Momento del concierto con la orquesta London Symphony Orchestra
Momento del concierto con la orquesta London Symphony Orchestra - ©Festival Internacional Santander-Pedro Puente Hoyos

La London Symphony reivindica su europeísmo en Santander

La emblemática orquesta británica ofrece en el festival cántabro dos espectaculares conciertos

Cosme Marina
SantanderActualizado:

El turismo inglés es uno de los que, cada año, frecuentan nuestro país con más entusiasmo. Parece que la London Symphony Orchestra también le ha cogido el gusto al veraneo cantábrico y ya son dos años consecutivos los que acude, con doble programa, al Festival Internacional de Santander (FIS) a las órdenes de su titular Sir Simon Rattle. La London es uno de los pilares de la vida cultural británica y es, a la vez, una de las orquestas que, tradicionalmente, ha formado parte de manera categórica de la élite de las formaciones europeas. Y esa vocación profundamente europeísta, en los convulsos tiempos del Brexit, se deja ver en una plantilla de vocación internacional y un repertorio asentado en el gran núcleo de compositores continentales.

Rattle plantea esta nueva propuesta en el FIS con un doble horizonte, el primero de los días con un programa que podríamos decir ha sido muy de festival y una segunda jornada en la que la gran apuesta ha sido la música de John Adams, todo una novedad en la cita cántabra.

Franz Joseph Haydn abrió la primera velada con una de sus obras ya de madurez, la «Sinfonía 86 en Re Mayor, Hob. I/86» en la que orquesta y maestro mostraron la versatilidad de una agrupación que es capaz de navegar en diferentes épocas históricas sin renunciar a versiones estilísticamente de enjundia y no, como tantas veces vemos, como un mero trámite hacia otras composiciones más trabajadas. Aquí la belleza y luminosidad del sinfonismo de Haydn brilló de manera noble, con movimientos agitados por turbulentos contrastes, con la naturalidad de una visión que supo ir a la profundidad de la obra con una deliciosa sobriedad expresiva. Ver al propio Rattle como se movía dentro de la orquesta en esta obra, haciendo música de cada gesto, fue, sin duda un espectáculo añadido.

Momento del concierto con la orquesta London Symphony Orchestra
Momento del concierto con la orquesta London Symphony Orchestra

A continuación, en la famosa «Guía de orquesta para jóvenes» de Benjamin Britten, que a su vez bebe en Purcell, la formación londinense fue desgranando con eficacia soberbia los colores y timbres de una obra pensada como ejercicio didáctico pero que es, asimismo, magnífica pieza de concierto. Tras la pausa, el gran sinfonismo ruso de Sergei Rachmaninov brilló con acentos acerados, sublime belleza y aristas dramáticas de principio a fin.

Rattle y su poderosa orquesta dejaron bien claro por qué siguen siendo una de las mejores formaciones que a día de hoy se pueden escuchar. Su sonido articulado milimétricamente, la perfecta interrelación entre individualidades y conjunto, que se pudo ver de manera absoluta en el Britten, aquí logró una versión de las que pasarán a la historia del festival. El público, que abarrotaba la sala Argenta, aplaudió con ganas y obtuvo como propina la exquisitez decadentista de la música de Satie.

La segunda jornada arrancó con la música de John Adams. En las manos de Ratlle su «Harmonielehre» («Tratado de Harmonía») fue todo un torbellino sensitivo. Partitura ecléctica que parte del minimalismo pero que va más allá en una sugerente fusión de estilos en los que se puede seguir la huella de compositores como Mahler, Debussy, o incluso Schoenberg. De ella el director británico consigue un discurso musical mayúsculo en la que es, por derecho propio, una de las grandes páginas sinfónicas de finales del siglo XX. Esa combinación, tan difícil de trasladar al público, de pasajes etéreos con otros verdaderamente explosivos, encuentra en Rattle quizá el mejor transcriptor de la misma en nuestros días.

Tras el huracán Adams, la siempre chispeante «Sinfonía número 2 en Re Mayor» de Johannes Brahms se transformó en un remanso pacífico, de tensiones tamizadas, casi crepusculares. Y como colofón de su andadura cántabra, un fulgurante Dvorak puso punto y seguido a esta nueva visita de la orquesta londinense a nuestro país.