Franco Bonisolli como Mario Cavaradossi en «Tosca» en la Ópera de Viena
Franco Bonisolli como Mario Cavaradossi en «Tosca» en la Ópera de Viena - ABC

El indómito tenor que bisaba los agudos

Franco Bonisolli, conocido como «el loco», protagonizó un gran número de anécdotas y escándalos en los teatros de ópera

Se dice que el cantante llevaba un anillo con el antídoto para el veneno que decía que le querían dar Domingo, Pavarotti o Carreras

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Era el año 1983. Se representaba en el Liceo de Barcelona «Il trovatore», de Verdi, y llegaba uno de los momentos más esperados para los aficionados: la cabaletta «Di quella pira», que cierra el tercer acto, y en la que el tenor concluye con un espectacular Do agudo. Estaba sobre el escenario el italiano Franco Bonisolli, uno de los mejores intérpretes del papel de Manrico; sin embargo, al llegar al agudo, el tenor rompió la nota. Bonisolli, visiblemente enfadado, tiró al suelo la espada de atrezzo y esperó a que el telón volviera a alzarse para que los intérpretes saludaran al público. Entonces, avanzó un metro en el proscenio y lanzó un Do agudo que sonó firme y potente. Quería demostrar así que el agudo fallido había sido un accidente.

Es una muestra del carácter indómito de Franco Bonisolli, un tenor nacido en la localidad italiana de Rovereto en 1938 y fallecido en Viena en 2003. Poseedor de una espléndida y robusta voz de tenor spinto, su estilo tosco a la hora de cantar y su mal carácter le impidieron hacer una carrera de mayor éxito. «Franco Bonisolli -escribió el crítico Renzo Allegri- era un personaje particular. De carácter fogoso y sanguíneo, propenso a inflamarse, le gustaba polemizar y litigar; una actitud que le causó enemistades y problemas en más de una ocasión».

«Aida»

Porque su furia ególatra en el Liceo no fue algo aislado. En 1986, cantando «Aida» en la Arena de Verona, cantó su aria inicial, «Celeste Aida», y ante el entusiasmo del público paró los aplausos y repitió la palabra final del aria, «Sol» -un Si bemol agudo-.

En otra ocasión, cantaba «Turandot», de Puccini, y al decir en el dúo con la protagonista la frase «Ti voglio tutta ardente d’amor» transformó el Do natural (el Do de pecho) escrito en la partitura en cuatro «Dos», para demostrar su gallardía vocal. Ante las protestas de parte del público, paró con un gesto a la orquesta y contestó: «La pausa está escrita por Puccini».

También fue con la ópera «Il trovatore», pero en Berlín, donde mostró una vez más su rebeldía. El director de orquesta no quiso que terminase con el agudo la cabaletta «Di quella pira» -un agudo no escrito, pero que la tradición ha convertido en casi imprescindible-. Bonisolli esperó al momento en que, concluida la ópera, debía salir a saludar en solitario; en ese momento, detuvo el aplauso y le dijo a los espectadores: «Querido público, les voy a obsequiar con el maravilloso Do de pecho que el maestro no me ha permitido hacer». Y, sin más, profirió un agudo prolongadísimo que causó el delirio del público.

«Rigoletto»

Y otra muestra de la singularidad del tenor italiano. Interpretaba al duque de Mantua en «Rigoletto», de Verdi, en Hamburgo, con Leo Nucci en el papel titular, el del bufón. La escena final presenta al duque en el interior de la hostería de Sparafucile mientras, en el exterior, Rigoletto lleva un saco con el supuesto cadáver del duque de Mantua que es, en realidad, el de la hija del bufón, Gilda. Rigoletto descubre el error al oir cantar al duque «La donna è mobile»; y a Bonisolli no se le ocurrió otra cosa que reventar la emoción de la escena saliendo de la hostería y pasar por encima del saco sosteniendo el agudo final. Nucci le gritó un sonoro y furioso: «Bravo, Franco».

No fue el barítono italiano el único que sufrió el particular carácter de Bonisolli. En San Francisco, irrumpió en el camerino de Montserrat Caballé tratando de robarle el caché porque los dirigentes del Liceo no le habían pagado tres funciones de ópera y un recital; decía que el dinero de la soprano le correspondía porque ella era barcelonesa.

Pero seguramente lo que más llevó a que muchos críticos y espectadores se refirieran a él como «Bonisolli el loco» fue la leyenda sobre un anillo que llevaba siempre, y en el que se decía que llevaba un antídoto para el veneno que Luciano Pavarotti, Plácido Domingo, José Carreras y Jaume Aragall le querían dar.

Inmodestia

«Tengo una sola dote -le dijo, ya retirado, a Franco Allegri-: la inmodestia. Soy arrogante, pero en defensa propia. Aspiraba a alcanzar una verdad artística, si es que alguna vez existió, y por eso he sorprendido a todos. Todavía podría estar en la brecha. Tengo cualidades vocales para vender, pero estoy cansado de luchar contra el poder comercial que impone a los artistas mediocres».

Franco Bonisolli debutó a principios de los años sesenta, pero hasta una década más tarde no desarrolló una carrera internacional que le llevó a los principales teatros del mundo, como la Scala de Milán, la Ópera de Viena o el Metropolitan de Nueva York. Su repertorio abarcó trescientos títulos de estilos muy distintos, pero despuntó especialmente en los papeles de tenor heroico y dramático como Don José («Carmen»), Manrico («Il Trovatore»), Radamés («Aida»), Calaf («Turandot»), Otello o Cavaradossi («Tosca»).