El festival se celebró en una granja de 240 hectáreas en Bethel (estado de Nueva York)
El festival se celebró en una granja de 240 hectáreas en Bethel (estado de Nueva York) - ABC

Woodstock necesita otro milagro

Se cumplen 50 años del festival que marcó una época y su reedición naufraga por la espantada de los principales inversores

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

Woodstock fue un milagro. El festival de música en una campa al norte de Nueva York se convirtió en un símbolo de la contracultura de los años sesenta y quizá en el concierto más influyente de la historia, con una avalancha de medio millón de jóvenes que vivieron un fin de semana de amor y paz a pesar de la improvisación, la falta de infraestructuras, los atascos y la lluvia. Fue el verano de 1969 y un festival que apuntaba a fracaso acabó convertido en mito.

Medio siglo después, Woodstock necesita otro milagro. La celebración del festival Woodstock 50, una reedición multitudinaria y con estrellas de primer nivel de aquel fin de semana en la campiña neoyorquina, naufraga ante la espantada de los inversores.

Su principal promotor, Michael Lang, trata de mantener a flote un festival previsto para el fin de semana del 16 al 18 de agosto, exactamente el mismo que hace cincuenta años. El evento iba a ser uno de los acontecimientos del verano, pero todo empezó a desbaratarse cuando Dentsu Aegis Network, una firma japonesa que es el principal apoyo financiero del festival, anunció a finales del mes pasado que cancelaba su participación. El inversor, a través de su filial Amplifi Live, había desembolsado ya 30 millones de dólares en adelantos a los artistas de una cartelera de postín: Jay-Z, Miley Cyrus, The Killers, Halsey o Janelle Monae, además de veteranos que ya participaron en el festival original, como Santana o John Fogerty, de Creedence Clearwater Revival. Los representantes de los artistas reconocían que sus contratos estaban firmados con Dentsu y que su abandono les liberaba del compromiso.

Promesas

La razón de la salida de Dentsu es que el festival ha adelgazado respecto a las promesas que en un principio hicieron Lang y el resto de promotores: de 150.000 espectadores se redujo a 75.000 para acomodar tiendas de campaña en el lugar del evento, un circuito de carreras en Watkins Glen, a 260 kilómetros de la localización original del festival de Woodstock y con escasez de camas hoteleras. Dentsu exigía un mínimo de 100.000 espectadores para continuar en el proyecto, según el portal «TMZ».

Para acabar de complicar el asunto, el estado de Nueva York todavía no ha concedido los permisos para el evento, que los promotores no solicitaron hasta el 15 de abril, según «The Daily Beast». El retraso burocrático también había impedido que las entradas se pusieran a la venta, algo que estaba previsto para el pasado 22 de abril.

En otro mazazo para Woodstock 50, también abandonaba el barco Superfly, la productora a la que se había encargado el montaje del festival y que tiene experiencia en grandes eventos. La razón de la salida era el adiós de Dentsu.

Sin dinero, sin productora y sin estrellas, Woodstock 50 se considera cancelado. No para Lang, que aseguró que el festival no pertenece a Dentsu y «no tienen el derecho a cancelarlo». Con un deje sesentero, Lang añadió «Woodstock es del pueblo y siempre lo será». Advirtió que, pese a la marcha de Dentsu, «seguiremos con la preparación del festival y pensamos contar con nuevos inversores» y que «habrá un Woodstock para su 50 aniversario, como debe ser, y será la bomba».

Un festival imposible

Lang tiene una buena razón para este optimismo casi inconsciente sobre la celebración del festival: su propia experiencia personal. Él fue uno de los cuatro veinteañeros que, contra pronóstico y asediados por problemas, levantó el Woodstock original de 1969.

