninfas del Rin en vampiresas descocadas, ni a la corte de Walhall en una guarida de mafiosos.

Al contrario, el duplicar virtualmente la escena en pantallas de vídeo y la variopinta sucesión de subescenas inconexas, a veces dramáticamente insulsas o de tipo revisteril, desvirtúan y fragmentan la obra. Una lástima, porque el revestimiento escenográfico realizado por Aleksandar Denić es espectacular.

Escena de «Tristán e Isolda»
Escena de «Tristán e Isolda» - EFE

En la dirección musical el consumado wagneriano Marek Janowski afrontaba un imponente desafío: debutar en Bayreuth a los 77 años, tras 30 de abstención escénica, en el podio que dejó vacante el vitoreado Petrenko. Por una parte, se aprecia el dinamismo y agilidad de su lectura, así como el mayor énfasis y viveza dramáticas, hasta el punto de que el verdadero desarrollo del drama wagneriano se realiza en el foso, no en la escena, que él no comenta, con momentos álgidos logradísimos de comunión vocal-orquestal en partes de «La Valkyria», «Sigfrido» y el primer acto del «Ocaso».

Pero su meritoria lectura, a veces vacilante y desigual, con ciertos desequilibrios acústicos iniciales perfectamente explicables, motivó que no pocos añoraran aún al futuro director de la Filarmónica de Berlín.

Reacción del público

El público aplaudió las dos primeras partes («Oro del Rin» y «La Valkyria»), pero volvió a abuchear ruidosamente después la representación de «Sigfrido». Al finalizar la tetralogía, con el «Ocaso de los dioses», muchos asistentes disgustados no esperaron a que el director escénico saliera ante el telón para expresar su enojo.

Transcurrían los minutos, casi un cuarto de hora, con repetidas salvas de aplausos y ovaciones para los intérpretes y Castorf no aparecía. No salió y no se repitió la bronca monumental de años anteriores. ¿Por imposición de SKY TV que retransmitía el acto en directo y no deseaba ver dañado comercialmente la primicia del lanzamiento de su nuevo programa cultural?