Los diez cantes que convirtieron al Lebrijano en leyenda del flamenco

Repasa los mejores vídeos de este matesro del cante que ha fallecido este miércoles en Sevilla

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  1. Soleá con Paco de Lucía

    La obra de Juan Peña Fernández, El Lebrijano, es inabarcable. Ni él mismo sabía bien cuántos discos grabó, ya que muchos de ellos están descatalogados, pero sí tenía claras sus preferencias. Su carrera está dividida en varias fases: una primera muy clásica, una segunda en la que comenzó a reformar los cantes por dentro y construyó nuevas formas de soleá o de seguiriya sin apartarse de los cánones, una tercera temática dedicada fundamentalmente a la historia de los gitanos y una cuarta de indagación en la que se incluyen los discos con la Orquesta Andalusí de Tánger o el que le dedicó a Gabriel García Márquez. Elegir las obras más significativas de un artista de esta talla es, de entrada, un error porque escoger es limitarlo. Pero si se quiere tener una mínima conciencia de su importancia en poco tiempo, esta podría ser una antología más o menos correcta.

    El primer cante es una soleá clásica grabada con Paco de Lucía en 1970. Tenían 29 y 23 años, respectivamente. El Lebrijano hace un recorrido por varios estilos clásicos en los que empieza a introducir sus particulares trabalenguas para construir nuevas fórmulas melódicas gracias a su extraordinario dominio del compás. Lo que hace es romper las frases clásicas y llevarse las sílabas tónicas de la letra a los acentos rítmicos del cante. Esto supuso una revolución.

  2. Tientos con el Niño Ricardo y Paco de Lucía

    Estos tientos pertenecen a la obra más importante de toda la carrera del Lebrijano. Es su primer disco en solitario. Se titula «De Sevilla a Cai» y lo grabó en 1969. Los guitarristas que le acompañan son el Niño Ricardo, gran maestro de la escuela sevillana, y Paco de Lucía. Un trío irrepetible. Juan había aprendido directamente de la Niña de los Peines muchos estilos, pero en ninguno se nota tanto la señal de la maestra como en estos tientos, un estilo que había tenido hasta entonces cierta libertad rítmica. El Lebrijano pasó a cuadrarlo de forma férrea, como unos tangos lentos, dándole definitivamente su forma clásica. Fue, por tanto, un ejercicio tradicionalista que lo consagró como uno de los grandes.

  3. Por alboreá con su madre, La Perrata

    El respeto del Lebrijano por los cantes clásicos del flamenco fue siempre inquebrantable. Lo traía heredado de su familia. Por eso esta alboreá con su madre es el mejor resumen de lo que significaba para él la historia del flamenco. Porque el estilo utilizado por los gitanos para celebrar las bodas, que está dentro del ramal de los romances fronterizos metidos a compás de bulería por soleá, es el santo y seña de la tradición jonda. De hecho, la propia Perrata introduce aquí algunas letras del Romance de Gerineldos. Y el Lebrijano comienza a indicar ya cuál va a ser su camino. Coge las formas de su madre y empieza a jugar con ellas. Una joya.

  4. Soleá de Juaniquí con Manolo Sanlúcar

    Ésta es otra de las piezas clave en la obra de este mito del cante. Empezó a apartarse del mairenismo sin dejar las esencias de su escuela. La soleá de Juaniquí, cantaor de su pueblo, está plagada de matices que él reformó también desde el punto de vista rítmico. Canta al golpe, otra antigua costumbre que conservó. Y cuando está el cante encauzado, entran las guitarras de Manolo Sanlúcar y su hermano Pedro.

  5. Las Galeras de «Persecución»

    Si en algún cante hay que resumir quién fue Juan Peña, éste es probablemente el que más se le acerca. Forma parte de su primer disco temático, «Persecución», una obra en la que El Lebrijano narra, con recitados de Félix Grande, la huida de los gitanos. Las Galeras se concibieron para contar la condena al remo de los antiguos calés perseguidos. En el disco original, toca Enrique de Melchor. Pero hemos escogido este vídeo con su hermano Pedro Peña y otro monstruo, Pedro Bacán, porque con éste último vivio Juan sus años más felices en los escenarios hasta que un accidente de tráfico los separó. La gran revolución de esta pieza es que tiene estructura rítmica de fandango, pero cambia toda la melodía y en mitad del cante se le cambia el acento y entra por bulerías. Se llegó a decir que el Lebrijano había inventado un palo nuevo. El resultado, desde luego, es una obra maestra.

  6. Las Bienaventuranzas por bulerías

    Otra de las grandes gestas del Lebrijano es ésta. Metió las Bienaventuranzas del Evangelio de San Mateo por bulerías en su disco «La palabra de Dios a un gitano». No es necesario añadir mucho más. Durante años, fue su cante más emblemático en los recitales en directo.

  7. Un dios por seguiriyas

    Este cante grabado con el Niño Ricardo en 1965 es muy desconocido, pero demuestra la categoría cantaora del Lebrijano y su dominio por seguiriya. De hecho, en este estilo fue uno de los más grandes. Aquí se ve todavía la huella de Mairena, que luego iría soltando buscando sus propias maneras y haciendo historia con su particular remate de Félix el Potajón.

  8. Con la Orquesta Andalusí de Tánger

    En los ochenta, Juan Peña se dedicó a estudiar las relaciones entre el flamenco y la música andalusí. Como resultado de todo ello grabó varios discos con la Orquesta Andalusí de Tánger y creó un himno, con letra de Caballero Bonald, titulado «Dame la libertad», un cante en tiempo de jaleo con el que reclamó licencia de los ortodoxos para poder cantar lo que le diera la gana. Esta faceta del Lebrijano fue muy criticada, pero el tiempo le ha dado la razón.

  9. Por bulerías a García Márquez

    En una fiesta con Felipe González, El Lebrijano le cantó por soleá a Gabriel García Márquez. Cuando terminó, el escritor cogió una servilleta de la mesa y escribió: «Cuando el Lebrijano canta, se moja el agua». Ese regaló lo guardó Juan siempre y le prometió al premio Nobel que se lo devolvería. Ese ha sido su último disco. Mete por bulerías «La cándida Eréndira». Otra exhibición de poderío.

  10. «Yo me llamo Juan»

    Fue un disco que pasó desapercibido, pero quizás el más importante de su última etapa porque en él se autorretrata. De hecho, se titula «Yo me llamo Juan». Y en él incluye estos tangos que son toda una declaración de intenciones. Están dedicados a Granada, tierra en la que predomina este estilo. Pero utiliza una letra de fandango abandolao de Frasquito Yerbabuena. Esa fue siempre su gran obsesión, cruzar los cantes, construir nuevas formas utilizando solo las antiguas. Porque El Lebrijano aplicó como nadie la máxima de que los artistas plagian y los genios directamente roban.