Una de las imágnes más icónicas del festival de Woodstock, en 1969
Una de las imágnes más icónicas del festival de Woodstock, en 1969

Su historia empezó en 1968, cuando dos jóvenes inversores pagaron un anuncio en «The New York Times» con este mensaje: «Jóvenes con capital ilimitado en busca de oportunidades de inversión y propuestas de negocios interesantes y legítimas». Eran John Roberts y Joel Rosenman, y no sabían que acabarían financiando una aventura que se convertiría en un desastre financiero y en un icono cultural y social.

Roberts y Rosenman habían puesto un estudio de grabación en Manhattan y buscaban un nuevo proyecto. Con ellos conectaron un joven valor de la industria discográfica, Artie Kornfeld, y el propio Michael Lang, que venía de organizar un gran festival en Miami. Ninguno de los cuatro tenía más de 27 años.

El propósito inicial de Kornfeld y Lang era montar un estudio de grabación en Woodstock, en lo que los neoyorquinos llaman «upstate», las regiones montañosas idílicas al Norte de la Gran Manzana. Pero Roberts y Rosenman no veían con buenos ojos la idea del «estudio en el bosque» y les propusieron hacer un festival en la región, donde los prados, las colinas y los caminos se llenaban de hippies en verano y donde ya tocaba buena parte de la escena folk de Nueva York en esa temporada.

Janis Joplin, en el festival de Woodstock, en 1969
Janis Joplin, en el festival de Woodstock, en 1969

La idea original era un festival al aire libre para unas 50.000 personas, bajo el lema de «Tres días de amor y paz». El interés se disparó y se vendieron casi 200.000 entradas, mientras los organizadores se esforzaban en encontrar un lugar para el concierto. Los pueblos de «upstate» boicoteaban cualquier intento de colocar el festival en su término municipal: nadie quería una invasión de hippies, droga y desenfreno. Por fin, una granja lechera les alquiló un terreno, donde tuvieron que montar el escenario contrarreloj y la infraestructura contrarreloj, a la vez que el cartel ganaba peso: cuando Creedence Clearwater Revival firmaron, muchos otros artistas se apuntaron.

Jimi Hendrix fue uno de los protagonistas del festival en 1969
Jimi Hendrix fue uno de los protagonistas del festival en 1969

Woodstock pudo ser un fracaso o una tragedia. O ambas cosas. Los organizadores no pudieron montar las vallas para regular la entrada al recinto y acabó siendo entrada libre: casi medio millón de jóvenes se instalaron en las campas, con melenas, guitarras, colgantes y muchos estímulos. El atasco de coches para llegar al festival se alargaba durante kilómetros y se tuvo que cortar la autopista más cercana. El gobernador, Nelson Rockefeller, autorizó a que los artistas se desplazaran en helicóptero para llegar al concierto. La lluvia intermitente del fin de semana convirtió el festival en un barrizal. Los cables de la amplificación iban hundidos en barro. Los músicos temían que las torres de sonido cayeran sobre sus cabezas y aseguraban que el escenario se hundía.

Muchos de los asistentes desnudaron cuerpo y mente
Muchos de los asistentes desnudaron cuerpo y mente

Todo pudo salir mal. Pero Woodstock fue, quién sabe por qué, una comunión de música, idealismo y convivencia, una tregua de paz en el convulso final de los sesenta, en medio de la lucha de los derechos civiles y las protestas por la guerra de Vietnam. Tuvo momentos de magia musical, como el concierto -el que cerró el festival- de Jimi Hendrix, hizo despegar a artistas como Joe Cocker y popularizó a otros, como Richie Havens. Parte de la categoría de mito de Woodstock se la debe al documental que lo reflejó todo y que ganó el Oscar el año siguiente.

Esa es la magia, la épica de lo imposible, que quiere volver a conseguir Michael Lang este verano. Ya lo intentó en otras reediciones de Woodstock: en 1994 no consiguió el aforo esperado y en 1999, el concierto acabó con disturbios y la quema de puestos de concesiones. Hay cosas que solo pasan una vez en la vida.