Niña Pastori se acercó hasta el tanatorio para expresarle sus condolencias a los familiares de Moraíto - JAVIER FERGO
EL MUNDO DEL FLAMENCO DESPIDE A UN ARTISTA CON SOLERA

Muere Moraíto de Jerez, el aire de las guitarras cantaoras

El guitarrista falleció ayer de un cáncer de pulmón. El entierro es hoy en el Cementerio de la Merced

JEREZ Actualizado:

El aire que dominaba su toque le faltó a sus pulmones en sus días finales. Se ha apagado la última bajañí negra de Jerez. Con su tío Manuel retirado y el viejo Parrilla en la gloria, Manuel Moreno Junquera, deudo de dos familias históricas de la jondura, se llevó ayer consigo una forma de meterle mano a la guitarra. Sobria y austera. Pero honda como ninguna otra. Moraíto, ese gitano capaz de montar una fiesta con un papelón de chicharrones sobre un buzón de correos, aflojó ayer el bordón de su sonanta después de un año de fatigas combatiendo contra un cáncer irresoluble. Vivió sus últimos 15 días poniéndole a su madre la letra de la seguiriya: «hospitalito en cai / a mano derecha / allí tenía mi mare la camita hecha». La camita de Morao está hecha ya para los restos. Sobre ella duerme desde ayer una guitarra huérfana que acompañó los cantes furibundos de La Paquera y el ayeo dolorido de su compadre José Mercé. Esa guitarra morá ha sido la última en hacerle falsetas a todo el patrimonio afillao del toque. Porque Moraíto tocaba como un animal en busca del ole. Sabía más de cante que los cantaores. Se les anticipaba. Les daba respiro cuando los fuelles se les venían abajo en las fraguas. Los aliviaba con falsetas que sonaban más flamencas que una garganta abierta por soleá. Hay quien dice que la guitarra de Morao cantaba. En puridad, todas las grandes sonantas flamencas han sido tapaderas de cantaores frustados. Que se lo digan a Paco de Lucía, que hace ahora justo un año, en agosto de 2010, se partió las manos en la plaza de toros de Jerez para terminar emitiendo una sentencia irrefutable: «Esto se lo dedico a Moraíto, uno de los mejores guitarristas de la Historia».

Al sobrino de Manuel Morao le otorgó la providencia el don de la simplicidad más compleja que existe. Tocar fácil pero sin par. Sus falsetas podían estar al alcance de otros guitarristas menores, pero ni los más grandes lograron interpretarlas como él. Por eso la Paquera lo escogió cuando Parrilla le falló la primera vez. Y desde entonces,siendo un chiquillo, su bajañí ha arropado a todas las grandes voces que ha dado el cante. A todas. Sin excepción. Muchos lo reducen ahora a acompañante de José Mercé. Pero, siendo esto suficiente para su reconocimiento, no deja de ser injusto. Porque Morao le tocó a Camarón, al Pele, al Lebrijano, a Enrique Morente, a Carmen Linares... y a toda Jerez. Y grabó dos discos que hoy son pieza de culto para cualquier tocaor que pretenda ser algo en el flamenco: «Morao y oro», en 1992, y «Morao, Morao», en 1999. Ahí están sus tangos «Rocayisa», pieza maestra de su imperial soniquete, y el toque dedicado a «momá Mahora», además del arrope a la voz de sus desvelos, la de Luis el Zambo, y otros juncales de Santiago.

Ése es su legado: su obra, imposible de recopilar en su apartado de acompañamiento, y su sangre. Porque Moraíto le ha dejado como testamento a su hijo, Diego del Morao, esa forma de tocar que se lleva al rincón en el que suenan los aires de Javier Molina y Manuel Parrilla. De él, y de otros jóvenes como Juan Diego o José Quevedo, depende ahora el toque jerezano que ya sólo sobrevive en las manos de Paco Cepero. Esa es la responsabilidad que les deja Morao de forma inesperada, porque ha muerto con 56 años, clavando sus uñas largas sobre el encordado, por seguiriyas, sonando con ese peso que le permitía tocar en una plaza de toros a pelo y que se le escuchara. Y con la despedida hecha. Fue en Nimes, hace apenas unos meses, el 16 de enero. Allí dio Manuel su último concierto, azotado ya por la terapia, pero creyéndose capaz de estar tocando hasta que vienera el lechero. Allí, en el sur de Francia, un torero vestido de Morao y oro le hizo la última faena a la vida. Al fin y al cabo, Moraíto no sabía vivir sin estar abrazado a una guitarra flamenca y diciéndole ole en la salida de la soleá a su compadre José. Por eso hoy, cuando lo estén enterrando, con los aires de momá Mahora de fondo, se oirá el eco lejano de una voz oscura, un Terremoto, para que Manuel Moreno Junquera se dé la última patá por bulerías. Vamos allá, Morao.