La roda del viento, espectáculo de Dorantes en el Puerto de Sevilla. Concierto de clausura de la XX Bienal de Flamenco - Juan Flores

Bienal de Flamenco de Sevilla 2018Bienal de Flamenco de Sevilla 2018: Dorantes navega por su sangre

El pianista clausuró la Bienal con una obra sublime en la que terminó el viaje musical que comenzó su tío El Lebrijano con «Tierra»

SevillaActualizado:

Magallanes y el flamenco son casi lo mismo. Los dos le dieron la vuelta al mundo sin que casi nadie creyera en ellos. Dorantes, sin embargo, se echó a la mar para clausurar la Bienal con todas esas rutas ya exploradas, aunque se las basta por sí solo, sin escenarios de contenedores y grúas, para enlazar la música andaluza con aquella primera circunnavegación a la Tierra que ahora conmemora su quinto centenario. Y ha conseguido darle la vuelta a su cultura por un itinerario nuevo.

Su obra continúa explorando el flamenco conceptual, la esencia más allá del canon, el despiece de la totalidad para detenerse en cada elemento y rastrear sus células madre. Lo que hace el nieto de La Perrata es descomponer lo vivido, separar el engranaje para volver a montarlo todo de otra forma. Los tanguillos con percusión sobre el hierro del contenedor demuestran que el lebrijano tiene la cultura jonda navegando por su sangre. Y esa es la singladura que de verdad importa para culminar un festival de tanta trascendencia. El coro de cantaores sonaba espléndido en mitad del oleaje del piano, que empezó el viaje por Cádiz, río abajo, dejando atrás la soledad -la soleá- de Sevilla. La idea de David Peña es sobre todo visual. El espectáculo es una banda sonora que permite ir contemplando cada día del viaje. La calma de la soleá por bulerías o la mar de leva de la cantiña atlántica. La alegría del fin del mundo.

El guión de Casto Márquez viajaba en la bodega de la nao de ébano y marfil que comandaba Dorantes cuando las voces empezaron a perder de vista Sanlúcar. Vamos, marineritos, vamos. Y luego la incertidumbre de la seguiriya, que es el naufragio jondo por antonomasia. O la bulería del miedo, del infinito vacío. En el flamenco, todos los que tienen el rumbo perdido suelen cantar por fiesta para reencontrarse. David seguía navegando por sus venas en busca de la orilla de su tío Juan, que ya hizo ese camino hace muchos años con la obra «Tierra», una joya escrita por Caballero Bonald en la que El Lebrijano le robó la voz a Rodrigo de Triana para descubrir América por soleá. «La roda del viento» es una revision de todo aquello en lo que ya se adelantó el gran genio de su familia. Y eso convirtió el viaje en una metáfora. ¿Por dónde le estaba dando la vuelta al mundo Dorantes? ¿Por fuera o por dentro? ¿Hacia lo desconocido o hacia lo muy conocido? ¿Dónde está el verdadero horizonte del flamenco? ¿Delante o detrás? ¿Acaso el futuro ya ha pasado? El pianista iba avanzando por sus ascendientes con la esperanza de volver al punto de llegada. Y ha hecho lo mismo que aquellos locos que salieron de Sevilla en agosto de 1519.

Juan Peña es el Magallanes de esta historia, el que empezó la aventura. Y Dorantes es Juan Sebastián Elcano, el que la termina. Sin la sabiduría del primero no habría servido de nada el virtuosismo del segundo. Y viceversa. Ese periplo por los violines y las corales ya lo había dirigido el maestro de los Peña y muy pocos lo comprendieron entonces. Porque salir es siempre mucho más ingrato que llegar. Por eso su sobrino sólo buscaba ajustarle las cuentas. Que el tiempo ponga a ese hombre en su sitio. Porque gracias a él el flamenco es más universal y ha podido conquistar todos los rincones del planeta. Cuando David tocó por bulerías con el aire frenético de su casa, parecía que en cualquier momento iba a aparecer el eco de Juan. Y de alguna forma sonó. Porque este espectáculo es sublime por él. David ha entendido que la navegación más difícil no es por océanos, sino por pozos. La belleza verdadera está siempre hacia adentro, no hacia afuera. La música no viaja por el espacio, sino por el tiempo. Y cuando un artista logra transmitir eso es que ha empezado a trascender. Ya no pertenece al lugar del que partió, sino al que volverá. Porque el final siempre está en el tránsito. La vuelta a Sevilla de Dorantes es el triunfo de la libertad creativa. Y es también un dogma de la jondura: para ir a cualquier sitio hay que venir de algún sitio. Eppur si muove. Por la sangre se llega al alma.