El gran maestro de la guitarra flamenca Tomatito, en el Teatro de la Maestranza
El gran maestro de la guitarra flamenca Tomatito, en el Teatro de la Maestranza - J.M. Serrano
XX Bienal de Flamenco de Sevilla

La Bienal de Elche, no la de Sevilla

La vigésima edición del festival flamenco deja un triste balance: sólo trasciende cuando fracasa porque el modelo no ha funcionado esta vez

SevillaActualizado:

La XX Bienal de Flamenco no ha funcionado. A lo largo del mes de septiembre ha habido varios espectáculos de mucho nivel porque el género tiene ahora mismo una pléyade de artistas que garantizan máxima calidad. Incluso se han vivido un par de genialidades, como es lógico en un certamen que programa más de 60 obras. Pero el resultado final no es el que hay que exigirle a una cita de este tipo, supuestamente el primer evento cultural de Sevilla y el mayor encuentro flamenco del mundo. En esta edición las carencias han sido flagrantes y la responsabilidad hay que situarla en el Ayuntamiento de Sevilla, que cometió la insensatez de cambiar de director a menos de un año de la inauguración y que acabó dejando en manos de Antonio Zoido, después de la «espantá» de José Luis Ortiz Nuevo, un verdadero marrón. Zoido tuvo que agarrarse a lo que había dejado hecho Cristóbal Ortega, que era fundamentalmente la programación de segundo nivel, y no ha tenido tiempo material de cazar a las grandes figuras. Eso le exculpa, aunque hay que reprocharle su decisión de meter en el Lope de Vega al Niño de Elche, el mayor fracaso de la historia de la Bienal. Y ahí es donde precisamente está el debate. Esta edición sólo ha sonado fuera de sus circuitos endogámicos por los bochornos que ha ofrecido. Las cosas buenas no consiguen tener repercusión porque el festival ha dejado de ser atractivo. Apenas ofrece estrenos y, menos aún, producciones propias.

No obstante, hay que agarrarse a las alegrías que nos ha dejado, que son fundamentalmente cuatro: Eva Yerbabuena, Tomatito, Pedro el Granaíno y José Valencia. La bailaora granadina ha vuelto a revolucionar el baile con «Cuentos de azúcar», un espectáculo en el que sigue explorando su lenguaje corporal, que ha encontrado una estética nueva —una más— que tiene locos a todos los bailaores actuales. Por su parte, el guitarrista almeriense dio un homenaje a Camarón que quedará para la historia. No por hacer grandes aportaciones al toque, sino por dignificar el flamenco sobre un escenario del primer escalafón con un espectáculo digno de cualquier templo de la música. Por último, los dos jóvenes cantaores —el Granaíno y Valencia— han dado un puñetazo en la mesa para consagrarse como figuras fundamentales de su tiempo. El primero fundió en una simbiosis perfecta a Morente con Camarón. El segundo amplió las fronteras que dejó El Lebrijano creando nuevos cantes por malagueñas y por soleá. Ellos han sido los grandes triunfadores, aunque ha habido otros artistas que también han estado a un altísimo nivel. Es el caso de la infalible María Pagés o del siempre genial Farruquito. Con esos nombres es imposible fallar. También estuvieron brillantes Rafaela Carrasco con su «Salón de baile» e Israel Galván en la inauguración, a pesar de que un fragmento del espectáculo fue desastroso. Y en el apartado instrumental han logrado estar a su altura Manolo Franco con el Niño de Pura, Diego del Morao con Antonio Rey, Paco Jarana, Rafael Rodríguez el Cabeza y Dorantes en la clausura. Por lo tanto, la Bienal la han salvado los de siempre. Los que saben. Los pocos clásicos que se han programado en todo el mes —Calixto Sánchez, José de la Tomasa, Pepa Montes, Juana Amaya, Remedios Amaya y Tía Juana la del Pipa— han dado la talla. Como siempre. Pero eso no salva a la organización de haber diseñado un festival sin sorpresas, sin orden y sin enjundia. La programación estaba deslavazada y eso ha provocado confusiones imperdonables, como la presencia de artistas importantes en teatros secundarios y, por contra, la aparición de mediocres en los grandes coliseos. Y todo ello sin hablar del nulo impacto en la ciudad. Después de muchos años de llenos absolutos, en esta ocasión se han visto algunos teatros con demasiadas butacas vacías, no ha habido actividades callejeras que invitaran al público sevillano y a los turistas a sumergirse en el flamenco ni tampoco se ha vinculado, como anunció el alcalde, este arte con el Año Murillo.

