Daniel Barenboim dirigiendo a la orquesta y a su hijo Michael, solista de violín, en el Maestranza
Daniel Barenboim dirigiendo a la orquesta y a su hijo Michael, solista de violín, en el Maestranza - J. M. Serrano
Crítica de música

Cabeza y corazón para el entendimiento

Daniel Barenboim dirigió Orquesta del West-Eastern Divan en el Maestranza en su único concierto en España

Carlos Tarín
SevillaActualizado:

Apenas iniciados los primeros compases, la música resultante nos recordaba el pacto temprano urdido entre Barenboim y Beethoven, a quienes une temperamento, don para la música y filantropía. Así imaginamos que debería sonar esta música, no sólo llena de condición, de carácter, de fuertes contrastes, sino rica en sonoridades colorísticas hasta entonces desconocidas, así como texturas aparentemente sencillas con vida interior magníficamente soterrada.

Por ello, no fue de extrañar que tuviéramos que esforzarnos en no perder el discurso de su hijo Michael Barenboim, atraídos por el rico tramado que generalmente los directores reducen a faena de aliño. Digamos también que los hijos de famosos tienen las puertas abiertas de antemano -a qué negarlo-, algo no carente de riesgos: se les va a exigir igual o más que a sus padres para eludir sospechas, además de heredar las inquinas que algunos tuvieron contra sus progenitores.

Cualquiera que escuche a Michael Barenboim debería convenir que estamos ante un violinista con mayúsculas, al que nadie ha regalado nada, que se enfrentó a uno de los conciertos considerados «imposibles» del repertorio, siquiera sea por las dos tremendas cadencias que culminan sus movimientos extremos, los cuales reúnen prácticamente todos los excesos virtuosísticos del instrumento, aunque sin la gratuidad pirotécnica de otros autores.

Pero además hubo intensidad, tanta como delicadeza -desmedida en el «Larghetto»-, un sonido brillante y esas articulaciones que han unido a su padre y al de Bonn para siempre.

Ya a solas con la «Séptima» beethoveniana, tuvimos más oportunidad de disfrutar de una lectura emotiva, personal, penetrante, humana, sobre una orquesta que se movía como un solo organismo mediante extremidades que parecían bullir con independencia y que sin embargo conformaban un todo indisoluble.

Recordemos que a parte de ella la oímos en diciembre en un inolvidable concierto también junto a la Orquesta Joven de Andalucía, Juanjo Mena y Javier Perianes, y ahora al completo celebrando su 15 aniversario, y en cuya disposición el maestro mantenía intercambiados los segundos con los chelos, subrayando así los «enfrentamientos» entre los violines (1º y 3º movimientos del «Concierto», por ejemplo) o en el «Allegretto» de la 7ª, aparte del control sonoro sobre los de natural decibélico, como timbales o trompetas. Corazón y cabeza.