La actuación de el Niño de Elche de este martes en Sevilla
La actuación de el Niño de Elche de este martes en Sevilla - J.M.SERRANO

Bienal de Flamenco de Sevilla 2018Niño de Elche, un tongo del cante

El supuesto cantaor ha ofrecido un recital histórico en el Lope de Vega: jamás se ha visto nada peor en las 20 ediciones de la Bienal de Flamenco

SevillaActualizado:

Creo en la crítica constructiva. Detesto los juicios corrosivos. Pero ante el Niño de Elche me encuentro en una disyuntiva que jamás había vivido antes. Creo que lo más constructivo en este caso es entrar en el escenario con una excavadora de demoliciones. No pretendo tener la razón, pero tampoco voy a renunciar a mi compromiso con el flamenco, que es sólo el mío y no tiene por qué compartirse, y voy a decir lo que pienso razonando mis argumentos técnicamente, aunque especial dureza. Por eso aviso. Si no quiere usted leer una deliberación desagradable, no siga a partir de aquí.

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El Niño de Elche no es un transgresor, sino un impostor. La transgresión es vital en el arte cuando busca generar dudas o remover conciencias. Cuando sólo pretende molestar es una vulgaridad. Porque para provocar de manera positiva hay que tener mucho conocimiento. Por eso este hombre, que carece de los recursos mínimos para presentarse como cantaor, es un farsante. Porque le falta el respeto a la cultura jonda, se aprovecha de ella, la manosea. Lo digo más claro: se cachondea de la mano que le da de comer. «Antología del cante heterodoxo», ideada con otro de los grandes tongos del flamenco de hoy, Pedro G. Romero, es una bufonada que no tendría que haberse colado jamás en la Bienal de Flamenco de Sevilla. Y menos aún en el Lope de Vega, que es el gran templo cabal de la capital mundial de este arte.

Porque mientras este personaje estaba ultrajando la historia del festival vistiéndose ante el público y quedándose en calzoncillos, Rancapino, Pansequito, José Mercé o El Pele estaban en su casa. Fuera de la programación. Mientras el de Elche desafinaba estrepitosamente en la farruca o en el engendro de seguiriya que hizo, Aurora Vargas, la Cañeta o la Macanita estaban en el olvido. Y eso es dramático. Lo digo litúrgicamente, con el «Prefacio de la malagueña del Mellizo»: en verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación echar a este orate del flamenco. No por lo que canta, que es lo de menos, sino por cómo lo canta.

Sólo en mi calle hay seis o siete que entonan mejor que él. En la malagueña, por ejemplo, incurre en disonancias impresentables porque no modula. Él pretende aparentar que desafina de forma deliberada. Mentira. Desafina porque no sabe. Y para que no se le note, se pone a hablar, literalmente, de «coños pelaos». Así, sin anestesia. Dice pamplinas para ver si nos cuela que en la saeta mezclada con la mariana —donde para seguir ofendiendo volvió a hablar de «comer coños»— cambia las vocales cuando tiene que subir de octava porque no llega. Y en la citada farruca de Juli Vallmitjana, aquel platero que escribió sobre los gitanos catalanes, los fraseos son de bebé. El caso es hacer inventos de todo tipo con el cante para encubrir su gran defecto: canta fatal. Sus presuntas creaciones carecen de valor porque no cumplen el primer requisito para experimentar, que es saber algo sobre aquello que se experimenta. Si se hubiera presentado a dar un recital clásico, el Niño de Elche no habría sabido ni por dónde empezar. Porque no pasaría de la primera fase de cualquier concurso de peña. La suya es una voz ramplona, del montón, que se esconde detrás de sintetizadores y otros burladeros para tapar sus deficiencias. Que son todas. Él mismo se lo preguntó con su oratoria de cuarto de baño: «¿Qué coño es el flamenco?». Le respondo con gusto: es cualquier cosa menos usted.

El denominado «fandango cubista de Pepe Marchena» es una aberración, igual que el recitado panfletario de Eugenio Noel. Para eso que venga El Cabrero, que es el gran cantaor vivo de corte ideológico, no este farandulero. Pero lo más denigrante de todo el recital es la «Seguiriya del silogismo». Esa pieza es una humillación al cante más radical del flamenco, que no admite calumniadores. Este muchacho se cachondea de todas las fatigas de los cantaores grandes parodiando las formas nasales. Es un profanador que se sienta en el suelo a maltratar la debla mientras baila Israel Galván. ¿Qué hacía ahí un artista de ese nivel? Así que yo creo que lo único que en todo el espectáculo está a su verdadera altura es la «Canción de cuna» de Crumb, donde se dedica a berrear. Eso lo borda todo el tiempo. El bramido.

En fin, siento el tono, pero hay ocasiones en las que no caben las buenas palabras. O muestro mi cabreo, o me quito de esto. No tengo otra opción. Porque ver al de Elche sobre el escenario del Lope mientras se quedan fuera decenas de primeras figuras es una burla a la Bienal. En otro festival podrá valer y yo lo respeto, pero aquí es un insulto. El flamenco es una cosa muy seria. En él caben todas las estéticas y todas las innovaciones. Pero sobra todo el que venga a vejarlo. O sobra este trápala, o estoy sobrando yo, que en algún momento he tenido que perderme algo porque no entiendo cómo un festival de esta categoría ha podido caer tan bajo.

Supongo que se me pasará el mosqueo en los próximos días y volveré a expresarme con mesura. Y prometo que entonces le pediré a Dios que le conserve la vista al Niño de Elche. Porque con su oído ya no hay nada que hacer.