Calificaron a Rarael Riqueni con «el único guitarrista que ha desarrollado un estilo al margen de la escuela dominante de Paco de Lucía»
Calificaron a Rarael Riqueni con «el único guitarrista que ha desarrollado un estilo al margen de la escuela dominante de Paco de Lucía» - JOSÉ RAMÓN LADRA

Rafael Riqueni: «La cárcel suena a seguiriyas»

El guitarrista sevillano, escudero de Morente y uno de los más importantes de la historia del flamenco, salía de prisión hace un mes con su primer disco en 21 años. «Los otros presos flipaban cuando me oían tocar»

MADRID Actualizado: Guardar
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Domingo 11 de junio. Prisión de Sevilla I, en Mairena de Alcor. Rafael Riqueni (Sevilla, 1962) firma el registro por última vez. Se ha pasado casi dos años entre rejas por una acumulación de delitos leves y una agresión callejera cometida en 2010, relacionada con un trastorno bipolar que le fue diagnosticado a mediados de los 90. «Una de las peores etapas de mi enfermedad», contaba hace no mucho.

En ese momento ya había publicado seis discos, acompañado a los cantaores más importantes y había sido incluido entre los guitarristas más grandes de la historia del flamenco, «el único que ha desarrollado un estilo al margen de la escuela dominante de Paco de Lucía», escribían de él, antes de que su vida se torciera. «Ahora tengo un poco de vértigo, normal, pero estoy más feliz que nunca y no tengo ninguna paranoia. Ya he pagado con la cárcel», confiesa Riqueni, que celebra su puesta en libertad, a los 54 años, con la publicación de su primer disco en dos décadas: « Parque de María Luisa» (Universal).

Lo presentó en Madrid el mismo día que salió de prisión, hace un mes, agotando todas las entradas en los Teatros del Canal de Madrid, dentro del Festival Suma Flamenca. Y estaba nervioso, reconoce, pero cuando vio que «podía controlar la situación», tocó mejor que nunca, alargando la velada más de dos horas y media: «Sentí que el público se había volcado conmigo y pensé: “Ahora es cuando os voy a dar gloria bendita”». En ese momento Riqueni comprobó que su estilo había cogido «más alegría, brillo y vivacidad que nunca». «Creo que toco mejor, con más genio que antes de entrar en la cárcel. Mis ideas van ahora por otro sitio», subraya.

Dos años estuvo Riqueni soñando con ese momento, mientras escuchaba en su celda a Diego el Cigala, José Mercé, Enrique Morente o Camarón de la Isla y compartía su arte con los otros internos en el patio. «Tenía la guitarra todo el día conmigo. Flipaban, les encantaba escucharme tocar, mientras nos echábamos unos cigarros. En Sevilla I había miembros de algunos clanes gitanos, como los Amador, que me conocían del flamenco y hasta me acompañaban cantando por bulerías y rumbas. La guitarra ha tenido un rollo muy precioso allí dentro, todos han sido muy respetuosos conmigo», asegura el artista sevillano desde un céntrico hotel de Madrid, recordando las cuatro horas diarias que estudiaba «para mantener el nivel», siempre y cuando la tristeza o algún roce con otro interno no le chafaba el día. «Lo cierto es que la cárcel suena a seguiriyas, por todas esas grandes “duquelas” y dolores que uno pasa encerrado. Es una experiencia que te cambia mucho el coco, porque no solo sufres tus propias fatigas, también las de tus compañeros cuando les ves jodidos», subraya.

Aún recuerda Riqueni el día que su padre se acercó a Paco de Lucía en un festival de homenaje a Manolo de Huelva: «Paco, por favor, ¿puedes tocarle al niño el trémolo de la taranta?». Él tenía solo 13 años, aunque ya era un genio precoz de la guitarra que causaba sensación por su capacidad creativa. Llevaba dos años estudiando en la escuela del Niño Ricardo, pero fue el autor de «Entre dos aguas» quien le animó allí mismo a convertirse en solista. «Fue la primera vez que tuvo noticias de mí y empezó a decirle a la gente que había un chico por ahí con mucho futuro. Desde entonces, tuve mucha amistad con él. Llegó a acompañarme a la tienda de Felipe Conde de Madrid para ayudarme a comprar una guitarra y me invitó varias veces a su casa para tocar en fiestas privadas», cuenta.

