CULEBRÓN DIECIOCHESCO

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CRÍTICA DE CINE

«Tierra de pasiones»

Nacionalidad: Canadá-Francia-Inglaterra, 2004. Dirección: Jean Beaudin. Guión: Pierre Billon. Intérpretes: Tim Roth, Irène Jacob, Vincent Perez, Gérard Depardieu, Bianca Gervais, Juliette Gosselin, Sébastien Huberdeau, Noemie Godin Vigneau. Fotografía: Louis de Ernsted. Música: Patrick Doyle.

FEDERICO CASADO REINA

QUE es una gran superproducción, nadie lo pone en duda. Que revisa buena parte de la historia de Canadá, en la instauración de Nueva Francia, y en la lucha con el predominio inglés en la parte norte de América, mucho antes de que se independizaran de Gran Bretaña, tampoco está en entredicho.

Pero, con estas ambiciones, una gran producción, y una saga sentimental ¿quién puede resistirse a trazar una historia de amor imposible que trascienda lo puramente incidental de los personajes?. Ese es el gran problema de esta cinta, de vocación más televisiva que cinematográfica; todo está muy bien contado, pero el ritmo y el pulso no es el de una película de estreno en salas, ya que la acción se ralentiza mucho y los giros de guión obedecen más a una sucesión dramática propia de la televisión que del cine, donde la cadencia argumental no tiene que ser tan incesante. Estamos en el siglo XVIII, en la que un joven aventurero renegado de la posición burguesa de su familia, prefiere vagar por las tierras de Nueva Francia, y allí conocerá a una combativa joven, cuyas avanzadas ideas sobre la libertad encajan a la perfección con las expectativas de nuestro héroe, formando una pareja casi irreductible, claro que las circunstancias jugarán en contra de nuestros idealistas héroes...

Un reparto de lujo donde está lo más granado de la cinematografía europea -Tim Roth, Irene Jacob, Vincent Perez, Gerard Depardieu- no consigue que los personajes sean creíbles, a base de hacer diálogos de lo más maniqueos, llegando al simple y llano ridículo, cuando no a la ampulosidad completa de los amantes protagonistas, que hablan más como en una obra de Moliere o Shakespeare, y no como la hija de un molinero y un trapero. La factura es excelente, y como envoltorio resulta perfecto, pero el continente deja bastante que desear, llegando a convertirse en un auténtico «tocho» más propio de las sobremesas hogareñas frente a la pequeña pantalla, que para verla en una sala con una proyección cinematográfica. Quizás el único elemento realmente interesante del film es la lección de historia que del siglo XVIII recibimos sobre el antecedente de Canadá, pero por lo demás, se nota demasiado el lastre y experiencia del director en la televisión.