El espectáculo «Romances. Entre Oriente y Occidente» de este miércoles por la noche en Sevilla
El espectáculo «Romances. Entre Oriente y Occidente» de este miércoles por la noche en Sevilla - RAÚL DOBLADO

Bienal de Flamenco de Sevilla 2018¿Cómo puede ser el flamenco una coartada en la Bienal?

«Romances», obra de Fahmi Alqhai con la voz de Carmen Linares, es ideal para el Festival de Música Antigua, no para el festival flamenco más importante del mundo

SevillaActualizado:

Las lindes del flamenco son muy amplias. Hay quien las bordea mirando al futuro y quien las ronda mirando al pasado. Incluso hay quien opina que el verdadero porvenir de este arte está en la arqueología. Buscando hacia atrás. Uno de ellos es Fahmi Alqhai, un violagambista sevillano con raíces palestinas y sirias que tiene un exhaustivo conocimiento de la música antigua. De hecho, dirige el festival dedicado a este género que se celebra en Sevilla. Alqhai escarbó en los orígenes musicales del flamenco en la anterior Bienal con la joven cantaora onubense Rocío Márquez en San Luis de los Franceses. Y ahora ha querido seguir exprimiendo esa veta, ya agotada, con la voz de la maestra Carmen Linares. El Alcázar, desde luego, era el sitio idóneo para esta propuesta titulada «Romances, entre Oriente y Occidente». El monumento sevillano y el arte jondo tienen la misma esencia: la mezcla de culturas. Por eso la idea estaba, a priori, perfectamente encajada. Pero esta obra abre un debate sobre su idoneidad en un festival de este tipo porque, aunque está en la frontera del flamenco, pasa más tiempo en aquel lado de la valla que en este.

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La pieza gregoriana «Da pacem, domine», con la que comienza el concierto, está en el repertorio habitual de la Accademia del Piacere, una agrupación clásica, no cabal, por lo que en una cita como la Bienal se podía esperar que incluyese guiños a la malagueña del Mellizo, legendariamente vinculada a este canto espiritual. Desembocó, sin embargo, en una pieza con más conexión patrimonial que musical, el «Romance del caballero al que la muerte aguardaba en Sevilla», una obra sobre Pedro I en aires de «Mawwall» de Mozart y con la cantaora hurgando en los corridos gitanos. Luego vinieron obras del siglo XV, época en la que el flamenco era si acaso un prototipo. Y sólo después de eso se abordó un cante canónico, la seguiriya «Qué pena más grande», joya caracolera de autor anónimo —se le atribuye a Francisco La Perla— que en la garganta ya cansada de Carmen Linares adquiere una pátina de amargura nostálgica, aunque la fatiga que la cantaora arrastra en su voz sea por momentos angustiante.

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Carmen ha demostrado tener mucha inteligencia en esta etapa de su carrera. Una gran figura no puede permitirse languidecer a la vista de todos. Y ella ha sabido arroparse en espectáculos en los que sólo aporta su experiencia y su sabiduría. Me pongo a sus pies. A los grandes artistas históricos del flamenco hay que respetarlos hagan lo que hagan porque éste es un arte en el que hay que aprender a cantar varias veces. El cante verdadero, el que no se imposta, exige unos esfuerzos que impiden envejecer en plenitud de condiciones vocales. Es lo que hay. La de Linares ha sabido reciclarse porque posee una virtud clave: conoce el paño. Pero ya no debe abusar de los escenarios.

Desde el punto de vista flamenco, esto es lo único interesante del espectáculo. Todo lo demás es espléndido desde el punto de vista musical, incluso protoflamenco si se quiere, aunque bastante falto de ritmo. El «Romance de la pérdida de Alhama» de Luis Narváez y el «Qué es de ti desconsolado» de Juan del Encina (1468 – ca. 1529) son tesoros de la música del siglo XVI. Y el eco árabe de Ghalia Benali es valioso. Pero todo eso queda muy lejos de lo que el aficionado busca en un certamen de este tipo, que es la farruca impresionista de Dani de Morón o los tientos tangos de Granada. En esa mezcla estaba precisamente el campo de trabajo de un espectáculo de este tipo: el flamenco fronterizo, el heredero de las músicas andalusíes, el de los gitanos morunos. Lo que se quiera, pero flamenco. Desde dentro hacia fuera, no en el sentido contrario. Como protagonista, no como invitado.

Esto podría tener sentido en la Bienal en un ciclo secundario como experimento. Pero en el horario principal del festival, que es el que suele frecuentar el público generalista, puede confundir. Por una razón: porque en el siglo XV no existía el flamenco. O más claro: porque el flamenco sólo fue una coartada metida con calzador. Lo siento, pero no cuela.