Después de aquel encuentro, el joven Riqueni tuvo como maestros a Manolo Carmona y Manolo Sanlúcar. Con solo 14 años ganó los dos premios de guitarra más importantes de España: el premio Ramón Montoya de Córdoba y el VI Certamen Nacional de Guitarra de Jerez de la Frontera. «Abandoné el colegio y mi padre me dejó muy claro que, si así lo había decidido, sería para tomarme el flamenco en serio, así que me puse a estudiar siete y ocho horas diarias», menciona.

Riqueni comenzaba así pronto su carrera profesional. Sevilla se le quedó pequeña y se marchó a Madrid en busca de una oportunidad, a brearse con otros grandes guitarristas jóvenes de la época, como Tomatito, Vicente Amigo, Juan Manuel Cañizares o Gerardo Núñez. «Fue fantástico. Había una afición enorme. Nos reuníamos todos en el Candela, donde se podían ver hasta veinte estuches en el suelo. ¡Menudas fiestas, un disparate!», explica. No tardó mucho en hacerse un nombre acompañando a cantaores de la talla de Enrique Morente, José Mercé, Carmen Linares o José Menese, así como a estrellas de la talla de Rocío Jurado e Isabel Pantoja.

Cuando publicó su primer disco, el revolucionario «Juego de Niños» (1986), se hablaba de él como un compositor e intérprete lleno de imaginación, con una sensibilidad fuera de lo común. El legítimo heredero de nombres tan ilustres como Sabicas, el Niño Ricardo o Manolo Sanlúcar. «Yo no soy capaz de decirte si he creado un estilo al margen de Paco de Lucía, pero sí es verdad que más de un guitarrista me ha agradecido abrirle los ojos a otras formas de tocar», cuenta.

Después vinieron «Flamenco» (1987) y su obra cumbre, «Mi tiempo» (1990). En 1994, Enrique Morente le produjo «Maestros» (1994), con el que el cantaor granadino quiso inaugurar su sello, Discos Probeticos. Y por último, en 1996, «Alcázar de Cristal», su último disco hasta «Parque de María Luisa». Fue en ese momento cuando el mundo se le hizo pedazos: primero le diagnosticaron el síndrome bipolar y, pocos meses después, su padre, el mismo que había alimentado su talento, se suicidaba. «Estuve a punto de morirme después de él, imagínate lo que pasé. Tocaba dos acordes y tenía que guardar la guitarra. Me tiré dos años sin poder salir de la cama y hasta le cogí miedo a salir a la calle», asegura.

El rescate de Morente

A la profunda depresión se sumaron sus problemas con el alcohol. Se quedó sin familia, sin casa y sin carrera. Fue como si se lo hubiera tragado la tierra. Su nombre dejó de escucharse varios años. Su vida en Madrid, donde llegó a dormir en la calle, se convirtió en un infierno. La academia de flamenco Amor de Dios, situada en el Mercado de Antón Martín, le dio cobijo. Durmió en el sofá de su sede durante años. Y más tarde fue Morente quien vino en su ayuda: «Pocos amigos he tenido como Enrique. Me ayudó con la depresión, me llevó a Granada y me buscó alojamiento en casa de un amigo suyo. Se pasaba todos los días conmigo. Me llevó a médicos y me pagó todas las medicinas que necesitaba para curarme. Y después me llevó de gira con él. Decía que le gustaba mucho mi forma de tocar».

Cuando dio con el tratamiento correcto, se retiró un año a la sierra de Huelva para apartarse de los malos vicios. Los más grandes del flamenco incluso le rindieron un homenaje para recaudar dinero con el que pudiera seguir con su recuperación. No faltó nadie. En el teatro del Ateneo Cultural de Madrid se pudo ver, incluso, a los hermanos Coen y a la actriz Frances McDormand. Y cuando todos pensaban que había abandonado el lado oscuro, llegó aquella condena tardía, con un contrato sobre la mesa para inaugurar la Bienal de Sevilla.

«La guitarra en la prisión ha sido como un desahogo. Una terapia que me quitaba todo el malestar y los nervios cuando me sentía mal». Riqueni recuerda ahora a aquel gitano joven que siempre le estaba escuchando en el patio, en silencio, pero nunca se atrevía a decirle nada. Hasta que un día se le acercó, tímido, para decirle: «Estás hecho un fenómeno, ¡qué pedazo de guitarrista! Sigue así».