Plácido Domingo y Ermonela Jaho durante la representación de «Thaïs» en el Real
Plácido Domingo y Ermonela Jaho durante la representación de «Thaïs» en el Real - EFE

Plácido Domingo en el Real: historia de viejas leyendas

El tenor, que interpretó el papel protagonista de «Thaïs» de Massenet, volvió a demostrar su valía ante un público entregado que celebró su talento con una lluvia de aplausos

Actualizado:

Plácido Domingo es hoy un actor veterano que, curtido en mil batallas escénicas, vive sobre el escenario confundido con el personaje. Acaba de cantar en el Teatro Real el papel protagonista en la «Thaïs» de Massenet, pero en realidad da lo mismo. Cualquiera que acuda dispuesto a aplaudir, y una vez más han sido multitud los que han llenado el aforo para luego ponerse en pie y vociferar entusiasmados durante largos minutos, sabe lo que escuchará, sabe lo que vivirá, lo que compartirá, incluso lo que recibirá a cambio de su fidelidad. Ha sido muy curioso observar qué diferente era el público que el día anterior asistió al recital de Jonas Kaufmann. Ambos tienen sus seguidores, aunque hay una pequeña diferencia: en el caso del tenor alemán la demanda implica un cierto esnobismo y un lógico afán por descubrir a un cantante que tiene todavía mucho que ofrecer; frente a Domingo solo cabe lealtad, saborear la esencia de quien a estas alturas jamás va a defraudar a sus admiradores porque nadie se interpreta mejor a sí mismo.

En cualquier otra situación sería difícilmente digerible ver a un cantante tan pegado a la partitura, pendiente de la letra, buscando una y otra vez la página correcta, mirando al director con la ansiedad de quien se siente perdido. No tiene sentido. Domingo ha cantado el papel de Athanaël suficientes veces como para tenerlo bien asimilado. Lo representó escénicamente en Valencia en 2012, y lo llevó a Sevilla poco después. Lo ha repetido una y otra vez durante este tiempo antes de traerlo al Real para cantarlo en versión de concierto. Pero frente a lo que sería de esperar, todo es habilidoso, incluso un poco torcido si se considera que la posibilidad de ser meticuloso con el texto musical o de mantener un atisbo de pureza interpretativa. Quizá en la falta de curiosidad del resultado esté la sorprendente singularidad del producto.

Algo hay a favor. Longevos actores/cantantes que llevan su vida artística más allá de lo previsible suelen rodearse de compañeros poco inspirados con el fin sobresalir por encima de ellos. Domingo, por contra siempre se alía con gente estupenda, lo disfruta y les aplaude. La soprano Ermonela Jaho canta muy bien, lleva la voz hasta territorios inverosímiles a veces cubriendo los agudos, apianando, meciendo la frase para luego estallar en agudos grandiosos. Su interpretación tiene mucho de estudiada pero sobre todo implica una visceralidad contagiosa, voluptuosidad, de manera que Thaïs acaba llorando realmente sobre el escenario, dejándose la piel hasta lo indecible que es una forma de morir extraordinariamente convincente. Junto a Domingo cantó el dúo del segundo acto y ambos pusieron un punto de garra que no trascendió lo inmediato. La ópera transcurría bajo la dirección musical de Patrick Fournillier por la senda de lo insustancial. Se podría reprochar que la obra da para poco, pero no es verdad y un mínimo estudio de su naturaleza descubre aspectos muy interesantes.

También cantaba Michele Angelini en el papel del bajo Nicias con la autoridad de los cantantes bien formados. La voz estupendamente colocada, la expresión solemne y la apostura impecable. Con buenos medios vocales y compartiendo una proyección muy solvente, Jean Teitgen cantó el papel de Palémon. Mientras, Sara Blanch defendió con decisión a la aguda Encantadora. Hubo buena disposición y mejor resultado del coro titular y de la orquesta, que el día anterior había bregado con un recital muy distinto. Particularmente el concertino Vesselin Demirev, minucioso y serio en la famosa «Meditación», eterna melodía cuyo eco se prolonga en la obra sobre la conciencia de los sufridos protagonistas.

Todo ello sucede en el tercer acto, momento que en el Teatro Real confirmó lo inútil que es hacer previsiones. Poco a poco la escena crecía hasta lo realmente conmovedor. Sin duda, el empuje de Ermonela Jaho era fundamental, imprescindible, para elevar la tensión ambiental y reconvertirla en algo verdaderamente emocionante. También la respuesta de una orquesta y coro pujantes y expresivos. Pero, ¿cómo dudar de la relevante presencia de Domingo, enrocado en el gesto, titubeante ante la música, pero tan sorprendentemente capaz de convertir mediante los recursos más inminentes al «maduro» cenobita en alguien verosímilmente castigado? Posiblemente, si se escuchara la grabación de lo que allí sucedió se llegaría a la conclusión de que todo fue demasiado irregular, poco riguroso. Pero hay ciertas cosas que es necesario vivir para comprender su naturaleza inverosímil. Por ejemplo ver a Domingo salir del escenario: algo torpe el caminar, un punto encogido, con la fatiga propia de esa longevidad ante la que se revela la conciencia. Y, sin embargo, triunfador. Habrá quien lo sepa explicar.