En definitiva, el gran problema del festival es político porque lo que está fallando es el modelo. Desgraciadamente, la XX Bienal va a pasar a la historia por el escándalo que montó el Niño de Elche en el Lope de Vega, que es lo único que ha tenido repercusión a nivel nacional, lo que lleva a una conclusión: esta edición valdrá para Elche, pero no para Sevilla.

Fracasos históricos

El Ayuntamiento cambió de director con la intención de dar un revulsivo a la XX edición de la Bienal. Quería celebrar esta efeméride con una programación histórica y lo ha conseguido. Porque nunca antes hubo fracasos de mayor envergadura. La inclusión del Niño de Elche en el Lope de Vega ha sido la más sonada, pero no la única. El supuesto cantaor ilicitano ya había estado en la Bienal en 2014 en un ciclo de música contemporánea en la Cartuja, y mucho era, pero nadie podía imaginarse que Antonio Zoido le iba a dar el Lope de Vega en «prime time» para sus groserías. El escándalo fue monumental, sobre todo porque este hombre no ha conseguido cantar en condiciones nada en toda su vida, sencillamente porque no sabe. Sin embargo, ha conseguido una repercusión insólita con sus insultos. Es el único artista de la Bienal que ha sonado a nivel nacional junto con Rosalía, otra de las grandes controversias del festival. La catalana, de todas formas, es una cosa muy distinta porque no ofende a nadie. Simplemente propone un tipo de flamenco que no pasa los controles mínimos de calidad, pero que al menos sirve para aproximar a los jóvenes al género. La suya es, por tanto, una polémica asumible siempre que quede claro que su posición es la de cantante, no la de cantaora.

Pero lo más doloroso de esta edición no es lo provocado por los intrusos, sino los errores que han cometido los propios flamencos. Hay un caso que destaca por encima de todos: el de Rocío Molina. Unos apoyan a la malagueña incondicionalmente y defienden que está revolucionando el flamenco. Otros, en cambio, la consideran una traidora porque ha optado por el «feísmo» y está confundiendo al público. La verdad es que el espectáculo que ha traido a Sevilla, «Grito pelao», es bastante malo. Las cualidades de Molina no están en discusión, pero sus ideas sí. Y eso ha abierto una diatriba que puede ser buena para el progreso del flamenco: los complejos de muchos artistas que creen que con lo que saben hacer no es suficiente y se meten en berenjenales que no tienen salida y que resultan claramente impostados. Esta Bienal ha puesto en evidencia ese gran peligro, el de los dudosos intelectuales que desde hace unos años se han aproximado al arte jondo. El más conocido de todos ellos es Pedro G. Romero, artista contemporáneo que está causando un daño grave al género por un motivo principal: porque quiere revolucionarlo sin conocerlo. Suya es la responsabilidad del lío en el que se metió, por ejemplo, Tomás de Perrate, un extraordinario cantaor que se salió del carril para hurgar en terrenos que no le pertenecen y que, además, estropean su propuesta.

Si para algo ha de servir la experiencia de este año es para entender de una vez por todas que la evolución del flamenco, fundamental para su progresión como cultura viva, no como música de raíz anquilosada, depende exclusivamente de los artistas, no de los que se arriman. Y aun así, se pueden dar batacazos, como le ocurrió a Andrés Marín con su «Don Quixote», una obra demasiado pretenciosa en la que se proyectaron textos plagados de faltas de ortografía. Zapatero, a tus zapatos.

El resto de espectáculos fallidos entra dentro de lo natural: cantaores pasados de revoluciones a los que se les hizo grande el certamen, guitarristas buscando más en el jazz que en su propio repertorio, bailaores pasando desapercibidos... Lo lógico. No siempre se puede brillar, pero al menos se exige un compromiso con el flamenco, que en todos estos casos está fuera de duda. Lo que no tiene un pase es lo de los infiltrados que van por la vida de transgresores. Que se la cuelen al que no sabe, vale. Pero que se la cuelen al director de la Bienal...