Bob Dylan en una imagen de archivo
Bob Dylan en una imagen de archivo - ABC
Crítica de música

Bob Dylan triunfa en Sevilla con un concierto vitalista y sin espacio para la nostalgia

El Auditorio Fibes, con el papel agotado, se rinde al músico en un concierto basado en su repertorio reciente y la reinvención de sus clásicos

Jesús Morillo
SevillaActualizado:

Cuando Bob Dylan protagonizó en 1965 «Don’t Look Back», un de los grandes documentales del rock, pocos podrían imaginar no solo que los continuos cambios de estilo que se atisbaban en la cinta de D.A. Pennebaker iban a convertirse en una de las señas de su carrera, sino que su título, traducido «No mires atrás», podría ser una de las máximas más certeras para definir la carrera del estadounidense, incluso en este momento, más de medio siglo después.

Esa voluntad de vivir el presente está en el origen del rock and roll y lo dominó en una época de rápida generación de estilos como fueron los años sesenta, una década donde la innovación continua marcó el devenir del pop y en la que el compositor estadounidense se convirtió en el faro de una escena en la que hasta The Beatles y The Rolling Stones seguían con veneración cada uno de sus pasos.

Entonces, Bob Dylan contribuyó más que nadie para definir el canon del rock de las siguientes décadas, en una alargada sombra que llega hasta la actualidad.

Pero lejos de tumbarse a vivir de una de las mayores rentas que ha dado este género, el compositor estadounidense se empeñó en seguir reinventándose en las décadas siguientes, alternando momentos sublimes —«Blood on the Tracks» (1975)—, con otros prácticamente olvidables —la mayor parte de su producción de los años ochenta—, pero siempre tratando de no mirar atrás y evitando caer en la nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mejor, que ha convertido en caricaturas de sí mismos a muchos de sus compañeros de generación que aún siguen en activo y que continúan reproduciendo en directo hasta el mínimo detalle una grabación de hace cincuenta años e, incluso, una puesta en escena juvenil que resulta grotesca cuando se tienen más de sesenta años.

Frente a esas carreras deformadas por la melancolía, Bob Dylan, como puso desde el principio sobre el tapete en su concierto de ayer en un Auditorio Fibes con el papel agotado, sigue apostando por su presente, que puede que no sea una madurez en plenitud como la del que fuera su buen amigo Johnny Cash en sus últimos discos, ni la vanguardista reinvención a la que sometió su estilo el recientemente desaparecido Scott Walker, pero que permite al único rockero que ha logrado el Premio Nobel mantener el tipo desde finales de los años noventa con unos discos con composiciones propias que superan con holgura el notable.

De hecho, la mitad del repertorio que trajo a su nueva visita a Sevilla veintiocho años después de actuar en un festival de la preExpo 92, se basó en esos álbumes, en los que se vio al estadounidense en algunos de los mejores momentos de la noche, como la única vez que se levantó del piano de cola que tocó durante todo el concierto para situarse en el centro del escenario, coger el micro y con pose de «crooner» dejar una espléndida versión de «Scarlet Town» punteada por banjo de Donni Herron, impecable como el resto de la banda.

No le fueron a la zaga el arrollador arranque, pasadas las nueve y diez de la noche, con la oscarizada «Things Have Changed», la fuerza de «Love Sick» o el derroche eléctrico de «Thunder on a Mountain» a cargo de las seis cuerdas de Charlie Sexton, que se llevó otra de las ovaciones de la noche.

El público llegando al Auditorio Fibes para el concierto
El público llegando al Auditorio Fibes para el concierto - Vanessa Gómez

Pero es quizás en las reinterpretaciones que realiza de sus clásicos donde se encuentra realmente la medida de Bob Dylan. Escribir la que para muchos es la canción que mejor define la historia del rock, «Like a Rolling Stone», e interpretarla de forma que aún siga sorprendiendo, alteando el tempo e introducir un arreglo de contrabajo tocado con arco, no solo muestra el gusto por arriesgar del estadounidense, sino la ética con uno mismo que lo han acompañado como creador y animal de directo desde que diera sus primeros pasos en la escena folk neoyorquina.

Reinventar el repertorio

En ese terreno, el estadounidense firmó algunos de los mejores pasajes del concierto, potenciando el fondo blues de «Highway 61 Revisited», ralentizando hasta convertir en un lamento «Simple Twist of Fate», o reinventando en un medio tiempo rock dominado por la improvisación al piano del propio compositor un tema de aliento tan inequívocamente folk como «Don’t Think Twice, It’s Alright».

Pero hubo más, con Bob Dylan convirtiendo en uno de los temas con más filo de todo el recital un descarte del «Oh Mercy» (1989) como es «Dignity» y unos bises, tras hora y media de concierto en los que el público no dejó de aplaudir y de jalear al estadounidnese, y donde no faltó otro clásico como «Blowin’ In The Wind».

El «songwriter» estadounidense agradeció los aplausos de un público intergenarcional y heterogéneo —había hasta niños— con los que concluían todas sus canciones situándose en el centro del escenario, en un gesto que parecía contradecir su fama de huraño y de, hasta cierto punto, misántropo.

Eso sí, Bob Dylan cumple el tópico de las manías de las estrellas del rock. La suya, no permitir la entrada de reporteros gráficos en el concierto y la atenta vigilancia de los miembros de seguridad para que nadie hiciera fotos con el móvil. Una noche que no quedará para el recuerdo de una fotografía, pero que la mayoría de los presentes mantendrán fija en el recuerdo.